Ir al contenido
_
_
_
_

Tadashi Kawamata, el artista que solo crea obras con lo que encuentra cerca de sus exposiciones

Las frágiles estructuras de Tadashi Kawamata podrán verse por primera vez en Arco. Visitamos su estudio en París, donde pule trozos de madera reutilizada para una obra efímera que embellece grandes edificios del mundo

El estudio en la periferia de París del artista japonés Tadashi Kawamata (Hokkaidō, 72 años) parece un taller de carpintería. Sorprendentemente ágil y ligero para su edad, Kawamata se mueve, sin soltar su cigarrillo, entre los tablones y las virutas de madera que ha recogido con la ayuda de su asistente en el barrio cercano. Está especialmente satisfecho con las cajas de frutas rescatadas de un supermercado. “Una madera flexible, estupenda”, constata. El artista, un obseso del reciclaje, viaja por el mundo, de Dubái a Tokio, pasando por París, con todas sus herramientas y mantiene la mirada atenta por lo que pueda encontrarse en el camino. Como no tiene carnet de conducir va con un asistente que lo acompaña allá donde estén esos restos que le servirán de materia prima para su obra, y que deben estar en el entorno del lugar donde construirá sus instalaciones.

Una vez decidido el sitio y negociadas las condiciones con vecinos y autoridades, Kawamata seduce y recluta a otros artistas y discípulos para recoger la madera que cortará en finas tiras que conforman las estructuras temporales que va plantando por el mundo. No las deja mucho tiempo en ningún sitio. Que sean efímeras es otra de sus condiciones no negociables. “Diez días, un mes, un año…, todo es temporal, tu vida también, todos nos estamos muriendo cada día”, dice. Sus nidos y refugios se han visto en lo más alto de la columna trajana de la plaza Vendôme en París y en el palacio de Brera en Milán. En el patio interior del edificio de la galería que lo representa, Mennour, construyó una especie de falso techo de madera que provocó la protesta airada de algún vecino. En 1991 visitó por primera vez las favelas de Río de Janeiro y quedó impactado con la rapidez con que los vecinos volvieron a levantar sus casas tras una demolición policial. “Fue un ciclo natural…, destruir, tirar todo y reconstruir”. Al año siguiente levantó su primera favela a la orilla del río en Houston, una veintena de chozas de contrachapado que contrastaba con el espectacular skyline de la ciudad. Los críticos de arte apuntaron que la instalación era “terrorismo visual” pues perturbaba “la homogeneidad del paisaje”.

Hoy Kawamata parece más sereno. Aunque su galerista Kamel Mennour advierte de su timidez y de su absoluta falta de complacencia, se muestra amable y generoso. Cuenta que su primera intención era ser pintor y con esa idea se matriculó en la Universidad de las Artes de Tokio, pero allí tuvo dos epifanías. La primera: era alérgico a varios pigmentos. La segunda: no le gustaban los profesores y detestaba a uno en concreto del que aún recuerda su nombre. “Yo estaba realmente en contra del sistema de enseñanza de la escuela de arte, y era muy mal estudiante. Además era alérgico y detestaba a los profesores. Dejé de pintar y me concentré en buscar otra salida, así que empecé a experimentar con las instalaciones. En aquel entonces, años setenta, ni siquiera se llamaban así, no había exposiciones, ni galerías interesadas en ese tipo de obras”.

Aquel Tokio era el del movimiento artístico Mono-ha, que reunía a artistas japoneses y coreanos interesados en explorar la interacción entre los materiales naturales y los industriales. Trabajaban con placas de acero, vidrios y bombillas y también con piedras, algodón y madera. “Acudía a la escuela en busca de ideas nuevas e información fresca, pero no tenía ni idea de qué era el arte contemporáneo, pensar en esos términos me resultó interesante. Después, cuando me gradué seguí trabajando con estilo similar, no se trataba de pintura o de objetos, sino de inspiración”.

El artista vive y trabaja en la actualidad entre Tokio y París y sigue interesado en la relación entre arte, arquitectura, diseño y vida cotidiana. En sus obras solo usa materiales reciclados recogidos en comunidad para incidir en la idea de que el arte debe ser un proyecto colectivo. Su trabajo cuestiona la permanencia y resistencia de los materiales frente a las fuerzas de la naturaleza. Sus intervenciones in situ, hechas con tablones, sillas, barriles y, como hemos comprobado, cajas de frutas, lo han hecho famoso en todo el mundo. Crea construcciones babilónicas, cabañas en árboles o nidos adheridos a tejados. “Si un pájaro escoge un sitio para anidar, ese es el lugar más seguro del edificio”, apunta. También diseña instalaciones de techo con forma de serpentinas. Los que las experimentan, las pisan y se suben a ellas contemplan el mundo desde otra perspectiva.

Lo de implicar a toda la comunidad en la construcción y en la recogida de materiales tiene que ver con su idea del arte como un proyecto colectivo. “Podría hacer estructuras de acero o de piedra, pero entonces nadie se ocuparía de ellas, la madera no es un material muy resistente y cada cinco años hay que hacer reparaciones y reajustes, eso vuelve a unir a la gente, que es lo que me interesa. Todo el mundo puede clavar, cortar, intervenir…, y es barata y accesible”.

Kawamata acaba de volver de la región francesa de Champagne, donde este mes instalará su último proyecto en el número 4 de la calle Crayères, la dirección emblemática de Ruinart, un champán creado en 1729. La colaboración entre el artista y la maison forma parte del proyecto Conversations with Nature (conversaciones con la naturaleza), y consiste en tres instalaciones —Tree Hut, Nest y Observatory—, cuyos bocetos preparatorios, dibujos y maquetas podrán verse en la próxima edición de Arco en Madrid, que comienza el 4 de marzo.

Trabaja y produce en abundancia. Muchos de sus proyectos no pasan del nivel de maqueta y quedan almacenados en su nave-archivo. Se dice que esas maquetas ocultas son a veces más hermosas que la obra definitiva. Él cree que tiene mucho trabajo en Europa porque “no es muy caro”. “Simplemente me dan un billete de avión, me consiguen un apartamento y un asistente y yo me busco la vida. Soy un artista de presupuesto limitado”.

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo

¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?

Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.

¿Por qué estás viendo esto?

Flecha

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.

Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.

¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.

En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.

Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.

Rellena tu nombre y apellido para comentarcompletar datos
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
_
_