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RELATOS
Columna

Isabel Coixet escribe un relato: Racismo, angustia laboral y violencia policial en EE UU

La directora y guionista crea un cuento ambientado en la cruda realidad del país de Donald Trump y las redadas del ICE

Javier Olivares

Mariela conocía el peso exacto de un mango maduro sin mirarlo. Lo sabía por cómo cedía bajo el pulgar, por el olor dulzón que escapaba cerca del tallo. El hombre de la chaqueta de cuero siempre llegaba a las 8.47, nunca antes de las 8.45, nunca después de las 8.50. Ella ya tenía la bolsa lista.

Cuando lo veía acercarse entre la gente, Mariela levantaba apenas la barbilla. No era exactamente una sonrisa. Era algo más pequeño. Un reconocimiento. Un “buenosdíascómoleva” que no espera respuesta. El hombre hacía lo mismo, un movimiento casi invisible con la cabeza. Luego sacaba la billetera.

—Cinco —decía él.

—Cinco —confirmaba ella.

A veces sacaba un billete de 10 y le decía que se quedara con el cambio. Otras veces traía seis dólares y se los daba con otro pequeño gesto de la cabeza. Mariela nunca le preguntó su nombre. Él nunca preguntó el de ella.

***

Amir había nacido en Jackson Heights, en el mismo hospital donde su madre trabajaba limpiando los quirófanos. Su padre conducía un taxi y hablaba urdu solo cuando rezaba. En la casa se hablaba inglés. Siempre inglés. Su hermana mayor había aprendido urdu de todos modos, escuchando a escondidas las conversaciones de las amigas de su madre en la cocina. Amir no. Amir había aprendido las reglas.

En la escuela secundaria, después del 11 de septiembre, un chico le había preguntado si su familia conocía a Bin Laden. Amir había contestado: “Mi familia es de Pakistán. Bin Laden era de Arabia Saudí. Es como preguntar si tú conoces a alguien de Iowa porque eres blanco”.

El chico no volvió a molestarlo.

Su padre le había dicho: “Estudia. Trabaja duro. Sigue las reglas. Nunca les des una razón para que renieguen de ti”.

Amir estudió Administración Pública en Baruch. Solicitó trabajo en el Departamento de Seguridad Nacional. Pasó todos los exámenes. Cuando le llegó la oferta del ICE, su madre lloró en la cocina. Su padre le estrechó la mano.

—Buen sueldo —dijo su padre—. Beneficios. Pensión.

—Sí —dijo Amir.

Su hermana vivía con otra mujer en Williamsburg y no fue a la cena de celebración. Le mandó un mensaje esa noche: “No puedo creer que hagas esto”. Amir no respondió. Bloqueó su número tres semanas después, cuando ella le mandó un artículo sobre una redada en la que habían separado a una mujer de su bebé de seis meses.

Los primeros meses, Amir procesaba papeles. Verificaba documentos. Hacía llamadas. No veía a nadie. Luego lo ascendieron. Ahora acompañaba en las redadas. Su trabajo era asegurarse de que todo se hiciera según el protocolo. Verificar identidades. Tomar notas. Nunca había puesto las esposas él mismo, pero había estado presente cuando otros lo hacían.

En la oficina, Amir tenía una foto enmarcada de sus padres el día que su padre obtuvo la ciudadanía. Su padre llevaba traje. Su madre llevaba un sari verde que solo se ponía para ocasiones especiales. Los dos sonreían frente a la bandera americana.

Amir miraba esa foto cada vez que abría un archivo nuevo. A veces pensaba que sus padres habían hecho fila durante años. Habían seguido cada regla. Habían pagado cada tarifa. Habían estudiado para los exámenes. ¿Por qué otros no podían hacer lo mismo?

Esta pregunta lo ayudaba. La repetía cuando tenía que repetirla.

Por las mañanas compraba mango con sal, limón y chile en Union Square. Le gustaba cómo la mujer del puesto elegía siempre el más maduro sin que él tuviera que pedirlo. Le gustaba la consistencia. La sorpresa del dulzor del mango contra el chile ardiente y la sal y el ácido del limón. Todos los días, lo mismo. Eso le parecía importante. Había algo reconfortante en saber que ella estaría ahí, que la bolsa estaría lista, que el mango sabría exactamente como debía saber.

