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La guerra en el Golfo eleva los riesgos de escasez y racionamiento de combustible

El efímero desbloqueo del estrecho de Ormuz y el enquistamiento del conflicto provocan los primeros problemas en Asia y amenazan incluso a Europa

Un marine a bordo del transporte anfibio 'USS New Orleans' (LPD 18) durante el bloqueo impuesto a los puertos iraníes FOTO: CENTCOM

Diego Manrique, leyenda del periodismo musical, es una figura un tanto excéntrica para arrancar una crónica económica, pero ahí va: hacia finales del siglo pasado, Manrique solía describir un grupo de innegable éxito en aquella época, Dire Straits, como la banda “más aburrida y sosa” que ha triunfado en la historia del rock. Dire Straits significa, literalmente, “situación desesperada”. Y esa es la imagen perfecta para retratar el estado del sector energético mundial: no hay nada aburrido o soso en un mercado que, tras siete semanas de ataques de Estados Unidos e Israel a Irán, protagoniza uno de los shocks más acusados que se recuerdan y ha puesto patas arriba la economía mundial.

El efímero desbloqueo del estrecho de Ormuz, una lengua de agua por la que circula una quinta parte del crudo y del gas que consume el mundo entero, no ha disipado ni un ápice la incertidumbre. El jaleo va para largo. Lo primero que ocurre en una sacudida energética de gran calibre es que los precios se van hacia arriba desafiando la ley de la gravedad, como en uno de aquellos solos de guitarra de Mark Knopfler, el líder de aquel grupo: peligro de inflación y estancamiento económico a la vista. Eso ya ha sucedido. Lo siguiente es la destrucción de la demanda de energía y las amenazas de escasez de carburante, las historias de racionamiento de combustible y el consiguiente parón de la economía: eso ya está empezando a suceder en algunos lugares. Y puede llegar a Europa en un plazo de apenas unas semanas.

Dire Straits —situación desesperada— es, en fin, el hilo musical de una geoeconomía que va camino de la recesión si el conflicto se prolonga e Irán logra convertirlo en una crisis económica global con el bombardeo de las infraestructuras energéticas de los países del Golfo y el bloqueo de Ormuz.

“Hay que prepararse para interrupciones significativas del suministro energético en los próximos meses”, advierte el último informe de la Agencia Internacional de la Energía (AIE). “La situación es mala y va a ser aún peor”, ha explicado el comisario europeo de Energía, Dan Jorgensen, con Bruselas a punto de lanzar una batería de propuestas que incluyen al menos un día a la semana de teletrabajo, el cierre de edificios públicos e incentivos para usar más el transporte público para reducir todo lo posible los consumos.

“La guerra en Oriente Próximo ha desencadenado ya uno de los mayores episodios de escasez de suministro de la historia del mercado energético global”, resume en un informe reciente el Fondo Monetario Internacional, que subraya los altos precios del petróleo, el gas, los fertilizantes, los primeros problemas del sector turístico, las brechas en las cadenas de suministro con dificultades en productos como el azufre, el helio, los fosfatos o el aluminio, claves para la industria. Y sobre todo ve una incertidumbre en máximos que se va a traducir, en el mejor de los casos, en una estanflación (estancamiento más inflación), y en el peor en una recesión global, con estrés en los mercados de deuda pública, de divisas (especialmente en las economías emergentes importadoras de energía), de valores y de prácticamente todo lo demás.

La reapertura de Ormuz fue una buena noticia al final de la semana pasada que dio un alivio a los mercados, pero duró apenas un suspiro: “Va a seguir habiendo idas y venidas, la desconfianza es máxima. Incluso en el mejor de los casos, un verdadero desbloqueo, la situación tardaría meses en normalizarse. El sector energético va a seguir con un enorme estrés, escrutando cualquier movimiento en Ormuz. Y ese estrés va a más cada día que pasa con el estrecho cerrado, minado y provocando un estrangulamiento en el mercado energético y en la economía mundial”, explica Jorge León, jefe de análisis geopolítico de la consultora energética noruega Rystad.

El dinero es un artificio sutil que liga el presente con el futuro. Eso se hace con los tipos de interés, que suelen ser la medida del desasosiego: si el lío se alarga, los tipos van a ir hacia arriba. Y se hace también con los precios, que ya descuentan la escasez de energía ligada a la guerra y están por las nubes, a pesar de las bajadas del petróleo y el gas del pasado viernes. Con el bloqueo de Ormuz han desaparecido de un plumazo 10 millones de barriles de petróleo al día, algo menos del 10% de la demanda mundial. Con Qatar fuera de juego, el bombardeo de las instalaciones del Golfo y los metaneros varados ha desaparecido también un buen porcentaje del gas.

