Ilia Malinin, el dios del hielo lleva patines
Este estadounidense de 21 años, hijo de patinadores rusos y doble campeón mundial, vuela al son de la música de series como ‘Succession’ o ‘Euphoria’. Será una de las estrellas de los Juegos Olímpicos de Invierno que comienzan esta semana

La retórica moldea la percepción y transmite las emociones, dicen los escritores para darle un sentido a su vida. Y también debería ser el crédito de los cronistas deportivos que se emocionan, y mucho, cuando ven en acción, por ejemplo, a Ilia Malinin, un macarrilla en la pista de hielo, un chaval salvaje que intenta amoldar su energía de adolescente de high school de Estados Unidos a las leyes, la armonía, el ritmo del patinaje. Un gamberro nacido en diciembre de 2004 en los suburbios de Washington DC que no se corta, no teme la presión, y para reforzar su vínculo con su generación, después de utilizar la música de la serie Succession en su programa, compite también con la banda sonora de Euphoria. Juventud que se busca de drogas y sexo, y, añadiendo en el guion la adicción al hielo, él podría ser uno de los adolescentes protagonistas, con su sudadera estampada, 4A en la espalda, Quad God en el pecho. “Trabajo con muchos patinadores”, explicaba en una entrevista su agente, Ari Zakarian. “Con campeones olímpicos y mundiales de gran calidad, y llevo más de 30 años en esto. Ilia es excepcional. Nunca he visto a nadie como él. Es increíble. Su mente es completamente diferente. No es como una nueva generación. Es como una generación futura procedente del espacio”.
El deportista que probablemente se convertirá en el rostro y en la melena de fuego de los Juegos Olímpicos de Invierno de Milán y Cortina d’Ampezzo inaugurados el día 6 es un zoomer obediente. Vive con sus padres, Tatiana Malinina y Roman Skorniakov, patinadores rusos que compitieron en el equipo olímpico de Uzbekistán antes de establecerse como profesores de patinaje en Reston, al oeste de la capital estadounidense. Ellos son sus entrenadores, y él eligió llevar el apellido de la madre porque es más fácil de escribir y pronunciar y entender por los aficionados, que cantan “Malinin goes to Milan” (Malinin va a Milán). Después de la escuela, Ilia se pasaba el día en la pista de patinaje por lo que, aunque sus padres no querían que patinara de muy niño, a los seis años ya exigía salir a la pista. “Siempre estaba en la pista. No tenían otro sitio donde llevarme”, dice Ilia Malinin, que a los 11 ganó su primer campeonato nacional juvenil. Miraba a otros niños y no entendía que tuvieran miedo a soltarse sobre el hielo, no entraba en su cabeza que ninguno entendiera que sobre el hielo era el único lugar en el que se alcanzaba la libertad. En casa le da a los videojuegos, a las redes y a sus dos gatos, Mysti y Miu Miu, mientras escucha a la banda japonesa de kawaii metal Babymetal. Entrena 25 horas a la semana y cuando puede asiste a clases online en la Universidad George Mason de Fairfax (EE UU). Ya es doble campeón del mundo. No pierde una gran competición desde 2023. Ahora debuta en unos Juegos.
Es el hermano pequeño cariñoso, sí, y en la pista es todo lo contrario, una fuerza de la naturaleza con una voluntad indómita de trascender, y curiosas elecciones musicales para los cuatro minutos que dura un programa largo, incluida música del videojuego Prince of Persia. “Quiero ser diferente y destacar entre los demás”, dijo en Olympics.com. “Todos los patinadores de antes tenían música bastante similar, creo. Yo quiero intentar ser único, por lo que, con mi coreógrafa, siempre intentamos elegir música con la que nadie haya patinado antes; o que sea un poco demasiado fuerte o un poco loca”. Su coreógrafa, la canadiense Shae-Lynn Bourne, una maga que antes trabajó con Hanyu y el estadounidense Nathan Chen, el último campeón olímpico, no puede estar más de acuerdo. “Siempre me gusta cambiar las cosas y probar nuevos estilos musicales solo para ver hasta dónde puedo llegar. Sé que mucha gente se ciñe a una sola pieza musical o a un solo género y, a veces, con el tiempo, puede resultar repetitivo. Pero yo siempre intento destacar y elegir piezas musicales diferentes para ampliar esa creatividad”. Sus programas con Succession y Euphoria se hicieron virales en la redes, no solo en TikTok o Instagram, sino en las orientales Redbook o Weibo. Una muestra de la popularidad del patinaje en China y Japón.