A veces, mientras caminaba hacia la oficina comiendo el mango, Amir pensaba en la mujer del puesto. Se preguntaba si tendría papeles. Probablemente no. Pero ella no era su trabajo. Ella era solo la mujer que vendía mangos. Eso era todo.

***

Mariela había cruzado la frontera por Nogales en febrero, hace ocho años. Elías tenía cuatro meses y lloraba cada vez que el coyote les decía que se callaran. Habían caminado tres noches. La tercera noche, Elías dejó de llorar. Mariela pensó que se había muerto. No se había muerto. Solo había aprendido que llorar no servía para nada.

Años después, durante mucho tiempo, Mariela se despertaba en mitad de la noche recordando ese momento. El silencio de Elías. Cómo había metido el dedo en su boca para ver si respiraba. Cómo había sentido el aliento tibio. Cómo había llorado ella entonces, en silencio, mientras el coyote los apuraba en la oscuridad. En Guayaquil, Mariela había trabajado en una pollería cerca del malecón. Ganaba 180 dólares al mes. El padre de Elías trabajaba en un barco camaronero y volvía cada seis semanas con dinero que gastaba en cerveza y en otra mujer que vivía en Manta. Mariela lo supo porque la hermana de esa mujer trabajaba con ella en la pollería.

Cuando Elías nació sordo, el padre del niño dijo que era culpa de Mariela. Algo que había comido. Algo que había hecho. O que no había hecho. No volvió del barco a la casa de ellos. Cuando desembarcaba se iba derecho a la casa de la mujer de Manta.

Mariela no lloró cuando él se fue. Había cosas peores que estar sola. Cuando volvía de la pollería, miraba en su teléfono información sobre la sordera. Implantes cocleares. Tratamientos. Lenguaje de gestos.

La tía de Mariela vivía en Queens y le mandó 3.000 dólares para pagar al coyote. Mariela tardó cuatro años en devolverle el dinero. La tía murió de diabetes antes de que Mariela pudiera pagarle los últimos 200. Mariela guardó esos 200 dólares en la lata de café prometiéndose no tocarlos nunca.

En Astoria, Mariela compartía un apartamento de dos cuartos con una familia de cinco. Dormía con Elías en un colchón en la sala. El colchón olía a humedad. Era un olor muy parecido al del colchón sobre el piso de cemento donde habían dormido en Guayaquil.

Los primeros dos años limpió casas en Manhattan. Tres casas al día, cuatro si conseguía trabajos extra los fines de semana. Ganaba 80 dólares por casa. A veces 100 si la casa era muy grande o muy sucia. Una señora en el Upper East Side le daba la ropa vieja de sus hijos. Mariela guardaba la ropa en una bolsa de basura debajo del colchón.

Dejó de limpiar casas cuando Elías cumplió tres años. No podía llevarlo con ella y no podía pagar a alguien para que lo cuidara. La vecina se ofreció a darle de comer mientras Mariela trabajaba, pero dijo que no podía vigilarlo todo el día.

Mariela buscó otro trabajo. Respondió a un anuncio en español en una lavandería. El dueño era chino y le preguntó si tenía papeles. Ella dijo que no. La mujer del dueño apareció en ese momento y le gritó algo al hombre que ella no entendió. El hombre le dijo que lo sentía.

Una tarde, vio a una mujer vendiendo fruta cortada en Union Square. La mujer tenía un puesto con piña, papaya, sandía y mango. Había una fila de 10 personas esperando. Mariela se paró al final de la fila y observó. La mujer cortaba rápido. Cobraba seis dólares por vaso. No hablaba mucho. Solo cortaba y cobraba.

Mariela hizo cálculos en su cabeza. Diez personas en 15 minutos. Si trabajaba seis horas, podía vender quizás a 100 personas. Seis dólares por 100.

