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Jardín privado y galería de arte en una casa recuperada en una antigua colonia madrileña

Un ejecutivo y coleccionista de arte contemporáneo heredó de su abuelo esta casa en una colonia madrileña construida alrededor de la antigua Fundación de Gremios. David Pastor fue el encargado de rehacerla a imagen y semejanza de su dueño: moderna, pero con un toque de tradición.

Detalle del jardín entrando en la casa, con la butaca Pelican, diseño de Finn Juhl de 1940 en primer término, y en la pared 'gouache' de José Guerrero, 'GU168'.Erea Azurmendi y Federico Reparaz

La historia de esta casa es la historia de una mirada sobre otra. Suena cursi e incluso pretencioso, pero es la pura verdad. Y por eso no puede comenzar de otra forma que con el afortunado encuentro de los sujetos de esas dos miradas: José Manuel Rosa, su dueño, ejecutivo especializado en innovación —“alguien que hace que las cosas sucedan”, según él mismo—, y el creativo David Pastor, experto en conceptualización y proyectos de transformación. Es el propio David quien lo rememora: “Al poco de conocernos, José me habla de su casa y me cuenta que está haciendo ‘unos apaños’. Me propone ir a verla, le digo que sí y quedamos. Lo típico. Y el día de la visita, al girar en una esquina de un barrio residencial acomodado, me encuentro de repente en un pueblecito de los años cincuenta-sesenta del siglo pasado, puro desarrollismo, y con una arquitectura humilde y muy funcional, pero que es una perla. Y que tiene, además, un jardín bonito y muy desarrollado ¡en Madrid! Así que le digo: ‘Tienes una auténtica belleza, pero lo que necesitas es un proyecto integral, riguroso y coherente, no apaños’. Aquel día, José vio en mi mirada, aun sin entenderla del todo, la casa que yo veía y creyó en mí. Así empezó todo”.

Y con ese “todo” Pastor se refiere a una reforma integral de la vivienda en la que se reforzó la fachada trasera, se integró un volumen exento que había en el jardín y se redistribuyó por completo el interior. Todo un año de trabajo entre aquellas dos miradas coincidentes y el día en que José Manuel Rosa durmió en su nuevo hogar por primera vez.

Ahora, la historia de esta casa no puede entenderse sin conocer —y comprender— más en profundidad a su propietario, y para ello debemos añadir a la ecuación dos factores esenciales: el primero, que su abuelo materno, maestro artesano tallista de madera, fue el dueño original de ella, situada en una pequeña colonia construida alrededor de la antigua Fundación de Gremios, de la que era miembro; y, el segundo, que José Manuel Rosa, un avezado coleccionista de arte contemporáneo, anhelaba dar forma a un espacio doméstico que pudiera albergar parte de su colección permitiéndole convivir con ella. Y en ese sentido el proyecto de renovación debe entenderse ante todo como un desenlace vital que por un lado suponía cerrar un círculo familiar y por otro escribir un nuevo capítulo de su biografía.

Démosle la palabra a él: “Entender los vínculos entre las personas y las cosas no es nada fácil. Yo me dedico a ello, y por eso me di cuenta muy rápidamente de la enorme capacidad de David para comprender el significado que las cosas tienen para los demás leyendo sus emociones. Y, por otro lado, en aquella primera visita fui también consciente de su voluntad transformadora. No es fácil encontrar a alguien que sepa entender algo tan profundamente personal y por eso confié ciegamente en él. De hecho, solo le di una indicación: que la casa se abriese al jardín, invitándole a entrar”.