Él mismo se autoapodó Quad God, el dios del cuádruple, y lo hizo con un sentido profético como solo los dioses se anuncian, antes incluso de convertirse en el primer humano, y aún el único, capaz de dar cuatro giros en el aire ejecutando los seis saltos del catálogo de las competiciones, incluido el cuádruple Axel, el 4A. El salto imposible —que al ser un Axel, implica cuatro vueltas y media— que nadie más ha sido capaz de ejecutar en una competición. “La gente me preguntaba por qué me hacía llamar Quad God cuando solo había conseguido uno. Fue entonces cuando pensé: vale, quizá debería convertirme en el dios del cuádruple”, explicó recientemente en una entrevista televisiva. Tres años después se ha convertido en el primer patinador capaz de hacer cuádruples los siete saltos de un programa largo. Los mejores hasta ahora llegaban a tres o cuatro, y él, casi sin perder la sonrisa, sin un solo fallo, y sin perder el sentido artístico al derroche físico.
¿Cuánta fuerza y velocidad hay que tener para despegar en el hielo y mantenerte casi un segundo girando en el aire y aterrizar sin caerte? Y luego seguir haciendo piruetas, caprichoso como una cabra, incluido un salto mortal de espaldas que no puntúa, puro riesgo, y un raspberry twist, un movimiento original y arriesgado con un tirabuzón horizontal en el aire, que bautizó como “el giro de la frambuesa” porque eso, frambuesa, significa Malinin en ruso. “Todo forma parte de mi proceso creativo. Nace todo de mi amor por la gimnasia y las acrobacias”, dice Malinin, que antes de patinador intentó jugar al fútbol. Duró un día en el equipo. “Tengo problemas de coordinación vista-pie. Pero en el patinaje he logrado darles más valor atlético a los ejercicios. Creo que el deporte necesitaba algo nuevo”.
Selló su primer cuádruple Axel en competición en el otoño de 2022, cuando aún no había cumplido los 18 años, solo ocho meses después de que Yuzuru Hanyu, probablemente el mejor patinador de la historia, se derrumbara en lágrimas en la pista de hielo de Pekín, donde, en 2022, no consiguió el tercer oro olímpico consecutivo. El 4A era el grial para Hanyu, la coronación de la carrera del japonés sensible y artístico. Cuando se cayó al intentar su primer salto, en el programa largo de Pekín, se sintió quizás como Ícaro, las alas de cera deshechas de tanto acercarse al sol. Habría dado su vida por conseguirlo. Un mito que el adolescente de Virginia destrozó como quien no quiere la cosa. “Todo comenzó con Hanyu. Él fue mi inspiración. Mi sueño. Al principio, mis padres y la gente pensaban que estaba loco cuando quería realizar el cuádruple Axel”, suele decir Malinin. “No creían que fuera capaz de hacerlo. La gente del patinaje decía: ‘No creo que vaya a ver un cuádruple Axel en toda mi vida”.
“Es casi inhumano ser capaz de hacer eso técnicamente”, dice la diseñadora de moda Vera Wang, antigua patinadora artística de competición e historiadora aficionada de este deporte, que lo viste para un reportaje en Vanity Fair. “Nadie en el mundo puede hacerlo. Y él parece haberlo dominado desde la primera vez que lo aterrizó en competición. Es el hombre adecuado en el momento adecuado. No solo para Estados Unidos, sino también para el patinaje. Sin filtros, guay, juvenil, una especie de temerario”.
