El maquillador es la estrella: cinco nombres clave de una profesión más valorada que nunca
Natalia Belda, Alex Saint, Raquel Álvarez, Iván Gómez y Yos Baute son profesionales radicados en España que se han convertido en referentes de un negocio en auge

Hasta hace poco su profesión era tan desconocida que muchos no la eligieron de manera consciente, porque ni imaginaban que pudiera convertirse en un empleo estable. El de maquillador era un trabajo técnico que quedaba detrás de las cámaras. Pero como a tantos otros profesionales, las redes sociales los han colocado en primera fila y el creciente interés por el mundo de la belleza ha hecho de ellos actores clave en la conversación. Aunque aún quedan debates pendientes en un ámbito en el que persisten retazos de esnobismo (esa concepción como técnicos no les daba voz en el proceso creativo), hoy son más reconocidos y cotizados que nunca. Los profesionales españoles son valorados internacionalmente mientras que el sector aquí se agranda empujado en parte por la nueva visibilidad, pero también por la potencia que ha adquirido la industria audiovisual. “Aún tengo que pellizcarme para creerme que, de todas las personas en el mundo, alguien como por ejemplo Isabelle Huppert me elija a mí para una promoción en Cannes”, dice Iván Gómez, que además ha maquillado a personalidades como Eva Longoria, Alexa Chung, Penélope Cruz o Úrsula Corberó, a la que ha acompañado en su última década de carrera. Él forma parte, junto a Natalia Belda, Raquel Álvarez, Alex Saint o Yos Baute, de una generación que ha marcado este cambio y hoy brilla con fuerza.
Iván Gómez (Murcia, 40 años) sabía que quería ser maquillador desde niño, pero nadie a su alrededor compartía el entusiasmo. “Mis padres se echaron las manos a la cabeza. En peluquería estaba Ruphert, pero no existía la referencia del maquillador”, recuerda. Hubo negociación y un pacto: se dedicaría a ello si se le daba bien. Su madre le mandó a probar en una peluquería cercana y a las pocas semanas ya se había ganado a todas las mujeres del barrio. Cuando cumplió la mayoría de edad no solo había demostrado su valía, sino que había ahorrado “trabajando en bodas o comuniones y barriendo muchos pelos” y se fue a Londres a estudiar el oficio. Ni hablaba inglés ni tenía del todo claro de qué iba aquello, pero se volvió con experiencia, un diploma que aseguraba que ya era maquillador y habiendo aprendido que existía un mundo de posibilidades más allá de lo que había podido soñar. “De pequeño fantaseaba con las revistas, pero mis referencias eran ¡Hola! y Pronto o lo que salía en Telecinco”. La reivindicación de las raíces o los orígenes que hoy está presente en libros o películas no era algo de lo que se presumiera en los inicios de los dos mil y menos en el mundo de la moda. “Al principio sentía que debía anular mi identidad, que era provinciano y poco moderno. Pero mi carrera cambió cuando solté la necesidad de intentar ser otra persona”. Trabajó en moda, en peluquerías y muchos años en el punto de venta, pero despegó cuando se sacudió prejuicios y empezó a maquillar en alfombras rojas, lo que entonces retiraba automáticamente la medalla de modernidad. “Conecté con las actrices y encontré mi sello al fusionar la parte más artística de la moda con lo que realmente me gusta: embellecer”.
Tampoco es ajena a los focos de las alfombras Raquel Álvarez (Madrid, 39 años), a la que es fácil encontrar entre bambalinas en los Premios Goya, el festival de San Sebastián o cualquier estreno. Su firma precisa y refinada aparece además con frecuencia por las páginas de innumerables revistas. Nada estaba planeado. “De niña me encantaba bailar, tocaba la guitarra, pintaba. Pero tengo dos padres economistas y crecí escuchando que estudiara”, cuenta. Ante la amenaza de acabar siendo la artista sin recursos descartó Bellas Artes y se hizo enfermera. Pero desde las Urgencias del madrileño Hospital La Paz su pulsión creativa pedía paso. “Empecé a hacer cursos de maquillaje y se convirtió en una adicción”. Tanto que durante casi una década compaginó una guardia nocturna en el hospital con los trabajos que le salían para maquillar durante el día o los fines de semana. “Nadie entendía que me fuera a maquillar gratis o que me gastara el sueldo en materiales. Cuando supe que quería dedicarme solo a esto no me atrevía a decírselo a nadie. Ahora veo a mis amigas con estudios universitarios que cobran menos que yo, aunque trabajan igual o más. Eso sí, viven menos estresadas, en esta profesión el estrés es altísimo, es un precio que pagamos”, apunta.
Hacer de asistente gratis hasta abrirse paso y llamar a muchas puertas es un peaje que todos han pagado. “Puedes ser muy bueno en esto, pero para que alguien te llame tienen que conocerte. Antes tienes que hacer una labor de sembrar poco a poco para que vayan confiando en ti”, reflexiona Natalia Belda (Madrid, 45 años). Maquilla habitualmente a la reina Letizia o a Ana Torroja, y a Blanca Suárez casi desde que empezó. Ella supo a qué quería dedicarse porque tenía un modelo cerca, su tía Carmen, que era esteticista. “Hoy los jóvenes nacen maquillando, la técnica la aprenden en vídeos en TikTok, pero hay otra parte muy importante de descubrimiento. Si quieres hacer un eyeliner puedes buscar el paso a paso en ChatGPT, pero antes tenías que pensar cómo solucionarlo, divagar y razonar. Me gusta el presente, pero también haber conocido la otra época”. Ha experimentado dos eras, la de antes y después de las redes sociales. Fue pionera en utilizarlas: “Me pilló en la mitad y la transición fue compleja. Yo venía de estar detrás y al quedar expuesta me sentía muy juzgada. A la presión de hacerlo bien se sumaba la de que la gente opinara; aunque hubiera una crítica negativa y diez buenas, solo leía la mala. Fue un proceso que me costó, pero que ya tengo más normalizado”.
