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Milán, oro en atractivos: los imprescindibles en una de las sedes de los Juegos Olímpicos de Invierno

La ciudad italiana acoge este viernes la ceremonia de inauguración y organiza también parte de la competición. Para quienes la visiten con esta excusa, esta es una guía con monumentos, museos o animados barrios (válida para cualquier otro momento)

Pebetero olímpico en el Arco Della Pace de Milán en Italia

Así como otras ciudades de Italia fueron foco y motor del Renacimiento o del Barroco, Milán fue adelantada de la era industrial y moderna. Y sigue a la vanguardia: en diseño, moda, gastronomía, mundo editorial, música, cine… La ciudad es una de las sedes de los Juegos Olímpicos y Paralímpicos de Invierno de Milán-Cortina 2026, que finalizarán el próximo día 22 y darán su pistoletazo de salida este viernes en Milán. Para ver lo que se cuece en la capital de la Lombardía durante la competición, será oportuno echar un vistazo a la guía del ocio YesMilano.

Es difícil resumir los muchos logros y excelencias de esta urbe. Pero en cualquier perfil deberían figurar la media docena de títulos que siguen, ganados a pulso. Una buena guía, ya sea para quienes la visiten durante los Juegos o en cualquier otro momento.

1. Milán, medalla de oro

En estos Juegos, hasta 16 disciplinas son las que se disputan 93 países en la categoría olímpica, y 50 países en categoría paralímpica. Los encuentros se disputan sobre todo en Cortina d’Ampezzo, en los Dolomitas, pero también en Milán. Aquí se oficiará la ceremonia de apertura este viernes 6 de febrero, en el conocido popularmente como estadio San Siro. Su nombre oficial es Stadio Giuseppe Meazza, pero se encuentra en el barrio de San Siro, al oeste del casco antiguo, de ahí su apodo. Es el estadio más grande de Italia (80.018 espectadores), construido en 1926 y remodelado en 2008. Allí se ven las caras los eternos rivales locales, “el Mílan” y “el Inter”, como les llaman familiarmente los tiffosi.

El estadio se puede visitar como atracción turística, al igual que su museo. No será allí donde se jueguen los partidos de hockey sobre hielo, sino en el nuevo Arena Santa Giulia y el Milano Rho Ice Hockey Arena. A propósito del hockey, dos de los portadores de la antorcha olímpica han sido Hudson Williams y Connor Storrie, los dos actores protagonistas de Más que rivales, la serie televisiva canadiense del momento sobre dos jugadores de hockey rivales… y amantes.

2. Milán viste al diablo

Una película de éxito, El diablo viste de Prada (2006), sirvió para certificar y divulgar que Milán es capital de la moda. La tienda original abierta por Mario Prada en 1913 sigue tal cual dentro de la Galleria Vittorio Emanuele II, “el salón de Milán”. Un icono modernista del siglo XIX obligado para el turista, pero también para el milanés que va a comprar ropa, libros o joyas, o a tomarse un café. Y obligado, sobre todo, para quienes quieran tener los techos acristalados y los suelos de mosaicos coloristas como fondo para selfis, fotos de grupo y fotos de boda —hay parejas de novios haciendo cola—. Otra película más antigua, Borsalino (1969), puso de moda los sombreros de la tienda así llamada de Corso Venezia.

La semana de la moda de Milán es un clásico —la próxima, se celebra del 16 de al 20 de enero—. Fuera de eventos puntuales, la ciudad presume del llamado Quadrilatero della Moda, o Quad d’Oro, para abreviar. Es el trozo de plano urbano delimitado por las calles Manzoni, della Spiga, Via Monte Napoleone y Corso Venezia, a un paso de la Galleria Vittorio Emanuele y del Teatro alla Scala. La concentración de boutiques exclusivas, showrooms, joyerías y tiendas de diseño, muchas en palacios o edificios históricos, convierten a este “cuadrilátero” en un “triángulo” de las Bermudas, donde naufragan las tarjetas de crédito más solventes. La calle Monte Napoleone ha llegado a ser clasificada como la más cara del mundo, más incluso que la Quinta Avenida de Nueva York.

