El caos logístico y la escalada energética amenazan a la industria: “Los costes se trasladarán al consumidor”
El suministro de gas para España está garantizado incluso con el cierre del estrecho de Ormuz, porque apenas compra a Qatar, pero la subida de precios en los mercados internacionales inquieta a las empresas


Las Bolsas son estos días una ventana a la destrucción económica de la guerra. Cientos de miles de millones en valor volatilizados en horas, a la vista de todos, ante la perspectiva de un mundo con más inflación, menos crecimiento, y en definitiva, más incertidumbre. Pero hay otro impacto, más difícil de cuantificar, sin dígitos cambiando cada segundo, pero igualmente devastador: el de pequeñas, medianas y grandes empresas no cotizadas, el grueso de aquello que llaman tejido productivo, que ven acercarse una ola cuyas dimensiones todavía no aciertan a medir del todo.
El ministro de Economía, Carlos Cuerpo, identificaba a los potenciales damnificados de la crisis este martes: industrias intensivas en gas y electricidad como la química, la metalúrgica o la cerámica. Y otras expuestas al precio del petróleo y a los problemas en las cadenas de suministro, como la del transporte y la logística.
El precio del gas natural es el que más ha reflejado la convulsión del momento. Aunque con altibajos, se ha disparado con mucha más intensidad que el del petróleo, alcanzando picos que prácticamente suponían duplicar el importe en apenas dos sesiones debido al cierre del estrecho de Ormuz y el frenazo en las exportaciones de Qatar.
A diferencia de Italia o Francia, España le compra muy poco al país árabe, apenas el 1,7% del total que consume, por lo que no hay riesgo de desabastecimiento, como explica Verónica Rivière, presidenta ejecutiva de la patronal Gas Industrial, que agrupa a compañías químicas, farmacéuticas, metalúrgicas, de refino o alimentarias que hacen un uso intensivo de gas.
Ello no evita, sin embargo, que la industria española vaya a librarse del golpe. “En el corto plazo ya hemos visto que los precios se han disparado. Están referenciados al TTF, el mercado europeo, que se ve influido por el empeoramiento en la seguridad del suministro del gas que compran Francia, Holanda o Italia”, explica Rivière. Al desaparecer parte de la oferta del mercado, la competencia por adquirir el resto es mayor, y eso sube los precios e impacta a las empresas españolas, por mucho que España reciba tres cuartas partes de su consumo de Argelia, Estados Unidos y Rusia, que no han visto mermada su producción por el conflicto.
Ese meteórico repunte de precios no impacta en todas las compañías por igual, porque algunas tienen acuerdos a largo plazo a precio fijo, o han contratado coberturas para protegerse de subidas. Pero sí afecta a las que lo compran mediante los llamados contratos spot, expuestas a cada variación del precio del megavatio hora. “Es indudable que esas subidas se trasladarán más abajo”, advierte Rivière respecto a la posibilidad de que el consumidor acabe pagando los platos rotos.
Con el precio del megavatio hora por encima de los 50 euros, las empresas europeas afrontan también un problema de competencia. “Si ya lo había del conflicto antes porque Estados Unidos dispone de un gas mucho más barato, ahora es peor. Es difícil exportar así”, lamenta Rivière.
En Ascer, la Asociación Española de Fabricantes de Azulejos y Pavimentos Cerámicos —un sector muy dependiente del gas, que supone un 90% de la energía que consume— cifran en el 12% el peso de Oriente Próximo en su facturación, con unas exportaciones a la zona de 419 millones de euros en 2025. Sin embargo, aún ven prematuro hablar del impacto de pedidos bloqueados, y citan como principales riesgos la subida del gas y de los fletes marítimos “por incrementos en los combustibles, cambios de rutas, y encarecimientos de los seguros”.
Algo mejor es el panorama para el sector electrointensivo. El director general de la patronal AEGE, Pedro González, recibió este martes la llamada del Ministerio de Industria para sondear la situación de los grandes consumidores de electricidad. Y la realidad es que el incremento de los precios de los futuros ha sido mucho menor al del gas, de alrededor del 10%.
