Del ajedrez a la horticultura: cómo una pasión en común puede unir a padres e hijos
Pasar tiempo con los progenitores es fundamental para el bienestar de niños y adolescentes. Hablamos con cinco hombres y sus hijos que encuentran en las aficiones un modo de transmitir valores y estar unidos

El tiempo compartido entre padres e hijos es limitado y, más aún, si se descuenta el que se pasa frente a las pantallas y el que se dedica a las tareas cotidianas. A medida que los niños superan la infancia y la adolescencia, esos momentos juntos se reducen cada vez más, según un estudio de la American Time Use Survey (ATUS). En la infancia, pasar tiempo con los progenitores no solo resulta fundamental para la buena crianza, sino que, además, los niños que realizan actividades junto con los padres hombres reciben una recompensa social adicional: son más populares que los que no lo hacen. En el caso de los padres hombres, la relación con los niños se construye menos a través del cuidado y más desde el juego y el ejercicio físico. Por ello, las aficiones comunes adquieren un peso singular en la relación entre ellos.
Los cinco padres de este reportaje confirman que los hombres quieren cuidar más. Desafían las rutinas incompatibles, los horarios laborales extensos y los prejuicios de género, y muestran cómo se puede estar presente en las vidas de sus hijos. Un deporte, un pasatiempo o una práctica conjunta que no deja indiferente a ninguna de las dos partes puede ser una fuente de alegría, catarsis o recreación. En algunos casos, una preservación del legado familiar y una apuesta de futuro. Por encima de todo, las aficiones compartidas resultan una manera gratificante de crear conexiones inquebrantables entre padres e hijos.
Miguel, Lucas, Pablo y Simón Amérigo. La música entra por la puerta
Los Amérigo tienen una pasión, y se percibe solo al cruzar la entrada de donde viven. La pared de la puerta que da paso a su casa en Canillejas (Madrid), del lado interior, está pintada de morado Prince. Una escalera discreta que baja desde la cocina conduce a una sala de ensayo acondicionada acústicamente y decorada con pósteres de Blondie, Björk, Blur, David Bowie, Depeche Mode o Green Day. La sala de estar, que no tiene televisor, está rodeada de altavoces, hay tocadiscos y un sistema de audio con proyector desde el que escuchan música y miran conciertos a diario cuando regresan del colegio, la universidad y el trabajo.
No era posible que a Lucas (19 años), Pablo (17) y Simón (17), los tres hijos de Miguel Amérigo (Madrid, 53 años), no les gustara la música. “Lucas ha sido el conejillo de Indias”, cuenta Pablo, y se desatan las risas. Lucas, el mayor, toca el bajo, pero también aprendió guitarra, piano, solfeo y, en paralelo a sus estudios de Medicina, se está preparando para ser disc jockey. “Toda mi infancia ha sido de cara a la música”, confirma. Pablo toca la batería, y Simón, el piano y la guitarra. Ambos comenzaron clases de canto. Miguel, el padre, aprendió a tocar en casa de sus abuelos con un piano desafinado que nadie usaba. Hoy, cada uno de ellos tiene grupos con los que practican todas las semanas.
“Cuando bajan a la sala de ensayo que tienen en la misma casa, es como un agujero negro”, cuenta Silvia Carreras, la madre. La pasión no se refleja solo en tocar instrumentos, también está en las escuchas, las novedades y los conciertos. Hace años que los regalos para los hijos están alrededor de la música: o entradas para conciertos o accesorios para la sala. En sus ratos libres, si no bajan, ponen canciones en común y, como es natural, hay riñas por ver quién elige música antes. Los Amérigo inventaron un preciso sistema de reglas: en la casa, no está permitido escuchar música durante la cena; en el coche, las canciones no pueden durar más de seis minutos, no puede elegir la misma persona dos seguidas y se puede vetar una sola vez.
