Mount Nelson, el hotel de lujo en Ciudad del Cabo donde confundieron a John Lennon con un vagabundo
El legendario establecimiento sudafricano acoge el primer restaurante del chef Ángel León fuera de España, Amura

De entre los clientes famosos que ha tenido el hotel Mount Nelson de Ciudad del Cabo en sus 126 años de historia, ninguna estancia es más enigmática que la de John Lennon. En 1980 el exintegrante de The Beatles, que llevaba cinco años retirado de la música, pasó una semana solo, en una ciudad en la que no conocía a nadie y en un país regido por el siniestro gobierno del apartheid que había incluido sus discos en la lista negra. Resulta curioso lo poco que se sabe de aquello. En el Mount Nelson se registró con un nombre falso, Mr. Greenwood, y solo hay dos fotos que atestiguan que no es una leyenda. “Se cuenta que era muy ordenado y que se hacía su propia cama. Un taxista del que se hizo amigo le llevaba a meditar en Table Mountain, hablaba con su esposa, Yoko Ono, con regularidad y, al parecer, planeaba traerla al hotel al año siguiente. Se cuenta que un huésped se quejó de que había un vagabundo sentado en el césped. Resultó ser él haciendo yoga en el jardín”, cuenta Gabrielle Palmer, Gaby, la entusiasta directora de comunicación del hotel, mientras paseamos por los jardines que rodean el edificio principal. “Lo que más me gusta del hotel es que es un oasis en mitad de la ciudad”, dice. “Son tres hectáreas verdes, un santuario en la parte alta de Ciudad del Cabo”, señala.
Lo primero que llama la atención del Nelly, el nombre por el que se lo conoce en toda la ciudad, casi más que el llamativo color rosa de la fachada, pintada así en 1918 para conmemorar el fin de la Primera Guerra Mundial, es la actividad que hay en sus jardines y edificios. La arquitectura del hotel, un complejo compuesto por seis alas y rodeado de árboles y césped, favorece el movimiento, y sirve de punto de encuentro entre locales y visitantes. Desde las seis de la mañana hasta bien entrada la noche, es un lugar vivo, muy distinto a los estirados hoteles de lujo europeos. En los restaurantes y en las terrazas siempre hay alguien y a partir de las once de la mañana, el lounge se llena de clientes que vienen al té de la tarde. Patrick Fisher es el flamante nuevo director general del Mount Nelson. Solo lleva cinco meses en el cargo, pero conoce bien el establecimiento. “Mi primer trabajo fue como responsable de la piscina, hace 21 años”, explica. “Para Ciudad del Cabo, esto es mucho más que un hotel, es un icono, una referencia. Todo el mundo lo conoce y tiene una anécdota relacionada con el Nelly. Queremos que todos se sientan parte de él”.




Ciudad del Cabo, la capital legislativa de Sudáfrica, está situada en una península. Al sur está el puerto; al norte, Table Mountain, la meseta de tres kilómetros de longitud que domina la ciudad. Relativamente cerca de su falda se asienta Mount Nelson desde que se inauguró el 6 de marzo de 1899 para alojar a los viajeros de primera clase de los cruceros que hacían la ruta Inglaterra-Sudáfrica de la Union Castle Mail Steamship Company. “Como no había un alojamiento de lujo en la ciudad, la primera clase no vendía muchos billetes. Por eso el dueño de la compañía se hizo con la antigua residencia del gobernador y la transformó en hotel”, cuenta Palmer. Fue el primer hotel de Sudáfrica en ofrecer agua corriente (caliente y fría) y se lo describió como “incluso mejor que sus homólogos londinenses”.
Durante la segunda guerra bóer (1899-1902), en la que los fieros granjeros de ascendencia neerlandesa se enfrentaron al todopoderoso Imperio Británico, el ejército inglés lo usó como cuartel general. Allí se alojó lord Kitchener, entonces un mítico oficial británico, y un ambicioso corresponsal de 25 años llamado Winston Churchill, que lo definió como “un establecimiento excelente y bien equipado, lo que se agradece después de un viaje por mar”. En las crónicas escritas desde un rincón del hotel describía a los bóeres como un enemigo noble —“luchaban no por la victoria sino por honor”, escribió—, algo que contrasta con la visión de otro periodista que también cubrió el conflicto desde el hotel: el futuro Nobel de Literatura Rudyard Kipling, que los veía como “un pueblo con una primitiva sed de dominación racial”. Resulta tentador imaginar a ambos discutiendo en el elegante bar que aún conserva el aura de los años coloniales.
Una todavía desconocida Agatha Christie se alojó en 1922, mientras daba la vuelta al mundo. Sir Arthur Conan Doyle escandalizó a los huéspedes con sus sesiones de espiritismo. Marlene Dietrich, Liberace, David Bowie, Margaret Thatcher o Nelson Mandela tienen su propia historia aquí. Aunque quizás la más graciosa sea la de Bill Clinton, cuyo equipo de seguridad pidió que se talaran “por motivos de seguridad” las 56 majestuosas palmeras canarias que llevaban 70 años plantadas a ambos lados de la carretera que conduce al edificio principal desde la puerta principal del hotel, la Prince of Wales Gate, un monumental arco cuyo nombre se debe a una casualidad: en 1925 la visita del futuro rey Eduardo VIII coincidió con la inauguración de la puerta que daba a la calle Orange.




