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PAMPLINAS
Columna

La palabra rima

¿Por qué los cánticos politiqueros / o futboleros o verbeneros / españoles han perdido la rima?

Retrato de Francisco de Quevedo, atribuido a John Vanderham. Alamy / Cordon Press

Existió, sabemos que existía

y que tantos la usaron con altura:

nunca hubo entre palabra y hermosura

un vínculo mejor, más noble vía.

La frecuentaron griegos y latinos,

los galos, los nipones, los germanos,

y los rusos, los chinos, italianos,

pero ninguno hiló tan bien, tan fino

como aquellos iberos memorables

que tallaron su verba inolvidable

gracias a sus revueltas y recodos:

los modos de encontrar el justo modo

de decir lo que decir quisieron,

de callar lo que callar debieron.

* * *

Eso pensaba el hombre en esa plaza

donde ondeaban banderas y otros hombres

y mujeres aullaban aquel nombre,

como perros que corren tras la caza.

Su odio era patente e impotente:

solo sabía lanzar aquellos gritos

que más que gritos eran tristes ritos

de quien toma el pasado por presente.

Pero lo grave no era esa impotencia

sino la ingrata, oscura reticencia

de sus palabras a relacionarse.

Era peor decirlas que callarse:

entre ellas faltaba, vaya falta,

esa complicidad que las exalta.

* * *

Otro día otra mani se topaba

y las personas eran muy distintas:

ensalzaban, sin frenos y sin fintas,

al mismo que la otra abominaba.

Su entusiasmo sin más los espoleaba;

sus caras, sus abrazos, sus sonrisas,

eran más nuevas que cualquier camisa

de ese canto que nadie recordaba.

Pero lo grave no era esa alegría

que nunca es grave y menos todavía

cuando se la comparte en una calle.

Lo grave era ese gélido detalle:

que las palabras no se acompañaban

y andaba cada una por su lado sin darles bola a las demás ni nada y entonces se perdían y se desperdiciaban.

* * *

Pareja pena se encontró esa vez

en que reunió perdidas esperanzas

y se atrevió a asomarse a aquella danza

que los más cursis llaman balompiés.

Le habían dicho que en ese gran refugio

que hace de lo banal pasión oscura

se refugia y prospera la cultura

y sus canciones y sus artilugios.

Así que allí se fue, para escucharla,

pero cuál no sería su tristeza

cuando oyó que en lugar de la belleza

de los versos ligados, dulce parla,

las palabras seguían saliendo sueltas

sin ligazón, sin liga, tan revueltas.

* * *

Las palabras caían y caían

y no encontraban nada en su caída

capaz de devolverles esa vida

que daban por perdida y por vacía.

* * *

Ella faltaba, por doquier faltaba,

y hacía falta en las calles de su España,

esa nación donde se daban maña

antaño para usarla sin más traba

el galán y el gañán y el caballero

y su propio caballo y el poeta,

que la tenía por su mejor treta

y su mejor imán para el dinero.

¿Qué ha sido de ella, pobre cortesana,

que tantos acusaron de ser vana?

¿Qué ha sido de ella, madre dedicada,

que quedó desechada y despechada?

¿Qué ha sido de ella, yaya memorable,

qué se volvió de pronto impronunciable?

¿Qué ha sido de ella, maga de las musas,

cuyos trucos y trinos nadie usa?

¿Por qué ya no se busca ni conoce?

¿Por qué de su placer se perdió el goce?

¿Por qué ya no sabemos ni quién era,

ella que era sin dudas la primera?

* * *

Es esa magia simple que se anima

y, sin más magia que sí misma, arrima

una palabra a otra y las sublima

y las vuelve hondas simas, altas cimas.

Es esa magia que se vuelve esgrima

de espadas que son pura pantomima

porque su filo nunca nos lastima

ni separa; nos cura y enracima.

Por eso ahora, en este triste clima,

donde tanto tan tonto nos ultima,

necesitamos que su voz imprima

a las nuestras el fuego que reanima:

la llamamos para que nos redima:

cántanos, sálvanos, oh querida

Filiberta.

(La cuestión es obvia: el autor anónimo de estos versos se pregunta por qué los cánticos politiqueros o futboleros o verbeneros españoles han perdido la rima. La princesa está triste, qué tendrá la princesa, que ha perdido la rima, que ha perdido el color. Por eso, visiblemente, el autor anónimo se abstiene siquiera de nombrarla. Él viene de un país donde todos los cantos de los grupos políticos o de las hinchadas o de cuatro que se juntan y emborrachan riman reciamente. Por eso no entiende cómo ni por qué, en la tierra de Quevedo y de Lope, de Calderón y de Machado, nada de lo que cantan esos grupos rima. Y, con la angustia del caso, se pregunta si la palabra rima –si la palabra rima– huyó de los coletos españoles o si reposa en un diván mullido, esperando que el príncipe y sus flores le devuelvan el brillo que ha perdido...)

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