Joan Laporta, de profesión presidente del Barça: dimitirá el lunes para afrontar una campaña en la que sale como claro favorito
Instinto o intuición, el todavía máximo mandatario del club siempre se ha definido por su valentía y capacidad para dar con una propuesta deportiva ganadora. Ha convocado elecciones para marzo


No hace falta saber cuánto pesa Joan Laporta porque los kilos nunca han limitado su excelente cintura, acostumbrado a caer de pie, tan dichoso de poder ser el presidente del Barça que seguramente querría que el cargo fuera vitalicio, convencido como está de ganar siempre las elecciones, también las próximas a celebrar el 15 de marzo en la explanada del Camp Nou. Vive por y para el Barça. Una dedicación plena no retribuida para un abogado del despacho Laporta&Arbos Advocats Associats. Ahora no tiene más remedio que dimitir por unos días, poco más de un mes a partir del lunes 9, para volver a ser candidato, un perfil que también domina muy bien porque se trata de demostrar que nadie sabe y entiende más del Barça. No piensan igual los demás aspirantes, que son Víctor Font, Marc Ciria y Xavier Vilajoana, cuyas aspiraciones pasan por una movilización social que compita con el voto fidelizado por Laporta.
A más candidatos y menos campaña y participación, mejor para Laporta, claro favorito y el único presidente que ha agotado su mandato desde que se votó por sufragio universal en 1978. Josep Lluís Núñez, Joan Gaspart, Sandro Rosell y Josep Maria Bartomeu dimitieron mientras que Laporta gobernó de 2003 hasta 2010 y ahora se dispone a llegar hasta 2031 después de volver a ganar en 2021. Si se tiene en cuenta además que ningún presidente ha perdido una reelección, Laporta totalizaría 17 años en el cargo por los 22 en los que estuvo Núñez, que convivió con Jordi Pujol como presidente de la Generalitat (23 años) y con Pasqual Maragall en calidad de alcalde de Barcelona (15). Pujol fue considerado por definición un hombre de país y Maragall, un hombre de ciudad; Laporta es un hombre de club, el FC Barcelona.
Aunque acabarán por caer también los logos solidarios que dan fe del més que un club, la fuerza simbólica y deportiva del Barça no solo se mantiene en tiempos difíciles para las instituciones más emblemáticas de Cataluña, sino que se impone como un valor de autenticidad a partir del mensaje de Laporta: se puede ser campeón y construir un estadio sin tener un céntimo y compitiendo “contra todos y contra todo”. “A pesar de todos sus defectos, yo le votaré”, confiesa un exdirecivo en contraste con quienes no piensan participar en los comicios, ni a favor ni en contra, y prefieren aguardar la suerte que pueda correr Laporta.
El hasta ahora presidente se ofrece como el mejor interlocutor para defender la independencia del club frente a los poderes fácticos —mediáticos, políticos y económicos— y, por supuesto, para combatir al Madrid. El carisma se impone a las dudas que presenta su método, propio de los mandatarios populistas, hasta el punto de que, a efectos barcelonistas, Laporta muy bien podría ser una especie de Robin Hood sin dejar de ser Braveheart por su capacidad para transformarse sin perder personalidad.
Ante clubes poderosos, frente a inversores multimillonarios y contra organizaciones podridas, Laporta encuentra la manera, los resquicios o las artimañas para sostener la singularidad y operatividad del Barça. El club actúa como una empresa familiar en la que las soluciones se explican si hace falta con eufemismos —las palancas— o gestos —una butifarra—. Quizá porque aquel presidente antisistema aprendió a manejar el sistema, Laporta sabe afirmarse como se vio en el partido del 25 de enero ante el Oviedo. Un imponente aguacero con pedrisco provocó la huida masiva de los espectadores sorprendidos en un estadio sin techo, a medio hacer, después de dos años de exilio a Montjuïc. Nadie se quejó ni atrevió a cuestionar las obras de Limak porque Laporta aguantó la lluvia sin paraguas ni chubasquero en el palco del Camp Nou.