Sabía que no funcionaba así. Sabía que no siempre había fila. Sabía que había que comprar la fruta y los condimentos, pagar la mesa. Pero incluso si ganaba 100 dólares al día, era más de lo que ganaba limpiando casas. Podría pagarle a alguien para que cuidara de Elías.

Al día siguiente fue a un mercado mayorista en Hunts Point. El viaje en tren le tomó dos horas. Caminó entre los puestos mirando los precios. La piña costaba 12 dólares la caja. La papaya, 15. La sandía, 10. El mango, 18.

Compró solo mangos.

Una mujer colombiana que vendía en el puesto de al lado le preguntó por qué no compraba variedad.

—La gente se cansa del mango —dijo la mujer—. Hay que darles opciones.

Mariela no contestó. Tenía sus razones. En Guayaquil, su abuela había vendido mangos en el mercado de la Bahía durante 30 años. Le había enseñado cómo escogerlos. Cómo saber cuándo estaban listos. Cómo cortarlos sin desperdiciar pulpa. Le había enseñado que un mango bien escogido no necesitaba nada más. Que la gente volvía por la constancia, no por la variedad.

La piña se echaba a perder rápido una vez cortada. La papaya tenía que estar perfecta o la gente se quejaba. La sandía era pesada, difícil de cargar en el metro.

El mango era simple. El mango era lo que sabía hacer. El mango era lo único que le quedaba de su abuela.

Compró tres cajas. Compró una bolsa de limones. Compró chile en polvo en una tienda en la avenida Roosevelt. Compró sal en el supermercado. Ya tenía la mesa plegable. Ya tenía los cuchillos.

El primer día vendió 12 bolsas. Ganó 48 dólares.

El segundo día vendió 20. El tercer día vendió 30.

El hombre de la chaqueta de cuero apareció la segunda semana. Era jueves. Llegó a las 8.47 y señaló los mangos.

—¿Cuánto? —preguntó.

—Cinco —dijo Mariela.

Abrió la bolsa de plástico, añadió la sal, el limón y salsa de chile. El hombre la miraba hacer con curiosidad.

Él le dio un billete de 10.

—Quédese con el cambio.

Mariela le dio el mango que había apartado. No era el más grande, pero era el más maduro. El que tenía el color exacto de oro viejo. El que olía dulce incluso antes de cortarlo. El que su abuela habría escogido.

El hombre volvió al día siguiente. Y al siguiente. Siempre a la misma hora. Después de dos semanas, Mariela empezó a prepararle la bolsa antes de que llegara. Lo veía acercarse desde lejos. Levantaba la barbilla. Él hacía lo mismo.

No hablaban más de lo necesario. Eso también le gustaba a Mariela. En este país había aprendido que las palabras podían ser peligrosas. Que era mejor ser invisible. Que era mejor ser solo una mujer que vendía mangos. Nada más.

***

Por las noches, después de la cena que le daba la vecina, Mariela bañaba a Elías en la tina. El agua nunca salía completamente caliente. Elías se sentaba y jugaba con un barquito de plástico que había encontrado en la calle. Mariela le lavaba el pelo con cuidado, usando las yemas de los dedos para masajear su cuero cabelludo.

Mientras lo bañaba pensaba en cosas prácticas. Si mañana habría que comprar más limones. Si la mesa plegable necesitaba que le engrasaran las ruedas. Si Elías necesitaba zapatos nuevos antes del invierno.

Pero otras veces Mariela pensaba en lo que no quería pensar. En la mujer guatemalteca que vendía tamales cerca de la estación del metro y que un día ya no estuvo. En cómo los otros vendedores habían bajado la voz cuando hablaban de ella. En cómo nadie preguntó por ella después de dos semanas, como si nunca hubiera existido.

Mariela pensaba: si me llevan, ¿quién va a bañar a Elías?

Pensaba: ¿qué pasa con los niños cuando se llevan a las madres?

Pensaba: ¿Elías sabrá que no lo abandoné?

Pensaba: no pienses en eso.

Pero pensar en eso era como tratar de no pensar en el océano cuando estás en un bote. Estaba siempre ahí, debajo de todo.

