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La rebelión de Powell descoloca a Trump

El presidente de la Reserva Federal responde ante las amenazas judiciales de la Administración. Se plantea proseguir en la junta de gobernadores para defender la independencia de la institución

Durante meses Jerome Powell se mantuvo estoico ante los ataques furibundos de Donald Trump. De figura quijotesca, enjuto, anodino y serio, el presidente de la Reserva Federal ha dicho basta. Está decidido a plantar cara para defender la independencia de la institución que dirige. El pasado domingo publicó un insólito video para denunciar que la fiscalía, dependiente del Departamento de Justicia, le ha abierto una investigación penal. La achacó a su negativa a doblegarse a la voluntad del presidente de Estados Unidos. Powell se ha rebelado. Su caso trasciende lo económico para situarse en lo político. Es un debate sobre los límites del poder presidencial que pone a prueba los controles sobre su autoridad: el Congreso y los mercados.

La paciencia de Powell se agotó a mediados de diciembre. El Departamento de Justicia envió unos requerimientos de información sobre su intervención en el Senado durante el verano para detallar los sobrecostes de la remodelación de la sede de la Fed. El edificio Marrimer S. Eccles está situado a unos pocos cientos de metros de La Casa Blanca. Fue erigido en 1930 y desde entonces nunca había sido objeto de reforma. Las instalaciones estaban viejas, deterioradas y llenas de parches para actualizar las dependencias del viejo inmueble. Powell decidió emprender una ambiciosa reforma justo antes de la pandemia. Las obras se vieron afectadas por la covid, la crisis de precios posterior y el corte de la cadena de suministro. El proyecto original se amplió cuando se añadió un corredor para conectar los edificios administrativos aledaños con el principal. Y un gran aparcamiento subterráneo para los cerca de 1.500 trabajadores de la institución. El presupuesto original de 1.800 millones de dólares se disparó hasta los 2.500 millones, algo habitual en todas las remodelaciones de edificios públicos.

Powell, nacido hace 72 años en Washington, era hace dos décadas un republicano declarado. Sin embargo, fue designado para la junta de la Fed en 2011 por la Administración de Barack Obama. Había forjado su carrera siguiendo la estela de la élite acomodada, estudios en Princeton y Georgetown, trabajo en un despacho privado de abogados, hasta que le ofrecieron ser secretario de Finanzas Públicas bajo el gobierno del primer George Bush. Vuelta al sector privado, donde colaboró con organizaciones bipartidistas ofreciendo su punto de vista ortodoxo. Aunque Jay, como se le conoce popularmente, se declaraba conservador, es centrista y defensor de la institucionalidad, que ahora ve amenazada.

Fue Trump quien lo nombró gobernador durante su primer mandato en la Casa Blanca en 2018. Su designación fue sorprendente y recibió críticas por no tener un gran currículo académico, como sus predecesores. Pronto, Trump no tardó en darse cuenta de que había cometido un error y de que Powell no iba a seguir sus designios al pie de la letra. Cuando empezaron los primeros síntomas de recalentamiento de la economía en 2019, subió los tipos. Y aunque tardó en reaccionar a la crisis inflacionaria ha logrado aterrizar los precios sin causar grandes estragos, al contrario que en épocas pasadas.

El presidente de la Fed lleva meses aguantando insultos del presidente republicano: “Es idiota”, “es imbécil o corrupto”, “es una mula testaruda”, “lento o retrasado”, “¿quién es nuestro mayor enemigo, Jay Powell o el presidente Xi?”. Y amenazas: “Me encantaría despedirle”. Ha aguantado esos menosprecios y presiones sin rechistar. Nunca se le vio un gesto. Ni siquiera cuando el antiguo promotor inmobiliario reconvertido a político visitó las obras de remodelación de la Reserva Federal para echarle en cara los sobrecostes. Powell le corrigió elegantemente cuando Trump exageró las cifras.

