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Vuelve David Byrne, el eterno inconformista: “Hago música como un acto de resistencia a lo que leo en la prensa”

El exlíder de Talking Heads, artista plástico, escritor y defensor de la bicicleta como forma más consciente de estar en el mundo, publica disco nuevo en solitario. Y advierte: la banda no volverá

David Byrne posa en Londres para 'El País Semanal'.
Xavi Sancho

El 8 de junio, dos días antes de la entrevista, David Byrne sorprendía subiéndose al escenario durante el concierto de Olivia Rodrigo en The Governors Ball de Nueva York para interpretar juntos ‘Burning Down the House’, el sencillo que lanzó junto a su banda, Talking Heads, en 1983. Ambos lucían unos petos rojos y camiseta blanca, mientras sincronizaban una coreografía inspirada en los movimientos que Byrne hacía en la película Stop Making Sense (1984), una grabación de la gira de la banda dirigida por Jonathan Demme que es una de las cimas creativas de la música popular de la segunda mitad del siglo XX y que, tras ser remasterizada, volvió a los cines el año pasado. Rodrigo pasaría el resto del verano invitando al escenario a otros de sus héroes musicales, como Robert Smith o Rivers Cuomo, de Weezer, pero con el único con el que acordó un uniforme y preparó una coreografía fue con Byrne. Así ha sido, prácticamente desde el primer minuto en que cogió una guitarra junto a sus amigos de la escuela de diseño de Rhode Island, la carrera de este artista de 73 años. Una constante búsqueda por ir un poco más allá, por seguir mirando cuando los demás ya creían que estaba todo visto, por decir algo más cuando parecía que estaba todo dicho.

Talking Heads fue una de las bandas que se formaron al cobijo del club CBGB, en el East Village neoyorquino. David Byrne, Tina Weymouth, Jerry Harrison y Chris Frantz intentaron ser un poco punk, como sus vecinos los Ramones o Richard Hell & The Voidoids, pero un día en el camerino, Lou Reed les dijo que ellos, a diferencia de los demás, no tenían por qué tocar tan rápido. Le hicieron caso y se convirtieron en una de las fuerzas creativas más importantes de finales de los setenta y los ochenta. Vendieron 30 millones de discos, pero jamás actuaron en un estadio. En 1991 se separaron, dejando atrás un legado inconmensurable, en el que el punk y el pop se encontraron con los sonidos latinos y africanos, la electrónica experimental y las artes performativas. Pocas bandas han sido a la vez tan inteligentes y tan divertidas. “Bueno, técnicamente no nos hemos separado”, interviene Byrne, que se ha presentado a la entrevista en este hotel de Londres con la misma ropa que lucía junto a Rodrigo en Nueva York. Se le escapa una risa entre traviesa y tímida, que aparecerá varias veces durante la charla para denotar los momentos en que el artista está o muy feliz con lo que ha dicho o muy inseguro con lo que va a decir. “Jamás los llamé para decírselo”, remata, confirmando que la separación del grupo fue tan poco amistosa pero tan previsible que no necesitó ni oficializarse de forma interna. Talking Heads es, junto a The Smiths, la única banda de la época que jamás ha vuelto a los escenarios tras su disolución. Y el responsable de eso es David Byrne, alérgico a la nostalgia. Se rumorea que la última oferta para volver a los escenarios con el grupo con el que grabó Remain in Light de la mano de Brian Eno en 1982 fue hace apenas un año y la cifra que se ofreció fue de 80 millones de dólares.

En 2010, Byrne publicó el libro 'Diarios de bicicleta', una reflexión sobre la movilidad.

David Byrne está hoy en Londres para promocionar su nuevo disco en solitario, Who Is the Sky? (Matador / Everlasting). El título viene de una nota de voz mal interpretada por Siri, y es una celebración optimista y orgánica, llena de vientos, guitarras acústicas y melodías cristalinas. La obra de alguien feliz que es aún capaz de sacar buenos temas sin autoplagiarse y de ser actual sin subirse a ninguna moda. El álbum se edita el próximo 5 de septiembre y llega producido por Kid Harpoon (Florence Welch, Harry Styles). En él, colaboran artistas como St. Vincent, con quien Byrne ya grabó en 2012 el disco Love this Giant, tal vez el artefacto que le devolvió a la actualidad del único modo en que realmente él se siente pleno siendo actual: con nuevas canciones que cuentan cosas nuevas y suenan a nuevo. Luego llegaría American Utopia (2018), nominado al Grammy al mejor álbum alternativo y que se convertiría más tarde en un musical en Broadway lleno de movimiento y positividad que define esta era en la que se halla hoy Byrne. El éxito de American Utopia vino seguido del relanzamiento de Stop Making Sense en 2023 y de un disco en el que nuevos artistas como Paramore o Miley Cyrus versionaban temas de Talking Heads, introduciendo su música a una nueva generación de oyentes sin necesidad de viralizar nada por TikTok. Byrne bebe agua en este hotel a escasos metros de Hyde Park. “Estoy de moda”. Y ríe.