Elías levantaba el barquito y lo miraba. Movía la boca formando palabras que no podía escuchar. Mariela le sonreía. Él le sonreía de vuelta.

A veces Mariela se preguntaba si Elías sabía que el mundo era peligroso. Si podía sentir el miedo de ella. Si su silencio lo protegía o lo hacía más vulnerable.

Ella le pasaba la toalla. Luego lo vestía con el pijama que había sido de otro niño, del hijo de la señora del Upper East Side. El pijama tenía un dinosaurio verde en el pecho. A Elías le gustaba tocar el dinosaurio con los dedos. Tenía una cresta roja de peluche que sobresalía del pijama.

Mariela lo acostaba en el colchón. Le cantaba aunque él no pudiera oírla. No sabía si le servía de algo, pero lo hacía de todos modos. Canciones que le había cantado su abuela. Canciones sobre el mar. Canciones sobre pájaros que volaban de vuelta a casa.

Elías cerraba los ojos. Mariela se quedaba sentada junto a él hasta que se dormía. Luego le tocaba la frente, como había visto hacer a su abuela. Como si pudiera bendecirlo. Como si eso fuera suficiente.

Luego preparaba todo para el día siguiente. Llenaba la mochila con los limones, el chile, la sal. Verificaba que la mesa estuviera bien. Contaba el dinero que había ganado ese día y lo guardaba en una lata de café que escondía detrás del refrigerador. Los 200 dólares de su tía siempre arriba, sin tocar.

Se acostaba a las once. Se levantaba a las cinco.

***

El trayecto desde Astoria duraba dos horas y media si los trenes cooperaban, tres si había retrasos. Mariela arrastraba la mesa plegable con ruedas que había comprado en una liquidación en Queens Boulevard. Los mangos iban en una bolsa térmica. Los limones, el chile en polvo y la sal, en una mochila que le había regalado una clienta hace dos veranos. La mochila decía “NYU” en letras moradas.

En el tren, Mariela miraba por la ventana. Túneles. Luces. Estaciones. A veces veía su reflejo en el vidrio y no se reconocía. Se veía cansada. Más vieja de lo que era. Treinta y cinco pero parecía 45. Quizás más.

Pensaba en su abuela. En cómo había vendido mangos hasta los 72 años. En cómo nunca se quejó. En cómo siempre supo exactamente qué mango darle a qué cliente.

Mariela trataba de hacer lo mismo. Trataba de recordar quién prefería más limón, quién prefería más chile. El hombre del traje gris prefería equilibrio. Ni mucho ni poco de nada.

Elías comía con la vecina. La vecina tenía tres hijos propios y preparaba arroz con frijoles casi todos los días. A Elías le gustaba el arroz. No le gustaba ir en metro, se ponía nervioso, por eso Mariela lo dejaba en casa. Eso era lo que se decía. Pero la verdad era otra. La verdad era que en el tren ella podía ser invisible. Con Elías, la gente los miraba. Se preguntaban cosas. Hacían preguntas.

Sola, nadie la veía.

***

El jueves por la mañana, Amir había acompañado a una operación en Queens. Un edificio de apartamentos en Astoria. Información confiable sobre varias familias indocumentadas. Todo según protocolo. Verificó las órdenes. Tomó notas. Observó mientras sus colegas tocaban las puertas.

La dirección era un edificio de ladrillo rojo de tres pisos. Las escaleras olían a comida exótica y a detergente. En el segundo piso, un perro ladraba detrás de una puerta. En el tercero, dos niños pequeños lloraban.

Amir había hecho esto antes. Muchas veces. Había aprendido a no pensar demasiado. A concentrarse en el protocolo. Verificar identidades. Tomar notas. Asegurarse de que todo se hiciera correctamente. O que se hiciera.

Pero a veces, cuando subía las escaleras de un edificio como este, pensaba en el edificio donde había crecido. No era tan diferente. Las mismas escaleras estrechas. Las mismas puertas cercanas unas a otras. Los mismos olores de comida mezclados en el pasillo.

