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Los gigantes tecnológicos exhiben su apabullante poderío en Davos

Figuras como Musk o los dirigentes de Microsoft y Nvidia desfilan en un Foro Económico Mundial que constata el inquietante alcance de los titanes de la tecnología

Desde hace más de un siglo, grandes conglomerados empresariales privados -fuera Standard Oil, East India Company u otros- disponen de un enorme poder de influencia sobre las sociedades e incluso sobre los poderes públicos. Pero cabe argumentar que el poderío acumulado hoy por los titanes tecnológicos les concede un papel sin parangón en la historia. Líderes como Elon Musk (Tesla, SpaceX, X), Satya Nadella (Microsoft), Jensen Huang (Nvidia) o Alex Karp (Palantir) acudieron la semana pasada a Davos en un desfile que, visto en conjunto, fue una exhibición de poderío apabullante.

La exhibición no se fundamenta necesariamente en el estilo de comunicación de los líderes de esos titanes. Huang y Nadella, por ejemplo, tienden a un desarrollo discursivo reflexivo y moderado, e incluso el hiperbólico Musk estuvo relativamente contenido en su conversación con Larry Fink (BlackRock) en el escenario principal de Davos. Pero la exhibición del poderío resulta evidente en los argumentarios, en conexión con los datos.

Los datos dicen, por ejemplo, que Nvidia tiene una capitalización bursátil parecida al PIB de Alemania; empresas como Microsoft, Google, Meta o Amazon conectan con miles de millones de personas, sobre las cuales recopilan datos y proyectan una influencia intelectual asombrosa; además, disponen cada vez más de activos materiales estratégicos, no solo productos como los microchips de Nvidia, sino centros y nubes de datos cruciales en este tiempo. Empresas como Palantir desarrollan las claves neurálgicas de las futuras capacidad de la industria de la defensa.

Y los argumentarios señalaron esa asombrosa -e inquietante- ambición y capacidad transformadora. Musk observó que el objetivo general de sus empresas es “maximizar la probabilidad de que la civilización tenga un gran futuro”. En relación con SpaceX, dijo que la misión de la compañía está anclada en la asunción de que la vida y la conciencia son una minúscula vela en la oscuridad. “Tenemos que hacer lo posible para asegurar que la luz de la conciencia no se extinga”, dijo Musk, quien definió el trabajo sobre la IA y la robótica como “el camino hacia la abundancia”.

Argumentos visionarios de esa índole van de la mano con una acción terrenal crudísima. Musk -la persona más rica del mundo, que acaba de asegurarse en Tesla un plan de retribución que puede reportarle un billón en una década, equivalente al PIB de un país como Polonia-, fue una pieza clave en el regreso al poder de Donald Trump, por vía de donaciones y sobre todo del uso de la plataforma X como una máquina de distorsión de la realidad en favor del magnate.

Pero, en un símbolo del poderío de las grandes tecnológicas, Musk ha protagonizado posteriormente una ruptura con el presidente, y en el escenario de Davos no tuvo reparos en criticar su política arancelaria y energética, señalando que la solar es el futuro y que los aranceles impuestos a los paneles solares chinos complican el desarrollo. En un ejemplo de la mezcla entre lo terrenal y lo sideral, Musk apuntó que, a su juicio, los centros de datos de IA en el espacio, donde la luz es constante y el enfriamiento eficiente, podría convertirse en económicamente viable en pocos años. La cuestión energética ha sido central en todas las intervenciones del sector. “Pronto llegaremos a tener más chips de los que podemos alimentar”, dijo.

Musk también se mofó de la Junta de la Paz que presentó Trump en Davos. Jugando con el mismo sonido de las palabras “peace” (paz) y “piece” (pedazo) en inglés, Musk bromeó acerca de si era una Junta de “peace”, o si era más bien de “piece” de Groenlandia, ya que Trump se refirió a la gigantesca isla ártica como un simple pedazo de hielo.

La escasa disposición a criticar es elocuente dentro de un panorama estadounidense que Zanny Minton-Beddoes, directora de The Economist, definió como “clima de miedo” en una conversación con Jamie Dimon (JP Morgan). “Me llama la atención la reticencia de los CEO en EE UU a decir cualquier cosa crítica. Usted está entre los ejecutivos más claros a la hora de hablar, pero es muy prudente con Trump. Hay un clima de miedo en su país. ¿Está de acuerdo? ¿Qué habría que hacer al respecto?”, preguntó la periodista, arrancando aplausos.

Dimon respondió con lo que pareció un punto de irritación: “Esta es la élite intelectual de Davos. Yo he venido aquí estos años, escuchando conversaciones. No han hecho un gran servicio para hacer del mundo un lugar mejor. Yo quiero una OTAN más fuerte, una Europa más fuerte. Algunas de las cosas que hace Trump van en esa dirección, otras no. No estoy a favor de aranceles; creo que deberían cambiar en materia de inmigración. Lo he dicho. ¡Qué diablos más quieres que diga!”. Esto fue el miércoles. El jueves se supo que Trump demandó a Dimon y JP Morgan por valor de 4.300 millones de euros por retirarle sus servicios financieros por razones políticas.

Huang, con un estilo completamente diferente al de Musk, es otro ejemplo de la inmensa fuerza de estas titánicas empresas tecnológicas. El líder de Nvidia ha conseguido persuadir a la Administración Trump de dar marcha atrás en la restricción de las exportaciones de ciertos tipos de microchips a China, un asunto central en el pulso geopolítico entre Washington y Pekín.

Huang también pronunció palabras que hacen vislumbrar la dimensión histórica de la revolución tecnológica -y, por ende, el poderío de quienes la lideran-. Huang sostuvo que el desarrollo de la IA ha desencadenado “el mayor desarrollo de infraestructuras de la historia de la humanidad”. El líder de Nvidia exhortó a entender la IA con un marco visual mucho más amplio del foco en los modelos de lenguaje, a través de un prisma periscópico de cinco capas: energía, chips, nubes, el modelo de la IA en sí mismo, y las aplicaciones.

Huang adoptó una postura optimista, alegando que muchas de esas capas están creando empleos y/o mejorando sueldos. Y sostuvo además que si Europa consigue combinar adecuadamente la IA con su extraordinaria base industrial podría dar un salto adelante, especialmente en la aplicación de la robótica, y dejando atrás los inconvenientes de su retraso en materia de softwares.

El optimismo de Huang en materia de impacto de la IA en los mercados laborales no fue sin embargo compartido por Kristalina Georgieva, directora gerente del FMI, quien en el gran panel económico de Davos manifestó su alerta acerca de efectos indeseados, por ejemplo en la destrucción de empleos de entrada al mercado laboral, que son la vía de acceso de los jóvenes al mercado.

Karp, CEO de Palantir, también transmitió una mirada luminosa sobre la IA. El ejecutivo sostuvo que “habrá empleos más que suficientes para los ciudadanos de una nación, especialmente aquellos con formación profesional”.

La parte fundamental de su conversación pública en Davos, sin embargo, tuvo que ver con los desarrollos de Palantir en el ámbito militar. La compañía dispone de un contrato consolidado con el Pentágono por valor de 10.000 millones de dólares. Lo relevante no es el tamaño, sino el contenido. Grandes compañías armamentísticas proveen a las Fuerzas Armadas con sistemas muy sofisticados y letales por un coste muy elevado. Pero Palantir suministra algo más sensible: softwares e IA que procesan datos de amplio espectro para orientar el funcionamiento de una máquina de guerra como el Pentágono. Una muestra más del asombroso -e inquietante- poderío de los titanes tecnológicos contemporáneos.

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