Trump lleva desde el inicio de su segundo mandato presionando a Powell para que renuncie. Amenazó con despedirlo, pero los abogados de la Casa Blanca le advirtieron de las complicaciones legales. Entonces, puso el foco en otro de los miembros de la junta de gobernadores que más resistencia ha puesto a cumplir con sus exigencias, Lisa Cook. La acusó, sin pruebas, de cometer irregularidades al firmar una hipoteca para beneficiarse de mejores condiciones financieras. Trató de despedirla, pero los tribunales no le siguieron el juego. El caso llegó al Tribunal Supremo, que prevé pronunciarse esta semana sobre la autoridad del presidente para tomar este tipo de decisiones en un organismo autónomo, que solo depende del Congreso. La decisión de la Corte será decisiva para delimitar el poder presidencial.

Línea roja

Cuando Powell recibió en diciembre el requerimiento del Departamento de Justicia supo que había llegado el momento de actuar. Podía haber esquivado el envite con una respuesta formal de colaboración, pero consideró que se había cruzado una línea roja. Decidió no responder a las amenazas de la fiscal del distrito de Washington, Jeanine Pirro, una exjurista y exestrella de la televisión en el canal conservador Fox, que Trump sumó a su causa hace unos meses.

Pirro ha asegurado que no recibió órdenes, pero es una declarada trumpista. Unos días antes de que la fiscalía presentara la demanda penal contra Powell, el presidente estadounidense comentó ante un grupo de fiscales que tenían que ser más duros y rápidos en los procesos judiciales contra sus enemigos.

Para la opinión pública, Powell parece un personaje anodino y con poca iniciativa, pero en realidad es una figura compleja, con más aristas y profundidad de la que advirtieron sus enemigos. Desde que fue nombrado presidente de la Fed se dedicó a cultivar relaciones en el Congreso de Estados Unidos, entre los inversores y banqueros. De tal forma que cuando recibió la citación de la fiscalía ya tenía una lista de apoyos. Antes de publicar el video desafiando a Trump calibró sus posibilidades. “La amenaza de cargos penales se debe a que la Reserva Federal establece los tipos de interés con base en nuestra mejor evaluación de lo que beneficiará al interés general, en lugar de seguir las preferencias del presidente”, pronunció el pasado domingo en un claro contraataque contra la campaña de acoso de la Casa Blanca.

La reacción no se hizo esperar. El influyente senador republicano Thom Tillis, miembro del Comité Bancario del Senado, donde se votan los asuntos de la Fed, cargó contra la intromisión de la Casa Blanca y prometió bloquear a todos los candidatos a la Fed hasta que finalice la investigación penal. Otros republicanos como Lisa Murkowski, senadora por Alaska, y John Kennedy, por Luisiana, han criticado la semana pasada el acoso al que están sometiendo a Powell. Incluso el líder de la mayoría republicana en el Senado, John Thune, aseguró: “Esto debe resolverse rápidamente, porque la independencia de la Fed para definir la política monetaria del país es algo que debemos garantizar que continúe sin interferencia política”.

Los tres expresidentes vivos de la Reserva Federal, Alan Greenspan, Ben Bernanke y Janet Yellen, firmaron la semana pasada junto a otra decena de prestigiosos economistas, secretarios del Tesoro y altos cargos con administraciones de ambos partidos, una declaración en defensa de Powell. También recibió el respaldo de los principales banqueros centrales del mundo encabezados por Christine Lagarde, del Banco Central Europeo (BCE).

La Reserva Federal es una agencia independiente que opera bajo la supervisión del Congreso y la mirada inquisidora de los mercados financieros. Con las declaraciones de Tillis y el resto de congresistas republicanos no parece fácil que Trump vaya a salirse con la suya. Pero los mercados también hablaron. O mejor dicho, lo hicieron sus señores. Jamie Dimon, el banquero más influyente de Wall Street, presidente de JP Morgan, aseguró la semana pasada: “Todos nuestros conocidos creen en la independencia de la Fed. Cualquier cosa que la erosione probablemente no sea una buena idea”. Otros directivos bancarios respondieron de forma semejante defendiendo la independencia del organismo que decide el destino de los tipos de interés. “La independencia de la Fed a la hora de fijar la política monetaria sigue siendo de vital importancia para los mercados”, apuntó esta semana Dan Ivascyn, responsable de inversiones de Pimco, la mayor gestora de renta fija del mundo.