Usted escribió un libro titulado Cómo funciona la música, y lo explicaba realmente bien. Pero ¿por qué hace usted música? ¿Lo tiene igual de claro?

Creo que para estar bien. No siempre es fácil estar bien, porque leo la prensa y las noticias hoy no te hacen sentir feliz o esperanzado. Creo que hago esta música como un acto de resistencia, como contrapeso a lo que leo en la prensa. No es del todo consciente, tiene mucho de intuitivo. No me siento y me digo: voy a escribir una cosa positiva, un tema bonito. Pero si saco algo que tiene ese sentido, sin ser sentimental o simplón, me hace sentir bien, me ayuda y creo que a veces puede ayudar también a otros.

¿En qué le ha ayudado la música?

Trato de entender el mundo y a la gente a través de las canciones. Alguien dijo una vez que yo era un antropólogo de Marte y me gustó esa idea. Hago preguntas todo el rato. ¿Por qué la gente se enamora? ¿Por qué hacen eso? ¿Por qué hago yo eso? Muchas veces hago música solo para mí.

El disco es un llamamiento a la empatía y al sentimiento de grupo y de comunidad. ¿Se ha perdido todo eso? ¿Ha vencido el individualismo?

Sin duda. Tal vez no en todas partes del mundo, pero donde vivo es exactamente así. Y lleva muchos años sucediendo. Es una erosión gradual de los sentimientos de comunidad y de empatía. Esa idea del ser como una entidad separada de todo lo que le rodea es relativamente nueva. No es del todo errónea, pero si la llevas al extremo, que es lo que está sucediendo, se torna algo muy doloroso y dañino para la supervivencia de la especie.

Actuación de Talking Heads en los años ochenta.

¿Ese individualismo lleva a que muchos terminen creyendo que hay tantas verdades como personas, con el riesgo que eso conlleva?

Eso es terrible. Cuando todo el mundo dice: “Esta es mi verdad, me la hice yo, me pertenece…”. Eso es terrible y obviamente falso. Y no sé de dónde sale. Cada vez creo más que la idea del ser individual es una falacia. Somos algo cambiante. Existimos en relación con los que nos rodean. Esa idea de que todo lo que somos y en lo que creemos viene de nosotros es falsa.

¿Qué perfil musical tendría usted si empezara su carrera hoy? Lo que parece claro es que iría en solitario desde el minuto uno…

Claro [risas]. Sí, sí [más risas, un trago de agua y una pausa]. Ahora lo puedes hacer todo en tu casa con tu ordenador. Los jóvenes lo hacen y yo lo haría feliz. Económicamente ahora es más complicado todo, sacar dinero de tus grabaciones es cada vez más fastidioso. Los músicos deben ser pequeñas empresas, vender camisetas, diversificar, estar enfocados en el negocio. Me parece que hay más innovación ahora en la música que escucho que en el pasado. Mucha música actual no encaja en ninguna categoría y eso es maravilloso.

David Byrne, retratado en junio en Londres. El 5 de septiembre publica su nuevo álbum en solitario, 'Who Is the Sky?'.

Una de sus prioridades al empezar Talking Heads fue que su forma de moverse en el escenario no recordara a la de nadie. Esa vocación por ser único es una constante en su carrera. ¿Se complica usted demasiado las cosas?

[Risas]. Demasiado, sí. Es verdad… Al arrancar como artista miraba a Mick Jagger, a James Brown, gente increíble. Veía a otros músicos de mi generación tratar de imitarlos y pensaba: ¿por qué hacéis eso? Si ya están ellos, que lo hacen genial, buscad vuestro camino. Creí que era posible hallar tu propio lenguaje con tus propios movimientos. Pero lleva su tiempo, siempre es mucho más fácil adaptar lo que hacen otros. Poco a poco escribí mi historia y ahora me reconocen por movimientos muy locos que se me fueron ocurriendo. Es fascinante [risas]. Debo mantener la idea de reinventarme, mantener lo bueno y ver qué puedo añadir a esas chorradas que hago en el escenario. Debo imaginar de nuevo qué puede hacer un artista. Por ejemplo, no puedo volver a la idea de quedarnos todos quietos en el escenario. En la última gira nos movimos mucho. Quiero mantener esa idea de movimiento. Lograr que la idea también se mueva, no sé si me explico.

