Róterdam, ciudad de vértigo: del primer rascacielos de Europa a las Casas Cubo y un ‘skyline’ que busca el cielo
La urbe holandesa es un recital arquitectónico de diferentes estilos y épocas. Su horizonte de edificios es un símbolo fotografiado infinidad de veces, aunque hay otras edificaciones que contribuyen a su buena fama urbanística


Róterdam es una ciudad para mirar hacia arriba. Absténganse aquellos con cervicales delicadas, porque la segunda urbe más poblada de los Países Bajos ―con casi 600.000 habitantes, por detrás de Ámsterdam― es un recital arquitectónico de diferentes estilos y, sobre todo, de enormes dimensiones. La veintena de edificios que superan los 100 metros de altura así lo acreditan. Sus construcciones también revelan una predilección por la arquitectura, el urbanismo y un afán por seguir creciendo. Solo así se explica la necesidad de construir dos grandes pasos de un kilómetro de longitud que unen el distrito centro y el sur, salvando el río Nuevo Mosa.
No es considerada una metrópoli costera, pero se encuentra a tan solo 30 kilómetros del mar del Norte y cuenta con el puerto industrial más importante de Europa, que, junto a su terminal de pasajeros, demuestra la importancia estratégica de Róterdam a lo largo de la historia.
El primer rascacielos de Europa
El concepto de rascacielos ha ido variando a lo largo de la historia, especialmente por la capacidad del ser humano de construir edificios cada vez más altos. Si atendemos a los criterios del Consejo de Edificios Altos y Hábitat Urbano (CTBUH, por sus siglas en inglés), una organización internacional de arquitectura con sede en Estados Unidos, en la actualidad, para que un edificio sea considerado un rascacielos tiene que superar los 150 metros de altura. Sin embargo, hace más de un siglo, que una construcción alcanzase los 43 metros y contase con 10 plantas suponía todo un hito arquitectónico. Es el caso del Witte Huis, proyectado en 1898 por el arquitecto Willem Molenbroek en el antiguo puerto de Róterdam y considerado el primer rascacielos de Europa. De estilo modernista, este hotel sigue siendo un emblema para la ciudad, declarado monumento nacional por el Gobierno neerlandés y patrimonio mundial por la Unesco.

Sin abandonar el antiguo puerto, en el que todavía atracan majestuosas embarcaciones de madera, se encuentra otra joya arquitectónica de fama internacional: Kijk Kubus o Casas Cubo. Esta edificación no deja indiferente a nadie; al menos era lo que pretendía Piet Blom cuando la proyectó a principios de los años ochenta del siglo pasado. Desde entonces, este bloque de viviendas, que cubre sus tejados con cubos girados, es uno de los lugares más fotografiados de Róterdam y sus bajos hacen de paso peatonal para conectar la transitada estación de Blaak con estos muelles que durante siglos fueron el hogar de marineros locales.
No muy lejos está la catedral Laurenskerk, uno de los pocos edificios monumentales ―junto al Witte Huis― que sobrevivieron al bombardeo que sufrió Róterdam en 1940. De estilo gótico, su reconstrucción concluyó en 1968, y es precisamente un símbolo que recuerda la devastación que sufrió la ciudad durante la Segunda Guerra Mundial, tomada por el ejército nazi hasta el fin de la contienda. Su torre-reloj hace hoy de mirador para contemplar la urbe desde las alturas.

La innovación como tradición
De una desgracia surge una oportunidad. Es la lectura que dan los holandeses a aquella tragedia que destruyó buena parte de la ciudad pero dejó un terreno fértil para su ímpetu arquitectónico, que ya se venía demostrando antes de la segunda gran guerra. Innovadores proyectos de viviendas sociales atrajeron la atención de arquitectos de la influyente corriente alemana Bauhaus.
Así, durante la segunda mitad del siglo XX y hasta la actualidad, la urbe no ha dejado de crecer, también en creatividad. Un buen ejemplo de ello es el mercado, situado en la plaza Binnenrotte, un edificio con forma de herradura diseñado por el estudio MVRDV en 2014 y que alberga todo tipo de puestos de alimentación. Además, destaca por el gran bodegón de frutas y verduras ―de más de 11.000 metros cuadrados― que decora la fachada interior, sorteando las ventanas de las viviendas que completan el edificio.

