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Opinión

Que la fuerza te acompañe

Son necesarias medidas específicas que amortigüen el impacto sobre determinadas regiones y hogares vulnerables mientras la transición limpia gana escala y reduce estructuralmente los costes

Un parque eólico en Muras, Lugo, el 28 de marzo de 2025Europa Press News (Europa Press via Getty Images)

Días de dolor y de bombas nos recuerdan la necesidad de desescalar, nuestro compromiso con preservar la paz y los derechos humanos, así como de expresar nuestra solidaridad con quienes sufren las consecuencias de estas acciones sangrientas.

Pero las bombas y el dolor no llegan solos. Los mercados reaccionan. Los precios de la energía se disparan y la confianza —ese fundamento frágil pero esencial de nuestras democracias y economías— se debilita.

Cuando Rusia invadió Ucrania, Europa aprendió por las malas lo que significa la dependencia. La diversificación se puso en marcha a una velocidad sin precedentes. Se aseguraron nuevos proveedores. Se llenaron los almacenes. Se redujo la demanda. El sistema resistió.

Pero hoy, con el cierre del estrecho de Ormuz, emerge otra verdad incómoda: ya no hay mucho más margen para diversificar, y pasar de una dependencia a otra no puede ser el modelo europeo de resiliencia.

Mientras sigamos dependiendo en gran medida de combustibles fósiles importados, seguiremos expuestos.

Para los hogares con menores ingresos, la energía representa una parte muy significativa del gasto mensual. Para las industrias intensivas en energía, los picos de precios pueden determinar la competitividad, las decisiones de inversión y el empleo.

Cualquier perturbación puede romper el frágil equilibrio de familias trabajadoras y empresas. Los shocks del petróleo se transmiten al mercado del gas. El precio del gas alimenta la inflación y la inflación debilita el crecimiento. Lo que comienza como un foco de tensión geopolítica acaba convirtiéndose en un problema que encontramos sobre la mesa de la cocina.

Pero existe otro camino.

Hemos entrado en la ‘Era de la Electricidad’. Del mismo modo que el carbón impulsó la Revolución Industrial y el petróleo definió el siglo XX, la electrificación limpia está dando forma al siglo XXI. El coste de la energía solar ha caído casi un 90% en los últimos quince años. Las baterías han seguido una trayectoria similar. En muchas partes de Europa, las renovables son ya la fuente más barata de nueva generación eléctrica.

Las energías renovables son una necesidad económica y de seguridad. Invertir en energía limpia producida en casa es un imperativo estratégico.

Electrificación, renovables, eficiencia energética, redes inteligentes e interconexiones no son ambiciones abstractas. Son instrumentos de estabilidad, competitividad y soberanía. Reducir la dependencia de los combustibles fósiles importados mientras aceleramos el despliegue de tecnologías limpias es la oportunidad de Europa para romper el ciclo de dependencia y volatilidad.

Pero necesitamos estabilidad y previsibilidad. Quienes apostaron primero por el desarrollo limpio merecen un marco estable. Sin embargo, si las políticas cambian bruscamente con cada crisis, la inversión se frenará. El capital se retirará. Europa correría el riesgo de quedar atrapada en un sistema deficiente, en el que la exposición a las grandes sacudidas geopolíticas seguiría siendo elevada y los precios de la energía permanecerían estructuralmente por encima de los de nuestros principales competidores.

Esto no significa ignorar las dificultades del presente. Son necesarias medidas específicas a corto plazo que amortigüen el impacto sobre determinadas regiones, sectores y los hogares más vulnerables en los próximos años, mientras la transición limpia gana escala y reduce estructuralmente los costes. Pero ese alivio a corto plazo debe preservar las señales a largo plazo y evitar la fragmentación en Europa.

La lección de la crisis anterior es clara. Lo que inicialmente parecía política o técnicamente imposible terminó siendo real. La verdadera limitación no era el tiempo, sino la mentalidad.

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