“En España estaba instaurada la idea de que el maquillador tenía que vestir de negro y quedarse detrás sin opinar”, reconoce Alex Saint (Orihuela, Alicante, 35 años). “Ahora está empezando a entenderse más que son personas con todo tipo de inquietudes, que pueden expresarse de distintas maneras”. A ella, huracán de creatividad, le costó que la tomaran en serio por salirse del canon: empezó como fotógrafa, fue mánager de la modelo Jessica Goicoechea, tiene un perfil potente en redes y ha participado como actriz en varios proyectos (Veneno o Superestar). “Si me llaman Los Javis, ¡cómo les voy a decir que no! Lo he vivido de una manera muy libre y quizá inconsciente, porque recuerdo a compañeros más mayores decirme que no debía hacer un photocall o subir mi foto”. Aprendió técnica en YouTube, viendo horas y horas de vídeos de Lisa Eldridge, pero reniega de la velocidad que hoy marca el algoritmo: “Como artista me resulta tremendamente cansada la inmediatez. Para que haya creatividad debería haber un espacio y sobre todo un tiempo, para hacer algo que tenga significado. Pero en este sistema todo está marcado por los números”. Como sus compañeros, destaca el valor de los referentes. Ella, mujer trans, se ha convertido además en uno poderoso para quienes vienen detrás. “Cuando era pequeña, y han pasado unos años pero no tantos, no supe de ninguna chica trans. Así fue hasta cumplir los 20. Hoy pienso en la suerte de los jóvenes por tener a gente como Hunter Schafer o Alex Consani”. Maquilladora de cabecera de Aitana o Ester Expósito, también arroja luz sobre la parte menos resplandeciente del oficio: “Es una profesión solitaria en la que se viaja mucho con distintos equipos. Soy amiga de Aitana y es increíble ir de gira con ella, pero cuando acaba el día cada una se va a su habitación de hotel. Es difícil de compaginar con relaciones personales o de cualquier tipo. Tengo sobrinos pequeños y cuando voy a mi pueblo les cuesta ubicarme”.
En un sector que vive de las apariencias, no deja de pasar de moda lo de mirar por encima del hombro. Las dinámicas van cambiando, pero aún quedan rastros. “Se da poca relevancia a los maquilladores que hacen cine y tienen un papel fundamental”, se lamenta Yos Baute (Cienfuegos, Cuba, 40 años), que se curtió en rodajes. “Muchos de los que saltamos a la moda venimos de ahí. Caracterizar a un personaje y repetirlo cada día es el máximo nivel de trabajo”. Él empezó haciendo moda, publicidad, cine… “Trabajé en una película con [el productor] Bob Yari y en otra con el director alemán de origen turco Fatih Akın. El responsable era Waldemar Pokromski, un alemán que hizo La lista de Schindler o El pianista y dedicaba la hora de la comida a enseñarme”. En un viaje para trabajar en Milán decidió que quería mudarse a Europa, concretamente a Madrid por sus abuelos, que eran españoles. Como cuando empezaba, le mueve la ilusión. “La técnica es importante, pero para destacar en esto influye también la parte humana. La buena disposición, que remes a favor del equipo, que seas carismático…”.
Gracias a las redes, los maquilladores han ganado espacio, su labor hoy es más conocida y valorada. “Más que darnos poder, nos han permitido ganarnos el respeto y demostrar nuestra valía profesional”, defiende Álvarez. Han avanzado, pero no lo suficiente: una queja casi unánime es la falta de reconocimiento desde el mundo editorial, donde su crédito siempre aparece semioculto. “Ves que Margot Robbie sube una foto y etiqueta hasta al último asistente, pero en España cuesta”, prosigue Álvarez. Por otra parte, aquí la falta de manos durante años hizo que todos dominen tanto el color como la peluquería: “No sé cómo es fuera, pero aquí hay un nivel muy potente”, defiende Natalia Belda, “cuando vienen actores internacionales y ven que hacemos las dos cosas alucinan. Estamos muy preparados porque hemos tenido que estarlo. Podemos estar orgullosos de la generación que hay, de los que hubo y de los que vienen, porque hay gente joven increíble”.
Coincidir con cualquiera de ellos cuando están trabajando en una sesión de fotos es una experiencia extraordinaria. Poder verlos en acción no solo a través de sus pinceles, sino también en una de las facetas más cruciales de su trabajo, como sostén del personaje al que estén maquillando. “Creas un vínculo muy estrecho con la persona”, señala Alex Saint, “por proximidad física, porque literalmente estás encima, y porque se establece una relación de confianza. Conectas más allá de lo laboral. Se dedican a su imagen, necesitan estar bien y sentirse seguras, un equipo que les dé tranquilidad. A mí me gusta ser un apoyo, aunque demanda gran nivel de energía”. “Yo a veces cuando salen y cierro me desmayo”, bromea Iván Gómez, que añade: “Todos nos validamos a través de gustar a los demás y el maquillaje es una de las herramientas más tangibles para ello. Transforma, mejora, embellece, como se quiera llamar, pero el maquillador es esa figura que conecta con el comodín que te va a llevar a sentirte mejor. Por eso se generan relaciones tan sólidas y especiales. Me gusta especialmente el momento final, cuando hemos acabado pero en el último instante dudan. Ya sea la mujer que va a sorprender a su marido o una actriz que va a posar en una première. Hay una última mirada de beneplácito y les digo: ‘Confía en mí, estás perfecta”. Y confían. Y esa es su magia.
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