Missoni: el arte de hacer tejidos transgresores y bien hilados
En una industria que ha hecho de la velocidad su medida del progreso, ir despacio es una forma de resistencia. La firma lleva siete décadas con sus propias reglas

En Sumirago, el tiempo se mide en metros. Uno y medio por hora. A veces menos, según la complejidad del dibujo y los hilos que entren en juego. Es lo que tardan en urdirse algunos de los característicos tejidos de Missoni. En ese pueblo lombardo a 40 minutos de Milán, encaramados a una colina con el Monte Rosa de fondo, están los cuarteles de la firma italiana. Músculo creativo y textil, es el lugar donde la enseña se instaló en 1969 —15 años después de que Rosita y Ottavio empezaran la andadura familiar a la que pondrían su apellido con un taller textil en el sótano de su casa—. Y donde siguen repiqueteando sus telares. Máquinas que diluyen la gruesa línea que solemos dibujar entre lo industrial y lo artesano, con nombre propio. Raschel, que permite construir directamente el dibujo en la estructura del tejido. Jacquard, el histórico sistema de tarjetas perforadas que en 1801 hizo posible mecanizar dibujos complejos. Y Caperdoni, un telar especial, diseñado para combinar técnicas.

Ideado inicialmente para hacer alfombras, Ottavio lo adoptó y lo adaptó, convirtiéndolo en piedra angular de la experimentación textil con la que hizo que sus tejidos se acercaran más al arte que a la confección. Es un pintor “en el sentido más completo, mágico y alquímico de la palabra”, le definía Flavio Caroli. No es un telar rápido ni productivo en el sentido que pide ese bando de la industria afanado en hacer más, vender más, facturar más. Pero es “la mejor máquina para la mente creativa”, defiende Alberto Caliri (Sorrento, 55 años), director creativo de la casa desde octubre de 2024, aunque se unió a sus filas en 1998, a las órdenes de Angela, hija de los fundadores. Es una máquina pensada para inventar, no repetir en serie. “Las posibilidades son infinitas. Bueno, no, porque producción me mataría”, puntualiza. “Pero, en teoría, no hay límites”. Lo que lo hace único es la disposición para mezclar varios tipos de hilos. Hasta 1.200. Así se logran las superficies vibrantes, los juegos de color, los efectos ópticos.

No son reliquias nostálgicas. Son el corazón productivo de Missoni. El famoso zigzag es consecuencia directa de su mecánica. Del movimiento lateral de la barra, concretamente. Si son lentos, no es porque sean obsoletos, sino porque su complejidad no se puede acelerar. Cada pasada implica un cruce preciso de hebras, ritmo, ajustes constantes. Hace falta un año para dominar la técnica, desde anudar los hilos con la tensión correcta hasta el urdido.

Lejos del zumbido monótono que compone la banda sonora de cualquier fábrica moderna, el suyo es un sonido irregular, articulado, orgánico. Mecánico pero no automático. Un corazón que lleva 70 años bombeando color. Avanza con una lentitud casi obstinada, negándose a ceder a las prisas de estos locos años veinte. Aquí el ritmo lo impone un proceso que aún exige las manos de un artesano. “El error, la sorpresa, el accidente: son importantes en mi trabajo”, dice Caliri. “En Missoni, el material siempre es el eje”. Al contrario que en la mayoría de las firmas de moda, el tejido no sigue al diseño. “Trabajar así te obliga a adaptarte, pero también a ser más creativo y menos convencional, tomar caminos que no habías considerado. Te conduce a algo nuevo”.

En una industria entrenada para acelerar, siguen urdiendo sus creaciones a la velocidad que marca la creatividad, no la lógica comercial de escalabilidad que ha roto el lujo. “Hoy es complicado conciliar la perfección con los plazos. Y yo soy un perfeccionista. Obsesivo-compulsivo. Es mi punto débil”, dice el sorrentino. “Esta velocidad es contraproducente para la creatividad”. Su proceso es otro. “La creación del tejido y el color y la idea de la prenda avanzan paralelamente, muchas veces cruzándose”.