A la corta, la subida de precios reduce el consumo: lo que los expertos denominan “destrucción de la demanda” se ha activado ya con claridad. La política económica permite atenuar el susto con las reservas de emergencia, con paquetes de estímulo y buscando vías alternativas para que fluya el combustible, especialmente entre los países desarrollados, “pero si el acuerdo para liberar Ormuz no se sustancia tendremos un problema”, sostiene León. Si además los ataques de Irán causan daños permanentes en las infraestructuras de los países del Golfo ese es un problema aún mayor: ha habido bombardeos a 80 instalaciones; un tercio de las plantas han sufrido daños graves, según la AIE. La caída de la demanda (vía precios) y la utilización de las reservas pueden ayudar a paliar el golpe inicial, pero los analistas coinciden en que si la guerra se alarga los problemas de escasez y el racionamiento se extenderán.

De hecho, ya han empezado a extenderse. En las economías más vulnerables del sudeste de Asia y el África subsahariana han empezado las restricciones en el acceso a combustible. Incluso en unas pocas gasolineras europeas eso también se ha visto en los últimos días por diversas razones. Pero el impacto es mucho mayor en Asia.

Filipinas ha declarado la emergencia energética nacional, y ha recortado la semana laboral a cuatro días. En Pakistán, los empleados públicos han reducido también a cuatro días su semana laboral. Bangladés ha limitado la compra de combustibles en los surtidores y ha cerrado sus universidades. En Myanmar se han fijado días de conducción alternos. En India se ha generado un mercado negro para comprar combustibles a la vista de la escasez. Esa escasez se deja notar también en Laos, Tailandia y Camboya. Vietnam Airlines ha cancelado vuelos. China ha restringido sus exportaciones energéticas. En Australia ha habido ya surtidores vacíos. Los expertos consideran que en los países de bajos ingresos la situación puede acabar afectando a la agricultura y al precio de los alimentos: millones de personas pueden pasar hambre en esos países. Y empieza a afectar a industrias como las del cemento, el acero, y lógicamente, la petroquímica.

América del Norte está más protegida por su enorme producción y los abultados inventarios, y Europa está en una posición intermedia. Tiene más capacidad de refino. Tiene reservas abundantes. Y tiene capacidad adquisitiva para comprar energía aunque los precios se encaramen a las alturas. Pero incluso en el viejo continente la preocupación es máxima. Fatih Birol, de la AIE, considera que las restricciones de queroseno empezarán en apenas seis semanas y la aerolínea KLM ha anunciado ya cancelaciones de 160 vuelos en los próximos días por la subida de los precios y la incertidumbre sobre la escasez de jet fuel en el continente. El Gobierno alemán ha anunciado una reunión este lunes con las patronales industriales para discutir el suministro de combustible para la aviación. Y si el acuerdo para desbloquear Ormuz se empantana, puede haber incluso restricciones en el diésel. “Aunque todo se resolviera, tardaremos unos dos años en volver donde estábamos antes de la guerra”, zanja el último análisis de la AIE.

“Hay dos problemas fundamentales: los mercados financieros se han desacoplado de los mercados reales, las cotizaciones en los mercados van por un lado, entre los 80 y los 90 euros por barril, y los sobreprecios en las compras reales de gas y petróleo son elevados, con cerca de 300 dólares en Singapur”, argumenta el analista Antonio Merino. “La otra duda son las existencias que tienen de veras los países. Alemania y España parecen mejor colocados que otros socios europeos: aquí habrá problemas de precios pero dudo mucho que consumidores y empresas noten la escasez o lleguemos a los racionamientos. Pero si Ormuz sigue bloqueado los problemas acabarán llegando hasta Europa: es una cuestión de tiempo que eso suceda. Primero en el combustible para aviones, después en el diésel; en la gasolina y el gas sería mucho más raro ver restricciones. Ha empezado lo que se conoce como destrucción de demanda: a ver qué pasa con Ormuz”.

Ormuz; siempre Ormuz. Ese brazo de mar angosto entre el golfo de Omán y el golfo Pérsico es una de las claves de todo este embrollo. La otra es el gatillo fácil de los Trump y Netanyahu, y las represalias de los ayatolás, que han aprendido a usar la energía como arma económica de destrucción masiva. Brothers in arms, decían los Dire Straits: la sacudida del mercado energético relacionada con esa guerra está en medio de un camino incierto, largo y de lo más arduo.

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