Otro icono arquitectónico del mismo estudio es el Depósito del Museo Boijmans Van Beuningen, un enorme edificio de espejos que no pasa desapercibido. Ubicado en el Parque de los Museos, alberga desde su inauguración en 2021 la inmensa colección del museo holandés ―cerrado para su restauración desde 2019―, con más de 155.000 obras de arte que van desde la Edad Media hasta la actualidad. El estudio de arquitectura proyectó este gran depósito para que fuese un edificio sostenible, contemplando el uso de luz natural, entre otras medidas, y contribuyendo a su mimetización con las zonas verdes que lo rodean con los espejos de la fachada y el despliegue de un jardín en su azotea.

Dibujando el horizonte y la historia de la ciudad
Sin embargo, si algo caracteriza a Róterdam es su horizonte, dibujado por construcciones que buscan el cielo. En el caso del edificio De Zalmhaven, el más alto de la ciudad, se alcanzan los 215 metros de altura. Este gigantesco bloque de viviendas de 59 plantas y 452 apartamentos, situado en la margen derecha del río Nuevo Mosa, se erige espectacularmente sobre la ciudad desde 2022.

Su construcción destronó al edificio Maastoren, de 165 metros de altura, ubicado en la península del Wilhelminapier, conocida como la pequeña Manhattan y una de las áreas más vibrantes de Róterdam. En este enclave empresarial y cultural también se encuentra el edificio más emblemático de la ciudad, De Rotterdam, compuesto por tres bloques y diseñado por la Oficina Metropolitana de Arquitectura en 1998. Levantar esta edificación de 160.000 metros cuadrados y 151 metros de altura llevó más de una década. En 2014, ganó el premio a Mejor Gran Edificio de Europa, otorgado por el CTBUH. Hoy, sus 44 plantas albergan apartamentos de lujo, oficinas, un hotel de cuatro estrellas y dos restaurantes. El edificio New Orleans (158 metros), el Montevideo (152 metros) y el World Port Center (123 metros) completan el skyline en esta parte de la ciudad.

La pequeña península del Wilhelminapier y la aledaña zona de Katendrecht ―ambas situadas en el distrito sur― son dos lugares de gran valor histórico para la ciudad. Su terminal portuaria fue crucial para las comunicaciones transatlánticas con Estados Unidos desde finales del siglo XIX. La compañía Holland America Line operó durante casi 100 años desde este puerto de pasajeros, desde el que partieron casi medio millón de personas, según cifras de la propia empresa, dedicada en la actualidad a los cruceros de viaje recreativo como filial de un gran grupo.
Varios símbolos recuerdan este pasado naval y migratorio: el edificio original de la sede de Holland America Line, con sus dos emblemáticas cúpulas verdes; el gran buque insignia de la compañía, el SS Rotterdam, que atracado permanentemente en la orilla sur de Katendrecht es ahora un hotel, además de restaurante y centro de eventos; y los almacenes portuarios Fenix, construidos en 1923 y reconvertidos en un museo que homenajea a todas aquellas personas que abandonaron los Países Bajos y a las que llegaron a Róterdam en busca de un nuevo hogar. Una grandiosa estructura metálica con forma de tobogán ―obra del arquitecto chino Ma Yansong― se retuerce desde las entrañas del edificio hacia el cielo, haciendo de pasarela de observación sobre el puerto y la ciudad.
Conectando norte y sur
No son edificios, pero sí importantes obras de ingeniería que permitieron conectar las partes norte y sur de Róterdam. La primera conexión fue mediante el túnel Maas, construido entre 1937 y 1942, también declarado monumento nacional. Renovado íntegramente en 2017, decenas de miles de personas cruzan diariamente ―con accesos separados para vehículos, peatones y bicicletas― este conducto subterráneo que transcurre durante un kilómetro por debajo del río Nuevo Mosa. Ya en la década de los noventa del siglo pasado, la ciudad incorporó otra gran pasarela, esta vez por encima del raudal. Los 802 metros de longitud del puente Erasmusbrug, apodado cariñosamente por los locales como "el cisne" por su forma, conecta las dos orillas de la urbe desde 1996.
Tu suscripción se está usando en otro dispositivo
¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?
Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.
FlechaTu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.
Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.
¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.
En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.
Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.




























