Instinto o intuición, el presidente siempre se ha definido por su valentía y capacidad de improvisar o de no preocuparse, ni siquiera hasta el último momento de completar el aval del 15 % del presupuesto para ser proclamado presidente en las últimas elecciones de 2021 —ahora ya no es necesario—. Laporta siempre encontró a quien le rescatara en los momentos de apuro, sobre todo económico, que es la hipoteca que condiciona la vida del Barça. El New York Times publicó que es el club más endeudado en la historia del fútbol con 2.500 millones, cantidad suficiente para pensar que los socios pueden dejar de ser los propietarios del club si actúan los acreedores encabezados por Goldman Sachs.
Hay quien piensa, por contra, que ninguno de los fondos de inversión que prestó su dinero irá en contra del mayor activo de la entidad, el que justificó precisamente su apuesta, y menos cuando es el segundo club que más ingresa con 975 millones después del Madrid con 1.162 millones. No pasa lo mismo con los gastos y hay dudas sobre el pago de algunas comisiones y formalización de contratos por el modus operandi de Laporta.
Algunos analistas sostienen que acusar al presidente de una posible quiebra es un argumento que tiene difícil recorrido electoral porque los barcelonistas saben que fue Laporta quien levantó precisamente al club de la ruina en dos ocasiones, después de los mandatos de Gaspart y de Bartomeu. Además, ninguna supuso un coste económico para los socios —los abonados pudieron recurrir incluso a una excedencia mientras no se pudo jugar en el Camp Nou. Si la pelota entra, nada parece penalizar a Laporta, como si estuviera inmunizado o ya hubiera pagado por sus errores: sobrevivió a una moción de censura (2008) y a una acción de responsabilidad (2010) al mismo tiempo que perdía las elecciones de 2015 después de que el equipo de Luis Enrique lograra la Copa, la Liga y la Champions.
Aquel triplete entronizó incluso a una figura hoy tan denostada como la de Bartomeu. El éxito deportivo ha sido y es la garantía de Laporta, capaz de reinar incluso después de despedir a Messi, el mismo que en 2021 había votado por vez primera como socio del Barça y del que no se sabe si ahora jugará algún papel en las elecciones. La llorada partida del 10 explica los cambios de guion y de palabra del hasta ahora presidente: de una renovación acordada y un pacto con Javier Tebas, presidente de la Liga, se pasó a una alianza con Florentino Pérez y la apuesta por la Superliga. Hoy, cinco años después, las cosas han vuelto a cambiar y los entonces aliados son enemigos y las malas compañías se han convertido en amigos necesarios “para el bien del Barça”, como sostiene siempre Laporta.

También en 2021 presumía de un club con un excelente organigrama profesional, dirigido por el CEO Ferran Reverter, y vicepresidentes reconocidos en la sociedad civil de Cataluña. Reverter se fue al cabo de siete meses y progresivamente se han contado hasta 27 salidas entre ejecutivos y directivos. Las decisiones quedan en manos del presidente, único para simplificar las negociaciones, pues nadie se maneja menor con la agenda y también con la incertidumbre, , y de sus dos personas de máxima confianza, Manana Giorgadze y su excuñado Alejandro Echevarría.
La maquinaria parece tan bien engrasada que, a diferencia de elecciones anteriores, Laporta no necesitará de fichajes ni de trucos para defender su condición de favorito ante unos adversarios que, precisamente, recuerdan en contrapartida cómo la candidatura del hasta ahora presidente se impuso por sorpresa en los comicios de 2003 porque la intención de voto era muy pobre hasta que apareció el señuelo de Beckham, hoy curiosamente asociado a Messi en Miami. Laporta focaliza su vida en la presidencia del Barcelona, después de un tiempo poco propicio para los negocios —el caso Reus, por ejemplo, sigue en los juzgados— y del paso incluso por la política —fue diputado independentista en el Parlament de Catalunya y regidor del ayuntamiento de Barcelona antes del procés—.
Laporta siente de alguna manera que ha salvado al Barça con su arrojo en un momento de máxima dificultad y muchas deserciones por la crítica situación del club, tal que fuera Joan Gamper, y ahora toca generar las mejores condiciones para poner al equipo de Hansi Flick en la senda abierta por Frank Rijkaard y Pep Guardiola. El acierto en la apuesta por el equipo y La Masia y el valor por emprender la construcción del nuevo Camp Nou le han impermeabilizado hasta ahora de la crítica ante unas elecciones que más que un ajuste de cuentas se presentan como muy presidencialistas: los kilos que pesa Laporta, por tanto, son signo de salud o motivo de preocupación, nunca de indiferencia.
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