Para ellos, la música es más que un pasatiempo. Simón, que compone, cuenta que su padre les enseñó que las canciones deben contener verdad: “Es algo en lo que él [señala a su padre] ha insistido mucho, porque esas son las canciones que luego te llegan”. Además, para ellos, la música funciona como un modo de comunicarse y manifestar sentimientos: “Es fácil saber cómo se encuentra uno por lo que está sonando en esta casa”, cuenta Miguel. “Si está triste, o preocupado, si se va de fiesta…”. Todos asienten.
Vicente, Irene y Diego Aguilar. Los valores del ajedrez
Un día de verano de 2024, los dos hermanos estaban jugando al ajedrez en casa de sus abuelos. Cuenta Irene, la mayor, de 11 años: “Aquel día, uno de nuestros primos le ganó a Diego. Diego se enfadó y lanzó una pieza por los aires, que se hizo añicos. Mi padre también se enfadó, todos se enfadaron”. “Sí”, confirma el aludido hermano menor, de 8 años. Ese día, Vicente (Bolaños de Calatrava, Ciudad Real, 45 años), el padre de estos niños y quien les había enseñado a jugar cuatro años atrás, les explicó por primera vez a sus hijos lo que hoy llaman “los valores del ajedrez”:
—Los valores que yo aprendí y que me gustaría que ellos aprendan es que, cuando pierdes, estás aprendiendo. No puedes enfadarte, frustrarte o cabrearte, porque no es el concepto del ajedrez, el juego no va de eso.
Al igual que Vicente a sus hijos, fue su propio padre quien le transmitió en la infancia el amor por el juego y sus valores. Más de 30 años atrás, aprendió a jugar con los mismos alfiles y caballos con los que les enseñó a Irene y Diego. Hoy, dos años más tarde de aquel episodio, el enojo y la frustración están completamente superados, y han sido reemplazados por “un modo de pasártelo bien, disfrutarlo y vivir la experiencia”. A los niños les gusta tanto que ya juegan mucho más que su padre, toman clases todas las semanas, compiten en torneos semanalmente y ganan medallas y trofeos.
En el apartamento de esta familia, el tablero espera en la mesa de café. El padre afirma: “No es un escenario: el tablero está siempre allí”. Cuando Irene quiere jugar, compite contra su hermano. Ambos juegan todos los días, y su padre les enseña aperturas o les propone problemas para que los resuelvan. Al igual que Vicente, la apertura favorita de Irene es la italiana. Diego se diferencia: “A mí me gustan los gambitos. Mi favorito es el gambito Halloween, me lo enseñó un amigo mío”. Su amigo Eusebio tiene 87 años y juega con Diego e Irene en la sociedad deportiva y recreativa La Didáctica, adonde suelen ir los miércoles y viernes.
Este padre, tan orgulloso de sus hijos como de sí mismo, admite: “Yo intento jugar todo lo que puedo, pero ellos ya me superaron. Soy mejor porque ellos son mejores”.
Enrique y Raúl Lagomarsino. El contacto con la tierra
Enrique Lagomarsino (Madrid, 41 años) y su hijo, Raúl (11), viven en la ciudad, pero buscan el contacto con la tierra. Cuando Raúl termina sus clases y Enrique vuelve del trabajo, juntos cuidan de un pequeño bancal que comparten con cinco familias en un huerto comunitario en Valdebebas. Queda a cinco minutos en bicicleta, o diez minutos a pie, de su piso.
De unos 16 bancales que utilizan diferentes familias, el de los Lagomarsino es el más frondoso y, allí, un atardecer de febrero, el perfume del apio lo inunda todo. En invierno, crecen lombardas, lechugas, coliflor, perejil y asoman unas cebollas plantadas por Raúl hace algunas semanas que en pocos meses ya podrán comer, como todo lo que cultivan.