Malinin —1,73 metros, 63 kilos— patina a 18 kilómetros por hora y, de repente, pega un frenazo para comenzar a ascender apoyándose en la cuchilla de su patín izquierdo, cuatro milímetros, el filo de una navaja, con una fuerza superior a los 200 kilos. Se eleva 80 centímetros sobre el hielo, manos en el pecho y su cuerpo se convierte en un taladro, una espiral que da cuatro giros y medio en el aire a una velocidad de 450 revoluciones por minuto, con una fuerza de aceleración de más de 400 g, como si en una curva de la montaña rusa más rápida del mundo un hipopótamo se le echara encima. Después aterriza depositando sobre el pie derecho 400 kilos de fuerza, y lo hace ligero como una pluma. Según un estudio biomecánico, todo el movimiento dura 79 centésimas de segundo. Un parpadeo casi. Levanta el pie izquierdo y ante el mundo asombrado continúa patinando.
Cuando termina, como es tradición, la pista se inunda de peluches lanzados por el público. Los que cayeron después de que Ilia consiguiera su victoria en el último campeonato de Estados Unidos los envió su último patrocinador, la distribuidora de la serie de películas animadas Cómo entrenar a tu dragón. Eran muñecos gigantes de Desdentado, el dragón protagonista. Malinin se quedó solo con uno. Lo llevó en su regazo. Lo acarició con dulzura. Fuera, se desató una tormenta. “Esto es como ver un alunizaje”, exclamó Johnny Weir, un patinador olímpico comentando en la retransmisión televisiva un 4A del genio. “Ilia ha revolucionado el deporte que conocíamos. Hace que las hazañas técnicas más difíciles parezcan sencillas. Es uno de esos patinadores especiales que sabes que han nacido para esto. Es un talento único en una generación”.
“El cuádruple Axel es el único salto que se da de frente, lo que supone añadirle media vuelta más a los cuatro giros, por eso es el movimiento que más puntúa, el más difícil”, explica Javier Fernández, dos veces campeón del mundo en los años de Yuzuru Hanyu, con quien compartía entrenador en Toronto, siete veces campeón de Europa y medallista olímpico. El mejor patinador español de la historia admira la capacidad y calidad únicas de Malinin y, sin embargo, no se considera un fan del estadounidense, al que le puede llamar “macarrilla” con simpatía. “Me gusta Ilia, pero el patinaje que hace no es el del deporte que siempre ha sido. Antes era más entretenido, cada uno teníamos nuestro estilo, nuestra narración. Se ha perdido el arte porque ahora todos los patinadores están más enfocados en la técnica”.
Es como una discusión sobre la filosofía del deporte, un debate en el que los jueces valoran más el lado técnico, lo que favorece al virginiano.
El patinador de Móstoles, cuya carrera fue una lucha tenaz por afirmarse artísticamente, patinar erguido, elegante, opina que solo cuando a su increíble capacidad técnica, “única”, Malinin le añada sentimiento artístico, y solo entonces, le pondría en una lista al lado de los más grandes, de Hanyu o de los rusos Plushenko y Yagudin. “Me encanta y valoro sus logros”, dice. “Pero no se acerca a mis favoritos. Como artista aún tiene mucho que mejorar. Tiene una caja sin abrir. Cuando lo haga, sí que será lo mejor que haya habido nunca”.
La diseñadora Vera Wang, en cambio, aprecia que el arte de Malinin está justamente en su derroche de energía, en su inventiva. “Al principio, Ilia era un chico salvaje que podía hacer esos saltos que nadie había sido capaz de hacer nunca. Rápidamente dominó el estilo”, dice. “A los 21 años, se puede decir que Ilia ha inventado una nueva forma de arte para el patinaje. Era solo un atleta y ahora se ha convertido en un artista. Energía pura, juventud pura, habilidad técnica pura e inventiva. Es un vocabulario completamente nuevo en cuanto a cómo coreografiar un programa, la velocidad a la que se realizan estos saltos, el abandono temerario”. Contribuye a mantener el punto casi salvaje el trabajo de un tercer entrenador, el veterano armenio Rafael Arutiunian, agraciado con el don de una visión técnica única, tan agresivo, tan intenso en su visión que a algunos de los campeones olímpicos que entrenó antes, como Michelle Kwan o Nathan Chen, les costaba seguirle el ritmo.