Pensaba: nosotros seguimos las reglas. Por eso estamos bien.

Pensaba: ellos no siguen las reglas. Por eso están aquí.

Pensaba: es simple.

Pero nunca era simple.

En uno de los apartamentos había niños. Siempre había niños. Una mujer mayor gritaba en un sillón. Un hombre intentaba explicar algo en español. Amir no hablaba español. Otro agente traducía.

Había un niño pequeño, siete u ocho años, que no lloraba. Solo miraba. Amir pensó que quizás estaba en shock. Luego se dio cuenta de que el niño estaba haciendo señas con las manos. El niño era sordo.

El niño llevaba un pijama con un dinosaurio verde en el pecho. Era de día pero todavía llevaba pijama.

Amir pensó en su sobrino. Tenía la misma edad. También dormía con pijamas de dinosaurios.

—¿Viene con nosotros? —preguntó uno de los agentes, señalando al niño.

—La familia completa —dijo el supervisor.

Amir escribió en su libreta: “Un menor, aproximadamente siete años, discapacidad auditiva”.

El niño seguía haciendo señas. Nadie le respondía. Nadie sabía responderle.

Amir pensó: alguien debería decirle algo.

Amir pensó: no es mi trabajo.

Amir pensó: solo estoy tomando notas.

El niño lo miró directamente. Amir apartó la vista.

Terminaron a las diez de la mañana. En el van, de vuelta a la oficina, nadie habló. El supervisor revisaba papeles. Los otros agentes miraban sus teléfonos. Amir miraba por la ventana.

Pensó en el mango. En que llegaría tarde. En que la mujer probablemente ya habría vendido varios. Pero ella le guardaría uno. Siempre lo hacía.

Llegó tarde a Union Square. La mujer del puesto de mangos ya había vendido dos bolsas y estaba cortando una fruta para unos turistas. Él esperó. Se quedó parado a un lado, con las manos en los bolsillos.

Cuando ella terminó con los turistas, lo miró. Levantó la barbilla. Él hizo lo mismo.

Ella le dio su bolsa. Él pagó con seis dólares.

—Gracias —dijo, y se fue.

Mientras caminaba hacia la oficina, se comió el mango. Estaba perfectamente maduro, dulce. La mezcla de chile y sal era exacta. Se limpió los dedos con la servilleta.

Pensó en el niño del pijama. En cómo había movido las manos. En cómo nadie había sabido qué decir.

Pensó: probablemente es mejor así. Probablemente la familia estará mejor en su país.

Pensó: no es mi problema.

Pensó: solo hago mi trabajo.

Tiró la servilleta en un basurero. El mango había estado perfecto. Como siempre.

No pensó en el niño por mucho tiempo. Había aprendido a no pensar en los niños. Había aprendido que si pensabas demasiado en los niños, no podías hacer el trabajo. Y el trabajo pagaba bien. El trabajo tenía beneficios. El trabajo tenía pensión.

Su padre estaría orgulloso.

***

Esa noche, Mariela llegó a casa y la puerta del apartamento de la vecina estaba abierta. Adentro no había nadie.

Mariela se quedó parada en el pasillo. Esperó. Escuchó.

Silencio.

Entró a su propio apartamento.

—¿Elías? —llamó, aunque sabía que él no podía ­oírla.

El colchón vacío. El barco de plástico en el suelo, exactamente donde Elías lo había dejado esa misma mañana.

Mariela recogió el barco. Lo sostuvo en su mano. Plástico barato. Azul descolorido. Una de las velas ­rotas.

Se lo había encontrado en la calle hace dos años. Lo había lavado y se lo había dado a Elías. Él había sonreído. Desde entonces jugaba con él todos los días.

Mariela apretó el barco en su mano.

Llamó a la vecina. Buzón de voz.

Volvió a llamar. Buzón de voz.

Una tercera vez. Buzón de voz.

Bajó las escaleras. Salió a la calle. Hacía frío para octubre pero ella no lo sentía.

Marcó el número de una abogada que le había dado una amiga del trabajo, una dominicana que vendía café tres puestos más allá. La abogada contestó al cuarto timbre.