3. Milán ‘prima donna’

Hemos mencionado el teatro La Scala como punto de referencia, porque eso es lo que es, en el callejero y sobre todo en el imaginario o acervo sentimental de la ciudad. De apariencia más bien modesta, el edificio actual, neoclásico, fue inaugurado en 1778 sobre las pavesas de un teatro anterior, calcinado. Es el gran templo de la lírica. Allí se produjeron estrenos absolutos de óperas de Rossini, Bellini, Donizetti, Verdi o Puccini. Y ha tenido directores musicales de la talla de Arturo Toscanini, Carlo María Giulini, Claudio Abbado, Ricardo Muti o Daniel Barenboim. Se puede hacer una visita turística tanto del teatro como de su museo.

Aunque tuvo sus diferencias con la orquesta, allí estrenó varias de sus óperas Giuseppe Verdi, de quien por cierto se está celebrando el Año Verdi, por el 125º aniversario de su muerte. Verdi vivió los últimos años de su vida, de 1872 a 1900, en el cercano Grand Hotel et de Milan, en la misma Via Manzoni del teatro. Abierto en 1863, el hotel conserva, a pesar de reformas y aggiornamenti, el aura de sus días de gloria, cuando alojaba a aristócratas, músicos, escritores y celebridades. La Suite 105 donde se alojaba Verdi, con fotos y recuerdos del músico, puede ser visitada por los huéspedes. Era tan querido el maestro entre la gente de la ciudad que, cuando agonizaba en su habitación, con ventanas a la calle, cubrieron todo el pavimento con paja para amortiguar el ruido de caballos y carruajes.

Además de música y ópera, Milán es también referente obligado para cinéfilos. Aparte de las ya mencionadas Borsalino y El diablo se viste de Prada, son muchas las películas que han tenido a la ciudad como plató o como argumento. En plena era del neorrealismo italiano, Vittorio de Sica filmaba Milagro en Milán (1951), una de cuyas escenas, el pequeño Totó sobrevolando el duomo a lomos de una escoba, inspiró a Spielberg la imagen de E.T. volando en una bicicleta. Poco después Visconti narraba en Rocco e i suoi fratelli (1960) los tiempos acres de la emigración desde el campo a la ciudad industrial. Y Antonioni, en La notte (1961), hacía que Lidia paseara por la mejor arquitectura racionalista de posguerra de la urbe. También Pasolini, en Teorema (1968), volvía al motivo de las fábricas: una constante, el tema de la era industrial y el litigio entre campo y ciudad, que plasmó magistralmente Bertolucci en Novecento (1976), monumental largometraje que se inicia con la muerte de Verdi y el nacimiento del siglo.

4. Milán a la milanesa

Algunos de los platos típicos de Milán podrían acompañar a la pizza o a la pasta como patrimonio inmaterial de la humanidad: hablamos de recetas tan universales como la milanesa, el osobuco, el risotto giallo alla milanese, el minestrone, el panetone los mondeghili… Desde 2006, la Camera di Commercio di Milano, junto con la Accademia Italiana della Cucina, han instaurado la marca DeCA (Denominazione di Cucina Ambrosiana) para exaltar “la vera cucina milanesa”. Son ya 84 los restaurantes que pueden exhibir el logo de la asociación a la puerta de sus locales. Uno de los requisitos para pertenecer al club es proponer en la carta al menos cinco platos tradicionales.