Como las emociones, las hipérboles no faltan cuando se leen épicas sobre lo que significa Malinin. Es el Simone Biles del patinaje, un deportista que ha trazado nuevos límites, y los ha alcanzado, dicen muchos; otros lo comparan con otros hijos de su generación, el pertiguista sueco Mondo Duplantis o el ciclista esloveno Tadej Pogacar, talentos únicos e invencibles. Solo un error suyo puede derrotarlos, tan superiores son. Él sigue empeñado en un camino que le ha llevado de ser increíble a inevitable, de niño prodigio a campeón mundial. “Es muy consistente. No falla. Es un fuera de serie. Ha superado niveles técnicos impensables hace tiempo. Tiene una potencia fuera de lo normal. Pero la gente echa de menos una rivalidad, la sal del deporte”, dice Javier Fernández, que recuerda sus competiciones con Hanyu. “Es importante que, al empezar un campeonato, nadie sepa quién va a ganar”.
Como todos los adolescentes de su generación, como todos los deportistas de estos tiempos, la vida cotidiana de Malinin está también cercada por las redes y por su corolario inevitable, la salud mental. No teme el peso de las expectativas que tantos puedan haber depositado en él: lo ve como un resultado natural de su rendimiento. Ni siquiera puede concebir la idea de que puedan suponer una carga. “Me siento mucho más seguro cuando piso el hielo”, dice. “Y creo que eso viene con la práctica y el entrenamiento. Soy capaz de salir ahí fuera bajo presión y darlo todo”. Pero teme el “lado oscuro” de las redes. De ese problema advertía en uno de sus últimos posts en Instagram, que reflejaba la fragilidad de los campeones, tan fuertes aparentemente. “En la era de la expansión de internet, el papel que desempeñan las redes sociales en la salud mental incluye correlaciones entre el aumento de la ansiedad, la depresión, la soledad, los pensamientos de autolesión, la mala calidad del sueño, el aumento de los niveles de angustia psicológica y la disminución de la satisfacción con la vida”, escribió, y añadía: “El mundo virtual puede ser ruidoso, aislante y cruel. El patinaje artístico ofrece la extraordinaria capacidad de conectar profundamente con el público, tanto en directo como online. Pero la animosidad digital, enmascarada como opiniones inofensivas, tiene un lado oscuro. Como consecuencia de la hostilidad de las redes sociales, la mente humana se llena de dudas y de odio hacia uno mismo. Todos los deportistas y artistas de élite que están en el punto de mira experimentan esto en mayor o menor medida, pero pueden tener miedo de hablar abiertamente. Sin embargo, esta parte de la realidad también debe salir a la luz. Difunde el mensaje y vuelve a publicarlo”.
El patinaje, dice Javier Fernández, muchas veces ha logrado su mayor popularidad gracias a los escándalos, “las batallas de este deporte”. No habla tanto del dopaje que acabó con la magia de la joven rusa Kamila Valieva, una de las pocas mujeres capaces de clavar cuádruples saltos, como de la polémica del siglo, el enfrentamiento de clase entre las norteamericanas Nancy Kerrigan, la niña bien, y Tonya Harding, la proletaria que contrató a unos macarras para que agredieran a su rival. Una cifra récord de 126 millones de estadounidenses encendieron la televisión para ver en el programa corto de los Juegos de 1994 en la noruega Lillehammer el enfrentamiento entre ambas. Kerrigan logró la medalla de plata y Harding fue solo octava. Fue una rivalidad exagerada. Se necesitan estrellas para impulsar el deporte, lamentan muchos. Malinin recoge el guante. “Estoy trabajando mucho para que este deporte vuelva a ser grande”, afirma. “Recuerden que hace unas décadas era muy popular. Aparecía en todos los canales de televisión”. Lo dice sin ninguna ironía, totalmente consciente de su valor, de que aun sin rivales, él será la gran estrella. Y no es una promesa retórica.
Tu suscripción se está usando en otro dispositivo
¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?
Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.
FlechaTu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.
Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.
¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.
En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.
Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.




























































