Prada juega fuerte en el sector del lujo y desafía a los gigantes franceses
La compra de Versace le permite controlar una de las marcas más icónicas de la industria, ganar escala, diversificar públicos y reforzar el peso del ‘made in Italy’


La moda italiana llevaba años esperando un movimiento así. La reciente adquisición de Versace por parte de Prada no fue solo una de las operaciones más relevantes de 2025 en la industria del lujo, sino también un paso con gran simbolismo: una de las marcas más icónicas del sector vuelve a manos italianas y pasa a integrarse en un grupo que aspira a jugar en la misma liga que los grandes conglomerados internacionales que dominan el mercado.
La compra de la totalidad de Versace, hasta ahora propiedad de la estadounidense Capri Holdings, por 1.375 millones de dólares, amplía considerablemente el perímetro del grupo de Miuccia Prada y Patrizio Bertelli. Además, une dos visiones opuestas, y al mismo tiempo complementarias, del lujo italiano: por un lado, el minimalismo, la sobriedad y la discreción creativa de Prada y por otro, el exceso, barroquismo y espectacularidad de la marca de la medusa. La operación marca el inicio de una nueva etapa para el grupo, que aspira a crecer sin diluir la identidad histórica de sus marcas y a reforzar el peso de Italia en un mercado global cada vez más concentrado y dominado por colosos franceses, como LVMH o Kering.
Con el cierre de la compra, Prada ha dado un salto estratégico que sobresale de las fronteras de la mera operación empresarial: la adquisición de Versace le asegura además de ampliar su tamaño, diversificar su universo creativo y ampliar su influencia dentro del lujo global. Según las proyecciones de la compañía, Versace pasará a representar en torno al 13% de los ingresos del nuevo gigante milanés, junto al 64% de Prada y el 22% de Miu Miu. Aunque no se trata solo de sumar ventas, sino de ampliar el alcance del grupo hacia segmentos de mercado complementarios, con públicos y códigos estéticos distintos.
Desde Prada han recalcado que Versace mantendrá su identidad creativa y cultural, pero podrá apoyarse en la plataforma industrial, comercial y operativa del grupo, especialmente en producción y distribución minorista, dos áreas clave para su relanzamiento. “Estamos encantados de dar la bienvenida a Versace a Prada, y de escribir un nuevo capítulo para una marca con la que compartimos un fuerte compromiso con la creatividad, la artesanía y el patrimonio”, señaló Patrizio Bertelli, presidente y director ejecutivo del grupo, al anunciar la operación el 4 de diciembre pasado.
Un gran pasado
Los expertos coinciden en que la clave de la operación está en la complementariedad entre estos dos iconos del lujo italiano. Para Luca Solca, analista de Bernstein, “el principal atractivo es el posicionamiento complementario de Versace respecto a Prada: uno es maximalista, el otro minimalista”. A ello se suma el valor histórico de la marca: “Versace es muy conocida y tiene un gran pasado. Si se consigue relanzarla, puede abrir la puerta a un negocio importante”, señala a EL PAÍS. Una lectura similar hace Francesca Checchinato, experta de la Universidad Ca’ Foscari de Venecia, que destaca que “Versace vuelve a ser italiana y entra en un grupo italiano en un momento en el que los grandes grupos del lujo necesitan funcionar como conglomerados, con varias marcas distintas, para ampliar su alcance”. En su opinión, Prada gana acceso a “un lujo más ostentoso y barroco”, mientras mantiene intacto su propio posicionamiento, más discreto y sofisticado.
La operación tiene también un fuerte valor simbólico para el sistema de la moda italiana. “En Francia existe una larga tradición de grandes conglomerados del lujo; en Italia, no tanto”, señala Checchinato. Que una marca como Versace regrese a un grupo italiano refuerza la idea de que el lujo italiano puede empezar a jugar con las mismas reglas. No será una revolución inmediata, coinciden los expertos, pero sí un movimiento estratégico de largo alcance. Como ha subrayado la propia Prada, el principio que debe guiar esta nueva etapa es el de la agregación y no el predominio.
Los análisis coinciden en que el gran desafío no es crecer, sino hacerlo bien. La hoja de ruta oficial del grupo apuesta por la paciencia. El consejero delegado, Andrea Guerra, ha advertido de que el proceso será largo y exigirá disciplina: “La evolución de una marca siempre necesita tiempo y atención constante”. En la misma línea, Emanuela Prandelli, profesora en la Universidad Bocconi de Milán, subraya que la integración deberá cocinarse a fuego lento. Para la experta, el reto pasa por “dar tiempo al proceso, preservar la fuerte matriz creativa de Versace y evitar giros bruscos”. “Solo a través de una transformación gradual
—explica— será posible ampliar su potencial comercial a escala global sin poner en riesgo la credibilidad y la identidad de la marca”. El riesgo, apunta, sería intentar homogeneizar estilos. “Si se cambiara la esencia de Versace, se perdería precisamente el valor de la complementariedad”.
La convivencia de dos mundos creativos tan distintos es, al mismo tiempo, una oportunidad y un desafío. “Estamos ante dos universos especulares”, explica Prandelli: Prada es sinónimo de minimalismo, innovación y atención a la sostenibilidad; Versace, de exceso, espectáculo y una fuerte conexión con el mundo de las celebridades. De esa tensión pueden surgir “oportunidades inéditas de experimentación y aprendizaje, siempre que se preserve la autenticidad de cada marca”.
En los últimos años, Versace ha mostrado una evolución económica irregular, con resultados menos consistentes que los de otras grandes marcas del lujo. Aunque la firma ha mantenido una fuerte visibilidad internacional, le ha costado convertir esa notoriedad en beneficios estables, en un contexto de aumento de costes y creciente competencia. En la práctica, vende mucho, pero gana menos de lo que podría, considerando su tamaño y prestigio. Ese potencial aún es uno de los factores que explican la apuesta de Prada por un relanzamiento a medio y largo plazo.
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