La ciudad cuenta con 22 estrellas Michelin repartidas entre 17 restaurantes. Son numerosas las listas que compiten por ofrecer el “top ten”, los 10 mejores restaurantes —y no se ponen de acuerdo, claro—. Solo como apunte ilustrativo citaremos un par de locales: el Don Carlos, dentro del Grand Hotel et de Milan, está repleto de memorabilia verdianas y sigue siendo cita de músicos y cantantes del vecino Teatro alla Scala; una alternativa más asequible, dentro del mismo alojamiento, es la fórmula bistró del Caruso Nuovo. Otro restaurante singular es la Antica Trattoria Bagutto, que abrió en 1284 y se presenta como el segundo más antiguo de Europa. Desde 1927, este restaurante ha estado otorgando el Premio Bagutto a una obra escrita en italiano; entre los ganadores figuran nombres como Indro Montanelli (1951), Italo Calvino (1959), Primo Levi (1967), Claudio Magris (1987)… El mayor referente literario de Milán es Alessandro Manzoni (1785-1873), a cuya muerte debemos el Requiem de Verdi.

5. Milán ‘happy hour’

La movida milanesa es un fenómeno inevitable, dado el gran número de estudiantes y universitarios. Si bien existen bares de copas por toda la ciudad, hay dos zonas especialmente hot o “calientes”: San Lorenzo y Porta Ticinese, más de ocupar la calle (y las ruinas romanas de San Lorenzo); y los Navigli, repletos de pizzerías y locales de ambiente. Llaman ahora navigli a los antiguos canales (recuperados) que conectaban la Dársena o puerto de Milán con ríos como el Ticino y Adda, a través de cuyos cauces las barcazas (navigli) traían víveres o materiales de construcción desde las riberas de los lagos Maggiore y Como. Los navigli más animados son el Grande y el Pavese.

Otras zonas de ocio son el Corso Como y Moscova, de ambiente más sofisticado, y el barrio de Brera, más bohemio y artístico. En todos estos lugares se oficia el sagrado rito del aperitivo milanés, que preludia a la cena (o la sustituye, convertido en apericena). Comienza al atardecer y acompaña con Aperol Spritz o Negroni un picoteo de fiambres, quesos, focaccia… Los milaneses dan por sentado que fueron ellos quienes inventaron la happy hour.

6. Milán sí o sí

Lo imprescindible, lo que hay que ver o volver a ver, además de lo hasta aquí mencionado, es, ante todo, il duomo, la catedral. Corazón del viejo recinto amurallado, uno de los mayores templos de la cristiandad, comenzado en el siglo XIV (sobre otro anterior del siglo VI) y acabado en los años sesenta del siglo XX. Sin perder nunca su compostura gótica. Realzada esta por 135 pináculos y 3.159 estatuas. El interior es colosal, y no hay que dejar de visitar la cripta y las ruinas de basílica y baptisterio del siglo VI en el subsuelo. Y pasear por encima del tejado, para ver más de cerca la Madonnina, una estatua de la Virgen revestida de oro, coronando la aguja más alta.

Obligado es también rastrear los pasos de Leonardo da Vinci, quien permaneció en Milán entre 1482 y 1499 al servicio del duque Ludovico Sforza. En el Castello Sforzesco se alojan ahora una decena de museos. Leonardo dibujó para el duque sus célebres “máquinas de guerra” (¿o eran simples utensilios de cocina? El artista, por cierto, era un cocinillas). En la Pinacoteca Ambrosiana se guardan unos 2.000 dibujos de Leonardo, además de pinturas de Rafael, Tiziano o Caravaggio. Pero la obra de Leonardo más buscada está en el refectorio de Santa María delle Grazie: un fresco de la Santa Cena que parece ejercer en los visitantes la misma atracción morbosa que la Gioconda del Louvre parisino.

Otro sagrario de la pintura es la Pinacoteca de Brera, promovida por María Teresa de Austria en 1776, revitalizada por Napoleón y custodia de obras maestras de Piero della Francesca, Rafael o Andrea Mantegna, cuyo Cristo muerto fue un hito colosal en el estudio renacentista de la perspectiva. Finalmente, para cerrar el círculo de tiempos y estilos, habrá que acercarse a Porta Nuova, el nuevo distrito financiero donde han ido creciendo rascacielos de cristal y edificios y esculturas de vanguardia. Como si el nombre de la antigua-nueva puerta de la muralla se hubiese transmutado en profecía.

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