La reacción contra el acoso a Powell ha descolocado a Trump. El secretario del Tesoro, Scott Bessent, le advirtió de las consecuencias en los mercados y de que la reacción complicaría los nombramientos de los gobernadores en el Senado. Trump asegura que él no sabía nada de la demanda. Ha tratado de echarse a un lado. Pero dos días después volvió a insultar a Powell. “No tengo motivos” para despedirlo, dijo en una entrevista en Reuters esta semana. “Ahora mismo, estamos en una especie de espera con él, y vamos a determinar qué hacer. Pero no puedo entrar en detalles. Es demasiado pronto. Demasiado pronto”, cuando los periodistas le preguntaron si se planteaba prescindir de él.

Trump quiere controlar la Comisión Federal del Mercado Abierto (FOMC), el organismo dentro de la Fed, que decide sobre los tipos de interés. Está formado por siete miembros de la junta de gobernadores y cinco de los 12 gobernadores de los bancos centrales regionales. El presidente estadounidense, de momento, solo controla directamente a uno de los 12 integrantes del FOMC, aunque ha nombrado a otros dos. El caballo de Troya es Stephen Miran, un funcionario de la Casa Blanca, nombrado por Trump, que ya ha dejado clara su disconformidad con la política monetaria de Powell.

El secretario del Tesoro confiaba que con la salida de Powell podría controlar a otros dos. El mandato de Powell como presidente termina en mayo, pero es miembro de la junta de gobernadores hasta 2028. La tradición dice que cuando se abandona la presidencia lo habitual es renunciar a la junta, pero el acoso de Trump y las hostilidades judiciales están haciendo que Powell se replantee su continuidad. De seguir, podría liderar un bloque de oposición contra el próximo presidente de la FED. Si sale, deja un hueco libre para que la Casa Blanca gane influencia en la cúpula del organismo.

Precisamente ese es otro de los asuntos pendientes. En las próximas semanas Trump debe nombrar al sustituto de Powell. El frente que se le ha abierto en el Senado tras la investigación penal abierta por Pirro le complica el nombramiento. Hasta ahora el favorito era Kevin Hasset, jefe de los asesores económicos de la Casa Blanca, pero se le considera demasiado leal y falto de independencia para que pueda superar la nominación del Capitolio.

Hace tan solo unos días era el favorito, pero la investigación judicial ha limitado sus opciones. El pasado viernes, Trump pareció descartarlo. En un acto público, el presidente alabó a Hasset y dijo: “En realidad, quiero que se quede donde está, si quiere saber la verdad”. Y le dijo: “Te perdería. Me preocupa mucho”.

La frase hace subir las opciones del otro Kevin, Warsh, economista, de 55 años, que ya trabajó en la junta de gobernadores de la Reserva Federal entre 2006 y 2011. “Los dos Kevins son muy buenos”, dijo Trump a Reuters. “También hay otras personas buenas, pero anunciaré algo en las próximas semanas”.

En cualquier caso, el presidente de Estados Unidos parece dispuesto a salirse con la suya. En la entrevista a Reuters aseguró: “Un presidente debería tener algo que decir” sobre la dirección de la Reserva Federal. “Gané mucho dinero con los negocios, así que creo que lo entiendo mejor que demasiado lento Jerome Powell”. Lo que no parece entender es que los mercados aún tendrán que dictar sentencia.

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Sobre la firma

Jesús Sérvulo González
Corresponsal en Washington. Ha sido redactor jefe de Economía y Negocios. Antes, contó las consecuencias de la crisis financiera y de los años de los ajustes presupuestarios. Aprendió el oficio durante su paso por la información local de Madrid.
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