Desde la disolución de Talking Heads en 1991, Byrne ha sacado ocho álbumes en solitario y en colaboración con músicos como Brian Eno y St. Vincent.

¿Hasta qué punto subirse al escenario le ayudó a romper con su terminal timidez?

No pensaba en eso entonces, era todo compulsivo. Solo quería salir al escenario y expresarme. Eso ya me compensaba. Me costaba mucho relacionarme con otras personas, así que me convencí de que en el escenario era anónimo y de que desde ese anonimato podría hacer lo que me diera la gana. Luego, tras bajar del escenario, podría volver a mi cascarón. Ahora me cuesta menos hablar con la gente. Descubrí que si podía comunicarme desde el escenario, tal vez podía también intentar comunicarme fuera de él. El precedente de esto se remonta a mis años de instituto. Me presenté a unas elecciones a delegado de algo sin ser capaz de hablar con nadie. Uno busca soluciones siempre.

Desde la disolución de Talking Heads en 1991, Byrne ha sacado ocho álbumes en solitario y en colaboración con músicos como Brian Eno y St. Vincent.

¿El arte trata de encontrar soluciones?

Para mí, sí. Es esencial. A veces hay gente que nos ayuda y nos muestra el camino, o nos echa una mano, pero en otras ocasiones debemos descubrirlo nosotros mismos, porque lo que nos vale a nosotros tal vez no le vale a los demás. Entendí que no todo el mundo es como yo, qué remedio [risas]. A veces, esto lo ves también en la política: hay gente que no ha solucionado sus problemas y que lo único que hace es volcarlos sobre nosotros. No se han apañado y lo pagamos los demás.

Desde la disolución de Talking Heads en 1991, Byrne ha sacado ocho álbumes en solitario y en colaboración con músicos como Brian Eno y St. Vincent.

En 1988, David Byrne ganó un Oscar junto a Ryuichi Sakamoto por la banda sonora para el filme de Bernardo Bertolucci El último emperador. Por aquel entonces, su cabeza y sus inquietudes se alejaban cada vez más de su labor al frente de Talking Heads. La banda, tras lanzar el disco orgánico y más o menos rockero (True Stories, 1986) que cualquier combo afianzado debía grabar en la segunda mitad de los ochenta, publicaría ese mismo 1988 su último largo, Naked, un disco casi tropicalista que anunciaba su fin como entidad y el inicio de la carrera en solitario de Byrne. El artista ya había trabajado por su cuenta antes junto a Brian Eno, pero fue en los noventa cuando se lanzó a investigar sonidos latinos y africanos. El viaje le llevó a colaborar con Peret o Caetano Veloso. A finales de los noventa, la música empezó a quedarse pequeña para Byrne. Su proceso de búsqueda de nuevos impulsos lo realizó en bicicleta, y durante la primera década de este siglo fue uno de los principales valedores del fenómeno ciclista urbano. Publicó un libro, Diarios de bicicleta (2010), sobre su experiencia pedaleando por ciudades de medio mundo y reflexionando al respecto de los retos en temas de movilidad. Llegó a diseñar unos artefactos para aparcar bicicletas. También volvió al arte plástico y a la fotografía, e incluso encontró en el PowerPoint un medio con el que crear arte. En 2013, publicó How Music Works (Cómo funciona la música), un apabullante tratado sobre música y creatividad. Montó Reasons to Be Cheerful, una web de innovación y positividad que, a pesar del estado actual del mundo, sigue activa. Le pidieron que se presentara a alcalde de Nueva York. Dijo que no. Un periodista entró en su estudio y preguntó dónde guardaba el Oscar. “Ni idea”, le respondió.

¿La música siempre ha sido la forma en que mejor se ha expresado?

