La palabra perder
Nos pasamos la vida perdiendo. Perdemos tanto que, al final, podemos incluso creer que alguna vez tuvimos algo


Aquí no suelen venir verbos. Vaya a saber por qué: yo nunca intenté evitarlos ni alejarlos, pero no se presentan. Se diría que un sustantivo, en su quietud altiva, llega más seguro: se parece a un concepto, tiene más visos de tolerar unas pamplinas a su alrededor que un verbo —que es, por definición, un potro desbocado. Pero creo que fue un error e intentaré rectificarlo. (Piensen, por ejemplo, sin ir más lejos, en la barbarie del verbo rectificar, que dice que para conseguir que algo sea como debe ser hay que volverlo recto, correcto, corregido; es toda una declaración a favor de lo más rígido, eso que no tiene matices, que no acepta presiones, eso que las ejerce. Un mundo recto, recio, un mundo autoritario.)
Todo esto porque hoy se presentó, inopinadamente, la palabra perder. Insisto: no sé de dónde vino. Sé sin embargo que viene, como siempre, del latín: perdere venía de per, del todo, y dare, dar; dar del todo, quedarse sin eso. Que perder venga de dar ya es un problema serio.
Impresiona sobre todo en nuestras sociedades, donde perder se ha vuelto una de las palabras más tajantes. A falta de criterios mejores pensamos nuestras vidas como una hoja de contabilidad donde se asientan entradas y salidas, un proceso comercial donde se ve cuándo ganamos, cuándo perdemos. Darle un valor —cuantitativo— a cada acto, ver si obtenemos más que lo que damos y así de seguido. Como “perder” y “ganar” se nos han vuelto decisivos, debemos simular que sabemos —que de verdad sabemos— cuándo se pierde y cuándo se gana. Y lo único que sabemos es que en la vida no se puede saber.
(Uno de los atributos que cimentó el triunfo del fútbol entre miles de millones fue que allí sí se puede: más allá de lo que cada cual sienta u opine, más allá de lo que pase o deje de pasar, en cada partido cada equipo gana, empata o pierde. No hay más opciones y, sobre todo, no hay ninguna duda: a diferencia de la realidad, donde eso nunca queda claro, en el deporte todos saben quién ganó y quién perdió. Es la ilusión de un orden indudable, eso que nunca conseguimos en la vida.)
Tampoco es necesario. Hubo largos momentos, muchas sociedades, en que nadie habría pensado en medir su vida en términos de triunfo o de derrota: había nociones más complejas. Hubo momentos, por ejemplo, en que nada se creía mejor que aportar algo al bien común, al bienestar general. Ahora, cuando eso parece —en el mejor de los casos— una ingenuidad, solo gana el que gana para sí. Y ganar, está muy claro, es poseer: poseer más dinero, más fama, más ¿belleza?, más influencia, más poder de seducción, más poder de poder.
Esta es, en ese sentido, una sociedad fofamente satisfecha: sabe dónde está —para ella— el bien, dónde está el mal, dónde el triunfo y la derrota. Por eso se nos hace más fácil clasificar, decir un resultado. Por un lado están los pocos ganadores, los que han cumplido con esas metas tan pavotas; por el otro los demás, nosotros, la inmensa legión de “perdedores”. Y no hay palabra en nuestras sociedades más descalificadora que esa: loser, lúser, perdedor.
Por suerte, perder en términos contables, perder esa carrera tonta por los bienes y las apariencias, no es la única forma de perder. Si lo fuera, la palabra perder sólo sería la prueba de nuestra incapacidad de construir una sociedad que valiera la pena. Pero también se pueden perder los papeles, perder la vergüenza, perder la paciencia, perder los estribos, perder la cabeza, perder la cara, perder la calma, perder el alma, perder el habla, perder la fe, perder las ilusiones, perder la perspectiva, perder la compostura, perder la virginidad, perder el rumbo, perder la razón, perder la honra, perder la inocencia, perder la oportunidad, perder el sentido, perder un hijo, perder un padre o madre, perder el respeto, perder el miedo, perder una carrera, perder la mano, perder pie, perder peso, perder comba, perder aire, perder facultades, perder sangre, perder la vida, perderlo todo, perderse —y más y más y más y cada una de esas pérdidas es una gran historia. (¿A ustedes también les pasa que, tras leerla 35 veces seguidas, una palabra se les transforma en un dibujo torpe, sonido sin sentido?)
En cualquier caso, nos pasamos la vida perdiendo. Perdemos tanto que, al final, podemos incluso creer que alguna vez tuvimos algo. Para eso sirve, quizás, esta idea de que siempre perdemos. Hasta que terminamos de aceptar que uno puede perder tanto más que lo que tiene. Eso es, para algunos, la sabiduría; otros dicen que los que se lo creen están perdidos.
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