Siwa, el desconocido oasis en Egipto de lagos de sal y desierto salvaje
La belleza de este vergel parece extraterrestre: las enormes dunas del Sáhara se fusionan con palmerales, manantiales turquesa y el ambiente mágico del lugar en el que Alejandro Magno fue declarado semidiós

A 750 kilómetros del bullicio de El Cairo y a tan solo 50 de la frontera con Libia, Egipto esconde un tesoro que aún logra sobrevivir a las masas turísticas y conservar la magia de lo inexplorado. La única fórmula para llegar al lugar más remoto del Desierto Occidental es contratar un minibús nocturno desde la capital. Tras un trayecto de más de ocho horas, los primeros rayos de luz del amanecer anuncian la llegada al oasis de Siwa. En este vergel, ubicado 17 metros por debajo del nivel del mar, las palmeras se alzan hacia un cielo repleto de estrellas, los lagos turquesa de agua salada dibujan un paisaje utópico y el tiempo parece haberse detenido entre los pasos de Alejandro Magno.
El secreto de la belleza de Siwa está en su posición geográfica. Durante siglos, la inaccesibilidad a este oasis —sin una sola carretera que lo conectara con las grandes ciudades hasta los años noventa del pasado siglo— ha propiciado que se mantuviera impenetrable, llegando a nuestros días como un paraíso en el que reside la única población bereber que aún conserva Egipto, los siwis: con lengua, cultura y tradiciones propias.
Gran parte de este aislamiento se debe a que allí comienza el Gran Mar de Arena, el Sahara libio-egipcio, un océano de dunas móviles de hasta 140 metros de altura que se extiende más de 70.000 kilómetros cuadrados y que es una de las zonas más impenetrables del mundo, pero también uno de los atractivos turísticos más imponentes de Siwa. Para adentrarse en él, muchos hoteles ofrecen sus propios tours con guías locales en vehículos 4x4. Es una de las experiencias más salvajes y bellas que se pueden vivir en el oasis. A la adrenalina de navegar sus dunas se suman estampas que hacen frotarse los ojos: fósiles de conchas y sedimentos marinos impregnados en la arena —este inmenso desierto fue, hace millones de años, un océano— o enormes manantiales que tejen el espacio cortando el erial.

Tras el recorrido, algunos guías permiten terminar la experiencia con un pícnic al atardecer entre las montañas de arena, e incluso alargarla con una noche de acampada bajo el mar de estrellas que encapota el desierto.

Piscinas de sal y lagos que interrumpen la inmensidad del desierto
En este enclave de tintes marcianos el agua brota entre el desierto en todas sus formas. Las fuentes y piscinas de aguas termales emanan en hoteles y calles de la ciudad y los enormes manantiales —dulces y salados— son su marca de identidad. La explicación de esta selva verde y azul está bajo tierra: el acuífero fósil nubio —aguas subterráneas dulces— alimenta Siwa al manar por diferentes caminos, y en algunos de ellos se topa con minerales que evocan el nacimiento de lagos salados.
La isla de Fatnas es uno de los mejores rincones para apreciar este espectáculo natural: allí, cafés locales ofrecen algo de beber a quienes se acercan a disfrutar de una puesta de sol a las orillas del Birket Siwa, uno de los lagos salinos más grandes del oasis, junto al Birket al-Maraqi. Sin embargo, una de las atracciones turísticas más llamativas y fotografiables de este vergel son sus pequeñas piscinas de sal. Estas excavaciones de utópicos tonos turquesas tienen una salinidad casi tan elevada como la del Mar Muerto, y flotar en ellas es una de las experiencias más relajantes en territorio egipcio.

El oráculo que eligió a Alejandro Magno
Más allá de su imponente paisaje, el de Siwa es conocido históricamente como Oasis de Amón por una de sus reliquias históricas: el Templo del Oráculo —construido en la Dinastía XXVI, entre 664 a.C. y 525 a.C.—, al que Alejandro Magno viajó desde la recién fundada Alejandría en el año 331 a.C. para consultarle por su ascendencia divina. Fue entonces cuando el oráculo declaró al conquistador “hijo de Amón”.
A las orillas de la nueva ciudad de Siwa, se halla otro paraje de ensueño: la fortaleza Shali, el poblado que los siwis construyeron en el siglo XII para protegerse de las tribus vecinas. En realidad, lo que observamos hoy es lo que queda de él, ya que las construcciones de barro y sal quedaron desmenuzadas por las fuertes lluvias de 1926. Desde entonces, sus ruinas dibujan un paisaje laberíntico de tonos sepias coronado por un horizonte de palmerales, agua y arena.

La necrópolis de Gebel Al Mawta —Montaña de los Muertos— es otra muestra viva del paso de los siglos en Siwa. Una colina a la que se puede acceder libremente para perderse entre decenas de excavaciones de la época de los ptolomeos (323 a.C-30 a.C) y el último periodo de los romanos (52-68). Aunque durante sus más de 2.000 años de historia muchos de los sepulcros han sido saqueados y vandalizados, se conservan algunas de las bellas pinturas con las que los egipcios garantizaban la vida eterna de sus difuntos. Se diferencian de los conocidos relieves de los templos a orillas del Nilo por el periodo histórico del que datan: en las paredes de las tumbas de Siwa, los dioses egipcios, como Osiris, se fusionan con la mitología romana y griega en una simbiosis de culturas fascinante para los amantes de la arqueología y la historia.

Precisamente es la última reina del periodo ptolomeo la que da nombre a otro de los lugares más enigmáticos de Siwa: la Piscina de Cleopatra. La leyenda cuenta que, en uno de sus viajes al desierto, la reina egipcia se bañó en este manantial natural de agua dulce escondido entre bosques y palmeras. Hoy, este mágico rincón está rodeado de restaurantes y tiendas tradicionales siwis que representan a la perfección el alma del oasis, un enclave hipnótico en el que el tiempo parece pasar más lento y se impone la autenticidad de lo inaccesible.

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo
¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?
Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.
FlechaTu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.
Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.
¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.
En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.
Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.





























