—¿Aló? —dijo Mariela—. Me dijeron que usted ayuda con.

Estaba pensando en Elías. En dónde estaría. En si tendría miedo. En si estaría llorando sin sonido, como hacía cuando tenía pesadillas. En si alguien sabría cómo calmarlo.

Estaba pensando: no dejé que se trajera el barco.

Estaba pensando: no le dije que volvería.

Estaba pensando: ¿cómo voy a encontrarlo?

El camión de los bomberos venía por la calle lateral. La sirena del camión estaba encendida pero Mariela no la escuchó.

Alguien gritó. Mariela no lo escuchó.

Lo último que pensó fue: el barco.

Todavía lo tenía en la mano cuando el camión la golpeó.

***

A la semana, otra mujer estaba en el puesto. Tenía el pelo más corto que Mariela y una sudadera que decía “Ecuador” en letras amarillas y azules. Acomodó los mangos de manera diferente. En filas perfectas, todos del mismo tamaño.

El hombre del traje gris llegó a las 8.47.

Se acercó al puesto. Miró a la mujer. Esperó que ella levantara la barbilla.

La mujer no lo hizo. Solo lo miró como miraría a cualquier cliente.

—¿La señora? —preguntó.

La mujer nueva se encogió de hombros.

—No sé. Yo empecé hoy.

Amir miró los mangos. Todos iguales. Todos ordenados. Perfectos.

—¿Cuánto?

—Cinco.

Pagó con un billete de cinco. Solo cinco. La mujer le dio la bolsa.

Amir se sentó en un banco cerca de la estatua de Gandhi. Hacía sol. Abrió la bolsa. El mango estaba firme todavía, casi verde en los bordes. La mujer no había escogido el más maduro. Solo había agarrado uno.

Lo probó. La mezcla tenía demasiada sal. El chile picaba más de lo que debía. No estaba mal. Solo era diferente.

Se comió el mango despacio, limpiándose los dedos con la servilleta que venía en la bolsa.

Pensó: mañana probablemente estará mejor. Necesita tiempo para aprender.

Pensó: o tal vez debería comprar en otro puesto.

Pensó: o tal vez debería dejar de comprar mangos.

No sabía por qué ese último pensamiento lo hacía sentir algo que no podía nombrar.

A las 9.15 tiró la bolsa vacía en un basurero y caminó hacia la oficina. Pasó frente a una tienda de periódicos. En la esquina, un vendedor de flores. Todo igual que siempre.

En su escritorio revisó los casos del día anterior. Abrió la carpeta. Leyó su propia nota: “Un menor, aproximadamente siete años, discapacidad auditiva”.

Se quedó mirando las palabras.

Pensó en el niño. En las señas que hacía. En el pijama verde.

Pensó en la mujer del puesto de mangos. En cómo levantaba la barbilla. En cómo siempre escogía el mango correcto.

Pensó: probablemente está enferma.

Pensó: probablemente volvió a su país.

Pensó: probablemente consiguió otro trabajo.

Cerró el archivo.

Abrió su correo electrónico. Tenía 14 mensajes.

Afuera empezó a llover. Las gotas golpeaban la ventana. Amir las observó por un momento. Luego volvió a centrar su atención en la pantalla.

En el centro de detención, Elías estaba sentado en una silla de plástico. Sin su barco. Sin su madre. Solo. Haciendo señas a nadie.

En Astoria, detrás de un refrigerador, una lata de café con 200 dólares que nadie sabía que estaba ahí.

En Union Square, una mujer nueva vendía mangos. No tan buenos como antes, pero la gente compraba de todos modos. Siempre alguien necesitaba mangos.

Y Amir, en su oficina, pensaba que el día siguiente compraría el mango en otro sitio, se le había indigestado un poco el verde del otro día. O tal vez le daría otra oportunidad a la mujer nueva. O tal vez, pensaba, y esta idea llegó sin que la esperara, como la lluvia que había empezado a caer afuera, tal vez dejaría de comer mangos del todo.

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