La verdad es que al principio no lo sabía, no consideraba la música como algo que pudiera canalizar mis intenciones artísticas. Intenté estudiar algo relacionado con la ciencia y la tecnología, pues creía que ahí había espacio para la creatividad. Hubo un tiempo en que, para mí, la ciencia era arte. En la escuela de arte debes ser creativo al momento, mientras que en ciencia te lleva años acumular conocimiento antes de poder empezar a serlo. Y me dije: quiero que esto pase ya. Así, estudié arte, pero jamás música. Muchos punks fueron a escuelas de música y aprendieron técnicas y teorías y yo pensaba que quería saber de eso también. Pero he visto cómo algunos de mis amigos luego han tratado de olvidar esos conocimientos, que eran dogmáticos y clásicos. De cualquier modo, mi idea al llegar a Nueva York era ser artista plástico, no creía que tuviera ningún talento para la música, eso era algo para jugar con mis amigos. No nos lo tomábamos en serio. Hace un tiempo leí un libro de Fernando Trueba en el que decía que muchos directores sacan los mejores filmes cuando no se lo toman en serio, sin mucha intención pero con mucho juego. La única manera de crear una obra maestra es no intentar crear una obra maestra.

¿Cómo es trabajar con usted?

Trato de hacer que todos sean parte del proceso, pero no siempre ha sido así. De joven era un dictador: esto es lo que quiero y lo que se va a hacer. A veces tenía razón, pero el proceso no era muy placentero. Ahora sí puedo compartir mi visión y la dirección que creo que debemos tomar haciendo que todos se sientan parte del proceso. Y si todos tomamos el mismo camino, mejor. No fuerzo ya a nadie a nada. He mejorado en mi forma de colaborar.

¿Han mejorado sus habilidades sociales?

Ahora puedo hablar con la gente.

Entre finales de los ochenta y principios de los noventa se interesó y colaboró con artistas brasileños y africanos, de lo que entonces se llamó world music. ¿Siente que de alguna manera ayudó a perpetuar unos estereotipos coloniales?

La etiqueta world music me parecía un nosotros contra ellos. Y la verdad, no estamos fuera del mundo los estadounidenses. Somos parte de un mundo que a veces nos cuesta entender que no es nuestro. Ese término aún existe, pero ya entonces estaba cambiando. En EE UU la gente empezó a apreciar a artistas concretos. Brasileños como Caetano Veloso, mexicanos como Selena. Se logró empezar a individualizarlos, porque antes era todo música brasileña, música africana…

Byrne, durante un concierto en Oxford en 2018.

¿Se sintió usted como un turista?

Recuerdo que cuando, hace muchos años, estaba de gira con la banda latina, a la gente en México, Brasil o Argentina le gustaba lo que hacíamos. Los ritmos les eran familiares, era la música de sus padres. Y ahí estaba ese señor punk diciendo que le gustaba mucho la música de sus padres, que no la olvidaran, que era muy buena. Creo que sentían que me interesaba de verdad, pero sí es cierto que era un turista, no lo voy a negar. Les decía todo el rato: ¿qué es esto? Contadme, ¿qué debo saber? ¿Cómo se hace? Preguntaba mucho. Entendían que era sincero. Recuerdo que en Argentina conocí a León Gieco. Él empezó como rockero y fue incluyendo elementos folclóricos en su música. Un día me dijo: “¿Quieres conocer a Mercedes Sosa?”. Fuimos a su apartamento y fue como conocer a la reina. Una experiencia maravillosa. Mientras, en EE UU lo que yo hacía se veía como una traición.

¿Está la dominación cultural anglosajona en sus estertores?

Creo que sí. Algunos de esos artistas hispanohablantes o africanos son muy exitosos. Eso sí, muchos creen aún que deben abandonar sus países y trabajar en Europa o EE UU para lograr un éxito internacional. El gran cambio llegará cuando la ecología musical de esos países que apoya el talento local se haga más fuerte globalmente. En música y en otras formas de arte, no es suficiente con que salga un gran artista, necesitas un sistema que lo apoye.

Siempre dijo que era un autista funcional y no diagnosticado en una época en que este tipo de confesiones no eran habituales. Los tiempos han cambiado. Se habla mucho más de estos temas. ¿Cómo lo vive?

Muchos jóvenes que he conocido estos años están muy al tanto de esto. En un punto, las redes sociales y todo eso los absorben y terminan comentando el tema en sus canciones. Hablan sin tapujos de la falsa necesidad de estar siempre compartiendo tu vida, comparándote con otros, padeciendo la ansiedad de lo que pensarán de ti. Escriben de eso y es bueno que lo hagan. Se curan a través de sus canciones.