González augura que el efecto estacionalidad actuará como un amortiguador para los precios, porque no será tan necesario recurrir al gas para generar electricidad gracias al fin del frío y al mayor peso de las renovables en el mix (la combinación de las distintas fuentes con que se produce electricidad). “Nos adentramos en la primavera, lo que tiene un efecto sobre la demanda porque desaparece el frío y el consumo energético residencial baja, reduciendo los precios. Además, empieza la aportación masiva de la solar fotovoltaica, que te garantiza durante muchas horas del día precios bajos. A ello se suma toda la aportación hidráulica acumulada por las lluvias en febrero, que debe tener un efecto positivo”, relata al teléfono. Esa tregua, sin embargo, tiene fecha de caducidad. “Si la guerra se enquista y llega el verano habrá problemas, porque los aprovisionamientos de gas están en mínimos, y hay que llenarlos para el invierno”.
La entidad, de la que forman parte firmas como Acerinox, ArcelorMittal o Alcoa, ha recibido con desconcierto lo sucedido. “Ha sido un shock. Aunque había runrún, la magnitud de lo ocurrido ha sido algo inesperado”, afirma González. Eso ha impedido que se contraten coberturas a tiempo, y ahora los costes de asegurarse precios fijos se han incrementado. “Estamos ante una deriva muy compleja, porque dices: ‘¿Cierro ahora una cobertura al doble de precio de la semana pasada? ¿Y qué pasa si esto se acaba en diez días, me trago el gas al doble de precio?“, relata el mandatario de la patronal.
Un comercio más lento y más caro
Esa dicotomía entre una guerra relámpago y una campaña de largo recorrido lo marca todo. Aunque el presidente estadounidense, Donald Trump, ha hablado de una operación destinada a terminar en cuatro o cinco semanas, nadie sabe a ciencia cierta cuánto durará la guerra. Jordi Espín, secretario general de SSC, la organización que agrupa a los importadores españoles, participó este miércoles en una reunión de crisis en Bruselas con otros importadores globales que se cuentan entre los mayores clientes de las navieras, encargadas del transporte de más del 80% del comercio mundial. “Se están aplicando recargos que llegan a 4.000 dólares por contenedor”, describe. Eso supone que los clientes de las navieras pagan el doble por sus contenedores que antes del ataque estadounidense.
Espín explica que la crisis está provocando otras complicaciones. En primer lugar, ha demostrado que la geolocalización de las mercancías que viajan a bordo tiene carencias, porque se basaba en modelos predictivos alimentados con inteligencia artificial que están fallando. Además, está causando un efecto dominó, porque al afectar a rutas por el estrecho de Ormuz, el mar Rojo y el canal de Suez, tres puntos clave para el comercio, otras se están congestionando. Y por último, está poniendo a prueba la llamada intermodalidad marítima y aérea, por la cual muchos productos viajaban de Asia a Oriente Próximo en barco y desde allí se trasladaban en aviones para ahorrarse un segundo tramo de navegación hasta Europa con más escalas y más congestionado.
“Los tramos conectados que eran eficientes ya no lo son. Hay muchas mercancías paradas por el cierre de espacios aéreos”, cuenta Espín durante una pausa del comité de crisis. El cóctel lo completa, cuando las mercancías tocan tierra, un transporte por carretera que ya está notando subidas en el precio de los combustibles, lo que implica gastos extra. “Si esto continúa, acabará repercutiendo en los usuarios. Si el lunes se acaba, todo puede volver a la normalidad”, contrapone Espín.
Carlos Cordón, profesor de Estrategia y Gestión de la Cadena de Suministro en la escuela de negocios suiza IMD, es algo más pesimista sobre el retorno a la normalidad en el transporte marítimo. “La línea de suministro va a ser más larga [la mayoría opta por rodear África por el Cabo de Buena Esperanza]. Y las tarifas van a subir, como el coste de los seguros. Aunque el conflicto se resuelva, va a mantenerse la incertidumbre sobre el paso de barcos en esa zona, y las navieras van a esperar hasta estar muy seguras de que no hay problemas para volver”, augura.
En su opinión, estas disrupciones implicarán la búsqueda de nuevas rutas marítimas y aéreas que unan Asia y Europa por zonas más seguras, como corredores a través de Turquía. Y otorgan ventajas a las compañías aéreas chinas, que no evitan el cielo ruso pese a la guerra en Ucrania. Los paradigmas de la globalización están cambiando desde hace poco más de un lustro. “Antes de la pandemia, si un fabricante de automóviles pedía una pieza, sabía con el 99% de probabilidades que iba a llegar. Ahora, la incertidumbre ha aumentado mucho sobre el cuándo y a qué coste, así que las empresas van a subir los inventarios”, resume.
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