Padre e hijo aprenden a la par. Enrique es un ejecutivo en la consultora tecnológica NTT Data, y no sabía trabajar la tierra antes de obtener acceso a este huerto un año atrás. Se informa a través de internet, talleres comunitarios y conversando con otros vecinos que también están aprendiendo. Su hijo Raúl planta (es su tarea preferida), riega, quita las malas hierbas y las echa en el compost, que se encuentra al fondo de este terreno, en un cajón de madera. Aprende estas tareas también de sus abuelos maternos, cuando los visitan en Galicia, donde viven. “La mejor es la abuela”, defiende Raúl, mientras arranca algunas hojas amarillas de una planta de coliflor.
Su madre, Sara Seijo Prado (Vilalba, Lugo, 46 años), cuenta sobre este vínculo: “El huerto es un paréntesis de paz. Es muy bonito porque ellos aprenden juntos. Van preguntando y curioseando, y ese proceso de aprender mutuamente es fantástico porque resuelven situaciones en equipo. A Raúl le está dejando una lección muy clara, que es que, aunque no sepas algo, con intención y esfuerzo se consigue”.
El huerto es, además, un motivo de diversión: entre risas, cuentan la anécdota (a la que llaman “la aventura de los melones”) de cuando al final del verano alguien saltó el vallado y robó melones de todos los bancales salvo del suyo, porque los habían escondido detrás de unas hojas de tomate; o cuando se metieron dos conejos, y entre todos los vecinos del huerto hicieron una votación para elegir qué nombres les ponían a los animales; o cuando debieron ahuyentar perdices porque se comían todos los cultivos, y lograron alejarlas con los brillos de unos CD.
Hoy, están en proceso de crear un sistema de riego propio, con el fin de independizarlo de los demás bancales. Tras Semana Santa, cambiarán los cultivos de invierno por diferentes variedades de tomates, con el deseo de repetir la fructífera cosecha del verano pasado. Obtuvieron 30 kilos y aún hoy se alimentan de algunos frascos en conserva de aquella producción.
Para Enrique, ir todas las semanas (y cada dos días en verano) al huerto es un modo de generar unión con su hijo a través de una actividad que les encanta. Además, afirma que aligera el hecho de que Raúl tenga que realizar visitas regulares al fisioterapeuta desde que es un bebé: “Por eso estamos tan juntos. No hay cosa que más nos guste que estar aquí”, cuenta, mientras su hijo corre y juega entre los bancales.
Sergio y Vega Mínguez. Pasión rojiblanca
Cuando Vega (10 años) aún no había llegado a este mundo le ponían el himno del Atlético de Madrid, que ella debía escuchar desde la tripa de su madre. Tenía poco más de un año cuando la llevaron al estadio Metropolitano por primera vez. Así que para Vega ser apasionada de este equipo de fútbol era un destino o casi un mandato genético. “El color blanco…, buah, ¡qué asco!”, escenifica la niña con aspavientos al referirse al eterno rival, el Real Madrid. El padre da detalles:
—Lo tenía muy claro. Tenía estudiada toda la estrategia para que al menos una de mis hijas fuera forofa de mi equipo. A mí me dicen Cholo y a ella ya le dicen Cholita.
Vega tiene su abono y va a todos los partidos que el equipo juega como local con su padre. “Un amigo me dio la clave: es un rato que vas a pasar solo con ella”, cuenta Sergio (43 años). Y así ha sido. Padre e hija preparan ánimos y enseres desde el día anterior, pasan una hora en el metro para llegar al estadio en San Blas y otra para volver, se llevan un bocadillo y Vega siempre carga su pancarta que pide la camiseta al jugador argentino Julián Álvarez.
En el primer partido de su vida Vega no se lo pasó nada bien. Tenía cinco años, se aburrió y enseguida se quiso ir. Pero la situación ya es diferente. Ahora, además, juega al fútbol. En su clase solo hay cuatro o cinco rojiblancos. Cuando pierde el Atleti, sus compañeros la pican: “Has perdido, has perdido”. “Yo les digo: ¿y qué?, lo que importa es el esfuerzo”, cuenta ella por videollamada.
