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La montaña rusa del supermercado: por qué las familias sienten que los precios no dejan de subir aunque la inflación se frene

Los establecimientos cambiaron las etiquetas al doble de velocidad durante la crisis inflacionaria que siguió a la pandemia, según un estudio del Banco de España y el BCE

Supermercado El Jamón, en la localidad sevillana de Tomares. PACO PUENTES (EL PAÍS)

Ir a comprar al supermercado se convirtió entre 2021 y 2024 en una actividad sensible para el bolsillo y, sobre todo, en un desafío para la memoria. Durante décadas, los consumidores españoles vivieron en una balsa de aceite en la que las etiquetas de los estantes eran bastante estables. Pero la crisis inflacionaria rompió ese contrato no escrito al provocar que los precios aumentaran casi al doble de velocidad de lo que era habitual en tiempos de estabilidad.

Un reciente informe del Banco de España y el Banco Central Europeo, que analiza 190 millones de precios en diferentes países europeos, confirma lo que todos los hogares sospechaban en la cola del súper: las empresas empezaron a cambiar sus precios a una velocidad nunca vista, transformando la percepción del coste de la vida en una especie de inquietud colectiva que persiste a día de hoy, a pesar de que los datos macroeconómicos digan que lo peor ya ha pasado (la inflación en febrero, según el dato oficial divulgado este viernes, permaneció estable en el 2,3%). Según este análisis, en los momentos más duros de la crisis inflacionaria, se duplicó la probabilidad de que el consumidor encontrara un nuevo precio en cada visita al súper.

Los datos son abrumadores. Antes de la pandemia, solo el 8% de los productos en la eurozona cambiaba de precio cada mes. En 2022, esa cifra saltó al 12% y llegó a rozar el 16% a principios de 2023. En España, el ritmo de cambio aumentó en 4,2 puntos porcentuales, alineándose con el frenesí del resto del continente. Las empresas pasaron de un modelo de “calendario” —revisar precios primordialmente en enero— a un modelo “dependiente del Estado”, es decir, que en cuanto el coste de la electricidad o el gas daba un susto, la etiqueta del lineal se movía en tiempo real. José Emilio Boscá, investigador de Fedea, explica que, a diferencia de otras crisis donde los precios suben y bajan rápido, el encarecimiento de la energía —el motor de todo este proceso— tuvo un impacto de largo alcance. Es decir, que cuando el petróleo o el gas subían, tardaban mucho tiempo en volver a su nivel original, lo que condicionaba el ajuste final en los lineales de los supermercados.

Para entender los constantes cambios en las estanterías, el economista Manuel Hidalgo pone énfasis en los llamados costes de menú, que son los gastos económicos (por ejemplo, de reetiquetado) y de tiempo en los que incurren las empresas al modificar los precios de sus productos o servicios. Tradicionalmente, cambiar un precio es algo caro para las empresas; por eso suelen preferir asumir pequeñas subidas de sus costes antes que molestar al cliente o gastar dinero en la logística del cambio. Sin embargo, durante los años de crisis inflacionaria, la escalada fue tan intensa que esa resistencia a retocar tarifas prácticamente desapareció. El encarecimiento de la energía y de las materias primas se prolongó tanto que muchos negocios se vieron obligados a revisar sus precios una y otra vez.

El comportamiento de las empresas no fue inocuo. Los modelos del Banco de España sugieren que esta agilidad en los cambios de etiqueta le sumó un punto porcentual extra al pico de la inflación. Y a cambio, el tejido empresarial no se desangró.

Los lineales españoles

Aunque las empresas españolas fueron tan rápidas como las alemanas o las francesas en cambiar sus precios, la inflación final aquí se mantuvo por debajo de la media europea en 2022, el momento más duro de la crisis de precios. En ese año, el IPC se situó en el 5,6% en términos armonizados, frente al 9,2% del conjunto del área monetaria, lo que dejó a España 3,6 puntos por debajo de la media. Hidalgo achaca esta diferencia a tres factores: la menor dependencia del gas ruso gracias a la “excepción ibérica”, una mayor responsabilidad de los trabajadores que evitaron una espiral de salarios y una competencia feroz en los supermercados. “En España, la distribución alimentaria es tan competitiva que, si te pasas subiendo el precio, el cliente se te va al súper de enfrente al día siguiente”, señala el economista. En su opinión, esta presión obligó a las cadenas a absorber parte de los costes con sus márgenes, actuando como un dique de contención.

El año 2024 marcó el inicio del fin de este frenesí, aunque el aterrizaje está siendo desigual y cargado de matices. Mientras que las etiquetas de los alimentos y los bienes industriales han recuperado su dinámica habitual de ajustes de precios, en el sector servicios los precios han seguido moviéndose a un ritmo dos puntos porcentuales por encima de su media histórica, reflejando el impacto tardío pero persistente de las presiones salariales y los efectos de segunda vuelta.

Pero si la inflación ya se ha moderado y las empresas han vuelto poco a poco a sus ritmos normales de cambio, ¿por qué los ciudadanos siguen teniendo la sensación de que sus bolsillos se desangran cada vez que pasan por caja? Aquí es donde entra el factor psicológico y lo que Hidalgo define como un comportamiento “anecdótico pero generalizador”.

El consumidor no analiza el IPC medio, pero sí recuerda el encarecimiento de los huevos, del aceite de oliva y, más recientemente, del café y el chocolate. Estos productos han variado de precio por circunstancias muy concretas, como la gripe aviar; la sequía que destrozó los campos españoles; o las malas cosechas del cacao en Costa de Marfil y Ghana. “El problema es que, aunque el resto de los 5.000 productos que componen la cesta de la compra se hayan estabilizado, el cerebro humano se queda con la subida del producto que usa a diario y ahora mismo los consumidores tienen un trauma tras haber gozado de dos décadas de estabilidad absoluta”, insiste Hidalgo.

A ello se suma lo que los economistas denominan la “paradoja del sentimiento del consumidor”, que es básicamente, la brecha entre indicadores macroeconómicos sólidos y un sentimiento negativo por parte de los hogares. Un reciente informe de Funcas señala al respecto que el “impacto acumulado en los precios puede deprimir la confianza mucho después de que la tasa de inflación haya bajado, ya que las personas se anclan en los precios prepandemia de productos esenciales como alimentos, alquiler y energía”.

Incluso sectores que parecen ajenos a la cesta básica, como la joyería o los relojes, están alimentando esta sensación de carestía perpetua. En el último año, estos artículos se han colado entre los que más suben debido al precio del oro, que se ha multiplicado por la incertidumbre geopolítica internacional. Los bancos centrales compran oro para protegerse de las turbulencias internacionales y, de rebote, el anillo que alguien quería llevar a arreglar en su barrio cuesta hoy el doble que hace dos años.

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