Bancos centrales, energía y volatilidad global
En Europa, el encarecimiento del petróleo y el gas impacta rápidamente al coste de producción de bienes y servicios

A comienzos de este año el panorama económico internacional parecía relativamente definido. Los principales bancos centrales continuaban con su política de transición gradual hacia condiciones financieras más laxas. La inflación en las economías avanzadas mostraba señales de moderación y el crecimiento, aunque modesto, parecía suficientemente estable como para permitir la continuación del recorte de tipos durante 2026. Sin embargo, los acontecimientos de las últimas semanas han alterado ese escenario con una rapidez que recuerda hasta qué punto la economía mundial sigue siendo vulnerable a factores externos.
La guerra en Oriente Medio ha devuelto el precio del petróleo al centro del análisis económico. Durante varios días el crudo WTI registró movimientos bruscos que lo llevaron cerca de los 120 dólares por barril, antes de experimentar correcciones que sitúan el futuro por encima de los 98 dólares por barril. Esta volatilidad no responde únicamente a cambios en la oferta energética sino, sobre todo, a la incertidumbre sobre la evolución del conflicto y sus posibles consecuencias sobre el suministro global.
En este contexto, la volatilidad del petróleo se ha convertido en el indicador clave de la estabilidad económica global. Mientras el precio de la energía siga sujeto a cambios bruscos provocados por tensiones geopolíticas, los bancos centrales tendrán que actuar con prudencia y flexibilidad. La política monetaria puede influir en las condiciones financieras, pero no puede controlar los factores que determinan el precio de la energía. En un mundo cada vez más interconectado, la relación entre energía, geopolítica y política monetaria vuelve a situarse en el centro del debate económico internacional.
Europa continúa siendo especialmente sensible a las variaciones en los precios de la energía. El encarecimiento del petróleo y del gas se transmite rápidamente a los costes de producción y al precio final de muchos bienes y servicios. Esto no solo afecta a la inflación, sino también a la competitividad industrial y al poder adquisitivo de los hogares. En consecuencia, cualquier shock energético tiende a tener un impacto macroeconómico más acusado en la eurozona que en economías con mayor autosuficiencia energética. Los shocks energéticos tienen una característica particular: afectan simultáneamente a la inflación y al crecimiento. Por un lado, el encarecimiento del petróleo eleva los costes de transporte, producción y electricidad, lo que termina trasladándose al nivel general de precios. Por otro, esos mismos costes reducen el consumo y la inversión, debilitando la actividad económica.
Esta combinación de factores es especialmente difícil de gestionar para la política monetaria. Si los bancos centrales reaccionan endureciendo su política para frenar la inflación, pueden agravar la desaceleración económica. Si, por el contrario, priorizan el crecimiento y relajan demasiado pronto las condiciones financieras, corren el riesgo de alimentar nuevas presiones inflacionarias. El resultado es un equilibrio delicado que exige cautela en cada decisión.
El Banco Central Europeo se encuentra particularmente expuesto. La economía de la eurozona ha mostrado un crecimiento modesto en los últimos trimestres y sigue siendo altamente dependiente de la energía importada. Un aumento prolongado del precio del petróleo podría ralentizar ese proceso y obligar al BCE a reconsiderar el calendario de su política monetaria. La Reserva Federal dispone de un margen de maniobra algo mayor gracias a la fortaleza relativa de la economía estadounidense. Sin embargo, tampoco está completamente aislada de los efectos de un shock energético global.
La revisión del PIB de EEUU del cuarto trimestre de 2025 confirma una desaceleración más intensa de lo previsto, registró un 0,7%, muy por debajo del 1,4% esperado, lastrada sobre todo por el menor consumo y el retroceso del gasto público. Además, el deterioro llega en un momento especialmente delicado, ya que la debilidad económica coincide con riesgos inflacionarios derivados del conflicto con Irán. Por eso, en EEUU puede haber un dilema entre lo que la situación económica requiera en materia de tipos de interés en 2026 y lo que el presidente Trump necesite para favorecer el crecimiento ante la cita electoral del 3 de noviembre.
En este contexto, los mercados de renta fija se mueven al son del precio del petróleo, anticipando los efectos sobre la inflación y consiguientemente de los tipos de interés y la renta variable está afectada por el menor crecimiento esperado, el aumento de los costes asumidos y su impacto en los beneficios futuros. Pese a ello, buena parte de las instituciones financieras insisten en transmitir calma, aunque esta narrativa parece más orientada a contener la volatilidad que a reflejar la fragilidad del momento económico y los desafíos pendientes.
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