Ernesto Sabato dejó escrito que “a la vida le basta el espacio de una grieta para renacer”; en nuestro caso la abertura tendría que ser un poco más amplia: “Uno de los ejes centrales del proyecto”, cuenta Pastor, “era invitar al jardín a colonizar el espacio interior. Buscábamos continuar la pradera del jardín dentro, y para ello acristalamos la fachada y recurrimos al elemento esencial del color verde en todos los suelos de la vivienda, un mecanismo superbásico para mí pero que a mucha gente le sorprende y le parece todo un descubrimiento… Con el tiempo, la luz del sol y la pátina lo matizarán de forma muy orgánica, como sucede en la naturaleza. Y luego están los espejos, cuyo juego multiplica los focos que hacen presente el jardín en el interior al tiempo que generan una desmaterialización de los paramentos, lo sólido. Y, así, nos encontramos con el otro gran eje del proyecto: lograr acomodo para lo intangible del arte”. Y como la historia de esta casa es una historia de confianza plena, Rosa dio también carta blanca a David para elegir, ubicar y colgar personalmente cada una de las obras que debían acompañarle en su día a día, con la única imposición de una pieza de María José Moreno que, por supuesto, hoy cuelga de una de sus paredes.

En paralelo, el interiorismo se resolvía combinando diseño exclusivo a medida por parte del propio Pastor —como la consola Píxel; la mesa de centro Stratos, con su pie para albergar una escultura de Antonio López, o el sofá Xuegu— y una incontestable selección de piezas curadas por él: de la butaca Pelican, de Finn Juhl, a las lámparas TMM y Cesta, de Miguel Milá, pasando por las icónicas sillas Cesca, de Marcel Breuer, o los apliques orientables Tolomeo, de Michele De Lucchi y Giancarlo Fassina. Mención aparte merecen los textiles, también de relumbrón: Kvadrat, Etro, Alhambra… “Una casa no es hogar hasta que no entran las telas, y este proyecto lo demuestra una vez más. Un ejemplo perfecto es el entelado de la pared del salón en un tejido de un azul muy particular. Fue como el ladrillo que, al colocarlo, hace que toda la pared esté perfecta…, consiguió que todo cuadrara, tanto desde el punto de vista del color como del ruido y el confort”.

“Del mismo modo que, al entrar yo, el proyecto se convirtió en integral —razona a modo de conclusión Pastor—, para José ha supuesto un proceso personal: el renacimiento de la casa, su casa, le ha ayudado a convertirse en la persona que quería ser y llevar la vida que quería vivir. La casa es la concreción de su momento vital actual como persona y como coleccionista. El reto estaba en atreverse a mirar hacia adentro, aprender a desprenderse, y renovarse haciendo un homenaje a la vida para encarar un nuevo futuro integrador. Se trata de un feliz encuentro profesional, pero también personal. Puede parecer un lugar común del oficio aunque no lo sea en absoluto: yo solo he buscado que él sea feliz en una casa que es lo que quería y necesitaba. Hay un genuino punto de conexión humana entre nosotros que cristaliza en una gran generosidad por las dos partes y un propósito común de transformación que hace de este proyecto algo único”.

Como no podía ser de otra forma, José Manuel Rosa cierra esta historia tal y como empezó, confesando un sentimiento que puede parecer cursi y hasta pretencioso, pero que no está hecho más que de pura sinceridad: “Mi primera sensación al habitarla de nuevo fue de extrañeza: se había convertido en un lugar que no reconocía. No tanto por lo estético, como porque me infundía una actitud muy diferente a la que tenía antes. Una actitud más libre, más centrada, más contemplativa…, y desde entonces no deja de sorprenderme un solo día. Es evidente que yo tampoco soy el mismo. Al vivirla, me he dado cuenta de que igual que ella cambia con el paso de las estaciones —y los colores, la luz o los reflejos son distintos cada día y casi cada hora—, yo voy cambiando con ella”.

Y no hay mejor forma de cambiar el mundo que cambiar uno mismo. Estamos ante una renovación integral de una casa que debe de entenderse sobre todo como un proyecto vital y personal. El genuino punto de conexión humana entre creativo y dueño cristaliza en una confianza y una libertad plenas poco habituales.

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