El diálogo con los textiles es constante. Y viene de largo. Con 18 años se mudó a Milán para estudiar, se matriculó en IED (Istituto Europeo di Design) y empezó a abrirse camino en el sector. Se fogueó en Jil Sander, Ballantyne Cashmere y Prada, donde entró para diseñar estampados, antes de que Missoni lo llamara. No tardó en convertirse en mano derecha de Angela, y ella no tardó en darle las riendas de las precolecciones. Luego, la línea de hombre. Después, la de mujer.
“Missoni es otro tipo de firma. No es rígida, ni hostil, ni histérica”, apunta. Aquí importa más proteger las ideas —y su identidad— que doblegarse al imperativo comercial. Seguir trabajando con telares que exigen paciencia artesana no es una excentricidad. Es la mejor metáfora de una forma de hacer las cosas. “Los Missoni han elevado la ropa de punto a una forma de arte”, proclamaba The New York Times ya en 1979.
A Ottavio le fascinaba ver los conos de hilo desenrollándose, las agujas trabajándolo hasta convertirlo en tejido, el baile de hebras. Aunque con esos hilos no solo tejía nuevas técnicas, mezclas de colores y vestidos que volaban de los escaparates de La Rinascente, sino un estilo único cuya modernidad se sostiene en un saber hacer heredado.

Aún más que el zigzag hipercolorista que hoy cumple 60 años —debutó en el desfile de primavera-verano de 1966, el primero que hicieron, en el teatro Gerolamo de Milán, junto a Emmanuelle Khanh, la Mary Quant francesa—, esa complicidad a priori imposible entre tradición e innovación es el eje de Missoni. Se ve en sus tejidos. También en la presentación de 1968, un show acuático entre muebles hinchables de Quasar Khanh en la piscina Solari. El lanzamiento, pionero, de Missoni Home en 1983. El vestuario para el Lucia di Lammermoor de Pier Luigi Pizzi y el elenco africano en la apertura del Mundial de 1990. Los tapices hechos con retales —upcycling avant la lettre— para Missoni 25º, la exposición que viajaría después al Whitney de Nueva York, metiendo por primera vez la moda en sus salas. El tributo del MA*GA de Gallarate que reunió obras de un centenar de artistas: Kandinsky, Klee, Severini, los Delaunay. Las colaboraciones con Antonio López, Almodóvar, Servane Mary. Y lo que en los noventa, con una exposición homónima en Florencia, se bautizó como Missonology: una gramática cuyo léxico son la innovación, el punto, el color, el saber hacer, la tradición, la cultura, el diseño y gráficos que, como su brújula creativa, se mueven en todas direcciones. “Es una identidad fuerte, pero fluida. Missoni es una firma dinámica. Pero nunca deja de ser Missoni”, dice Caliri.

El sorrentino presentó su primera colección en febrero de 2025, aunque ya había ejercido el cargo como interino cuando Angela se retiró en 2021, antes de ceder el timón a Filippo Grazioli y ponerse al frente de la línea de hogar. La idea de modernización de Grazioli, que se había fogueado con Margiela y Tisci, no cuajó en una enseña poco o nada dispuesta a deshacerse de su legado. Apenas dos años y medio después, partieron peras. El nombramiento de Caliri encajaba: conocía la casa, apuntalaba la estrategia de darle una dimensión más lifestyle y —no es detalle menor— bajo su mando la división de hogar creció hasta suponer un tercio de las ventas.
Lejos del rupturismo que suele catalizar la idea de modernidad, Caliri habla de coherencia y continuidad. Avanzar sin destruir el ayer. “Una revolución no es buena idea. El legado de esta firma es enorme. A veces incluso pesado. Necesita moverse despacio. No puedes cancelar su ADN. Esa identidad es por lo que la gente ama Missoni”, explica.
Su trabajo consiste en “respetar esa historia y dibujar nuevas posibilidades”. Hilar pasado y presente. Que, en una enseña que lleva el impulso de innovar en su ADN, está lejos de la repetición. En Missoni, memoria y transgresión conviven y se afianzan.

Desde sus inicios, Missoni trastocó las reglas del mundo de la moda. “Estudiando los archivos, vi el coraje de probar yuxtaposiciones ‘erróneas’ que, una vez materializadas, crean un nuevo lenguaje”, señala el director creativo. Uno al que ve como una obligación añadir nuevos vocablos. Pero jamás cambiar el idioma. “Lo más importante de su historia no es la estética, sino la mentalidad. No tener miedo a hacer las cosas de otra manera”. Que en su debut decidiera prescindir del emblemático zigzag y el hipercolorido fue declaratorio. “Y aun así era muy Missoni”, defiende. Para la temporada primavera-verano, continuó la idea, missonificándola a través del color y los materiales, recalibrando los códigos sin distorsionarlos. “Evolución, no revolución”, defiende.
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