Perder sin perder la compostura. Esa es la moraleja que le gustaría a Sergio que su hija Vega sacara de la pasión rojiblanca. “En la vida se pierde más que se gana. Hay que luchar mucho. ¿De qué serviría ganar siempre? Le enseño a valorar el esfuerzo, a disfrutar el camino, y, bueno, el día que ganamos, la alegría es doble. El Atlético de Madrid me representa”, resume el padre. Sergio trabaja en el departamento de logística de una empresa alimentaria. Dice que sirve para ese trabajo probablemente porque es del Atlético de Madrid. “Se sufre mucho”. Hasta su jefe se lo comenta.
Si no fuera por la afición de Vega, Sergio cree que ahora iría a menos partidos del Atlético de Madrid. “Pero estoy obligado a ir, es por lo que he luchado, quería pasarle mi pasión para disfrutarla juntos”, apunta. Mientras, la hija pequeña, Elisa, merodea por el salón con la camiseta rojiblanca de la hermana, pero, aun así, no es suficientemente forofa en opinión de Vega y Sergio. El padre espera y desea que esta afición dure para siempre. “Veo a muchos padres mayores que siguen yendo al fútbol con sus hijos y, la verdad, espero ser uno de ellos en el futuro. Soy consciente de que llegará una etapa en la que no querrá acompañarme —en ese momento, Vega lo mira y niega con la cabeza—, pero esperaré a que se le pase”.
Enrique y Enrique Mari. Kilómetros de bici y conversación
Enrique Mari padre (51 años) empezó a coger “la bici” por su cuenta a los 16 años. Se lo tomó tan en serio que se encargó una bicicleta profesional hecha a medida que hoy se considera una pieza vintage por la que suelen ofrecerle un buen dinero cada cierto tiempo. Pero él no vende. Además, tiene otras cuatro en el trastero. “Entre los 14 y los 22 salía cada fin de semana, pero luego, con la universidad y el trabajo, me desconecté casi por completo”. Ha sido con sus hijos, Victoria (9 años) y Enrique (7 años), con los que le ha vuelto “a picar el gusanill”, cuenta Mari, consultor de marketing y comunicación para varias empresas.
Cuando el niño cumplió 3 años le regalaron una bici sin pedales. Dice su padre que se le gastaban las suelas de los zapatos persiguiendo a toda velocidad a la hermana por el patio y frenando con los pies. Cuando tuvo edad de tener una bicicleta normal empezaron a salir los tres, el padre y los dos niños, a pasear por el madrileño parque de la Dehesa de la Villa. “Cuando salimos nosotros dos nos ponemos exigentes…, hemos llegado a hacer 19 kilómetros. Sé que no es lo mejor para el crecimiento del niño, pero lo disfruta mucho”.
“La bici crea una conexión muy fuerte, se aprenden cosas útiles e importantes: conocerse uno mismo, dosificar las fuerzas, orientarse en rutas nuevas, cambiar los piñones o buscarse la vida”, prosigue. “Vamos por los mismos senderos que iba yo en mi infancia y eso me sirve para contarle mi vida, quiénes eran mis amigos y las cosa que hacíamos a su edad. La conexión es fuerte y muy personal”.
El padre cree firmemente que cultivar en su hijo la pasión por el ciclismo es una apuesta de futuro. “Una bicicleta no es un juguete con fecha de caducidad. Mi ambición es construir un vínculo que dure para siempre. Cuando mi hijo tenga 18 años, me veo saliendo con él y la bici, aunque entonces él sea más fuerte que yo. Eso sí, seguiré encima de la bici hasta que el cuerpo aguante”.
Cuando Enrique padre cumplió 50 se compró un equipo “en condiciones” y ahora se ha animado y también sale con los padres de los amigos de su hijo. Entonces el pequeño se enfada. “Me molesta que no me lleve porque me gusta mucho”, confirma el niño, que acepta con gusto los retos que le propone su progenitor. Por ejemplo, subir sin parar a la cima de una montaña en Ibiza. “Eran dos kilómetros en curva, en agosto”, recuerda el padre. Cuando llegaron el niño solo dijo: “Papá, ¿hemos hecho el Tour de Francia?”.
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