¿Hasta qué punto ha revisitado su pasado y ha encontrado cosas de las que se avergüenza?

[Risas]. Hace unos años me di cuenta de que hice un vídeo promocional para Stop Making Sense. Aparecían muchos personajes que respondían cosas del filme y uno era un negro. Me pinté la cara de negro. Nadie me ha dicho nada de eso en años y mira que ha estado en YouTube. Pero pensé que debía confesarlo: mirad, hice esto y no volveré a hacerlo. Fue hace muchos años y no había mala intención. Muchos me dijeron que no había problema, que era comprensible. Pero otros lo vieron y me dijeron: “David, ya no podemos trabajar contigo”. Me cancelaron en varios sitios. Recuerdo que por entonces estaba trabajando con Spike Lee y se lo conté: Spike, debes saber que hice esto… Me dijo: “David, te conozco desde hace años, no te preocupes”.

Siempre ha sido un gran amante de la tecnología. ¿Hemos sido demasiado entusiastas con todo ese progreso? ¿Lo hemos asumido como algo inherentemente positivo cuando no siempre lo es?

Como muchos, he visto estos ciclos en los que el mundo de la tecnología aparece y dice que ya lo tiene, que lo que va a sacar acabará con los problemas, que nos va a conectar, que va incluso a arreglar la democracia. Casi nunca es cierto. Además, las intenciones de quienes manejan este mundo no son tan claras ni tan bondadosas. Simplemente quieren hacer dinero. Creo que últimamente la gente ya no confía tanto en el mundo de la tecnología. Esto se ha complicado. Antes de coger el vuelo hasta aquí me fui a desayunar al aeropuerto en Nueva York, a un restaurante. Es uno de esos en que solo hay una persona que te dice que te sientes aquí o allí. El menú es un código y lo pasas por tu teléfono y lo metes en tu tarjeta. Un lío. Pero logré hacerlo. Me llevó mucho más tiempo que si hablara con una persona. No puedes pedir algo diferente, nada. Se sentó a mi lado un señor mayor. No tenía ni idea de qué hacer. Le ayudé, pero se cansó y se fue. Otra pareja llegó, empezaron a hacer el proceso, pero también se cansaron y se fueron. Eso no es muy bueno para el negocio. A veces adaptan esas tecnologías para ahorrar dinero y no se dan cuenta de que pierden clientes porque es algo frío y alienante. Los clientes lo odian. No puedes reducirlo todo a lo práctico.

El músico acude a la entrevista con el peto rojo que había vestido dos días antes en un concierto junto a Olivia Rodrigo en Nueva York.

¿Cómo es ser un estadounidense de su perfil en el extranjero teniendo en cuenta el clima actual y la persona que ocupa el Despacho Oval?

Ja, ja, ja… Guau… A veces siento que debemos explicarnos. Mucha gente llega y te dice: “¿Qué pasó?”. Bueno, no es solo EE UU, pero claro, es muy loco lo nuestro. La explicación no es algo que puedas liquidar en una frase, se remonta a muchas décadas atrás. Las percepciones cambiaron hace ya tiempo. Se tomaron decisiones económicas que han afectado a la forma en que la gente percibe las cosas, que a veces no es real. Pero los sentimientos importan más que los hechos. Hay muchos que tienen más dinero del que creen, pero sienten que no lo tienen. Y al final eso es lo que marca la diferencia.

¿Cómo se sintió haciendo promoción con los miembros de Talking Heads para el estreno de la nueva versión de Stop Making Sense?

Fue en su mayor parte maravilloso. Todos estamos aún muy orgullosos de eso. Y a los cines no solo fueron fans mayores, había muchos jóvenes. Me gustó.

¿Estaba preparado para que esa promoción avivara los rumores sobre el retorno de la banda?

Soy consciente de todos esos rumores. Creo que para mucha gente que ha escuchado esta música en un momento de su vida significa mucho, quieren recuperar esa conexión. Pero es imposible, no será lo mismo. Es bonito cuando ves una banda como Pulp, que se reunió ahora y tocan en recintos mucho más grandes que en los noventa. Tal vez ahora se llevan la pasta que merecían ya entonces. En su caso, volver tiene sentido. En el nuestro, no.

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Xavi Sancho
Forma parte del equipo de El País Semanal. Antes fue redactor jefe de Icon. Cursó Ciencias de la Información en la Universitat Autónoma de Barcelona.
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