“Permítame que no le dé nombres de clientes famosos que se han alojado en el hotel recientemente. Es algo que llevamos con discreción”, dice el director general. “Además, lo importante es que el Mount Nelson es toda una institución familiar. Las abuelas y bisabuelas de muchas familias locales se casaron aquí. Se han celebrado bautizos y bar mitzvahs (la ceremonia judía que marca la madurez religiosa de un niño). Es un lugar de alegría y, a veces, incluso de tristeza. Ves a personas que han perdido a sus parejas o a sus padres, pero vuelven para conmemorar los momentos que pasaron juntos. Familias de sexta y séptima generación siguen viniendo”.
Estamos a principios de diciembre, primavera en Sudáfrica, y hoy es un día importante. El establecimiento inaugura un nuevo restaurante, Amura, la primera aventura del chef Ángel León fuera de España. El gaditano, que atesora tres estrellas Michelin en Aponiente, su restaurante de El Puerto de Santa María, ha elegido un lugar aparentemente complicado, a 10.000 kilómetros de casa y fuera del circuito que atrae a los grandes nombres. Una ciudad en la que aún no ha entrado la guía Michelin. “No había otro sitio donde me apeteciera montar algo fuera de Aponiente. Yo siempre he sido un poco agnóstico a montar nada”, explica en su nuevo local. “He tenido proposiciones. Muchas, y muy indecentes. Sobre todo en grandes ciudades, como Hong Kong, Tokio…, proyectos muy gordos. Pero cuando iba al sitio sentía que no me conectaba nada. La primera vez que vine aquí, hace cinco años, a conocer la costa, me quedé loco porque me recordó un poco a la playa de Bolonia o Tarifa de hace muchos años. Este lugar tiene un mar único y me encantó la gente”.
Eso y el interés de la cadena Belmond, dueña del Mount Nelson que nos ha traído hasta aquí, para aumentar la oferta culinaria explican la osada aventura de vender a los sudafricanos los productos de su propio mar: “Aquí todo es mar, pero se consume muy poco pescado. Una ciudad que no da valor al mar”, dice el chef.




“Eso es lo que hace interesante la oferta de Ángel”, profundiza el director del hotel. “Se ha creado una sinergia entre nosotros, Ángel, su hermano Carlos y su equipo. Necesitábamos un restaurante que marcase la diferencia y eso es lo que ha traído, con el añadido de que lo hace poniendo en valor el producto local. Llevamos dos años con este proyecto y estamos muy ilusionados”.
Situado en una zona del hotel que antes se utilizaba para banquetes, la cocina de Amura —inaugurado a finales de noviembre— está dirigida en su día a día por el chef Guillermo Salazar, miembro de la tripulación de Aponiente: “Lo que traemos es técnica Aponiente, pero sobre todo sabor Aponiente, que tiene un perfil muy concreto; sabores potentes, muy marinos, muy salinos, se notan enseguida. Solo que la hemos transformado con productos de aquí. La idea es atraer al público local, siendo conscientes de que este es un lugar de paso”.
En realidad, un restaurante así es el último detalle que le faltaba al Mount Nelson para su agradable mezcla entre el estilo colonial inglés con un toque de maximalismo dorado y rosa. Estampados de palmeras, macetas y espejos en todas partes. Las habitaciones tienen terraza privada, camas enormes, baños de mármol y salas de estar decoradas con gusto.

Es esa mezcla de glamur moderno e historia la que hace del hotel un lugar único, en una ciudad particular. Ciudad del Cabo podría parecer una exótica urbe europea. Y Mount Nelson contribuye a esa sensación con su lujo, sus anécdotas y sus huéspedes famosos como Lennon. Por cierto, el biógrafo más reputado del músico, Philip Norman, le dedicó unas líneas al motivo de aquel misterioso viaje. Y es, claro, muy curioso: “El todopoderoso numerólogo Takashi Yoshikawa le dijo que se estaban formando nubes de maldad sobre su cabeza y calculó la dirección en la que debía viajar para escapar de ellas”, escribió. Esa dirección propicia, al parecer, era el sureste de Nueva York, lo que llevó a Lennon al otro extremo del mundo, la punta de África. Desafortunadamente aquel viaje no evitó la tragedia. Meses después, en diciembre de 1980, Lennon fue asesinado en Nueva York. Un fragmento de su memoria pervive en Mount Nelson.
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