Alergia al apocalipsis
Está visto que este país necesita de vez en cuando alguna catarsis que le saque del marasmo. Ya ocurrió así en el 81, cuando los políticos parecían habitar un gallinero, los militares conspiraban y hasta el propio Rey era increpado en la Casa de Juntas de Gernika. Entonces ocurrió, decía. Podía haber sido un drama, con noche de cuchillos largos incluida, pero se quedó en caída de los generales y en una catarsis ciudadana poscanguelo que obró milagros: los batasunos regresaron en sus pateras y con el rabo entre las piernas, los militares se olvidaron de Pavía haciéndose otanistas de toda la vida, y los líderes políticos empezaron a sonreírse unos a otros como si fueran patriarcas de lander alemanes. Ahora ha sucedido algo parecido. Hemos pasado dos años y medio subidos en una montaña rusa, agitada desde la cabina de mandos por dos influyentes directores de medios de comunicación, en la que los sobresaltos se sucedían al compás de la canción de moda "Váyase, señor González". Vivíamos en el apocalipsis permanente: la economía se desmoronaba, los separatistas catalanes chantajeaban al Estado a través de un pacto contra natura y contra el interés de los sojuzgados españoles.Pero hete aquí que de nuevo nos cae la salvífica catarsis, esta vez de forma menos sobrecogedora, de la mejor manera posible: democráticamente. Lo que podía temerse -una victoria arrasadora de la derecha (¿centro?) que desatara los peores demonios del nacionalismo español y el liberalismo económico desaforado- no sucedió, y el ensalmo colectivo ha vuelto a producirse: los que ayer eran feroces dobermans, hoy son dignos vencedores, los que eran corruptos y asesinos se han convertido en una leal oposición, la economía no parece ir tan mal, el caso GAL suena a rancia teleserie de Colombo, lo que antes era una intolerable coacción al Estado de la sanguijuela catalana se ha convertido en pacto responsable.
¿Será posible seguir en este bendito nirvana por lo menos durante cuatro años y completar una legislatura medianamente civilizada? Los estadistas también se demuestran en la oposición y ahora Felipe González tiene una espléndida ocasión para refrendarlo: que incordie como es obligación, pero que deje gobernar. Los alérgicos al apocalipsis le quedaríamos eternamente agradecidos.-
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