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Unos Juegos en los Dolomitas para encontrar estrellas en la nieve

La cita olímpica de Milán-Cortina que se abre hoy en San Siro, laboratorio del COI para dar vuelo a los grandes campeones del invierno: Malinin, Vonn, Klaebo, Chloe, Odermatt…

Juegos en los Dolomitas

Cuando, poco después de las 20.00 del viernes, Alberto Tomba, un dios de los viejos tiempos, prenda la llama en el pebetero del Arco della Pace, en el parque Sempione de Milán, al mismo tiempo que la histórica Deborah Compagnoni enciende el fuego en la plaza Dibona de Cortina d’Ampezzo, un dios adolescente ocupará su lugar como símbolo todopoderoso de los Juegos Olímpicos de Invierno que comienzan.

Para él, el norteamericano Ilia Malinin, de nombre y padres rusos, y revolucionaria y osada es su interpretación del lírico, todo flow, patinaje artístico, y para toda su generación de deportistas y aficionados, el Comité Olímpico Internacional (COI) ha diseñado un modelo ultratecnológico de transmisión de las imágenes que, bajo el lema, “lo importante es el storytelling (la narración de historias)”, les convierte en la práctica en creadores de contenido para dar atractivo a las 1.000 horas de emisiones en directo previstas (40 días con sus 40 noches, y unas cuantas horas más) y las 5.000 de repeticiones, highlights, reportajes y contenido relacionado. Usarán drones de visión personal para las pruebas de velocidad sobre el hielo, trineo, skeleton y bobsleigh, repeticiones con multicámaras y estroboscópicas de saltos de patinadores y trucos de acróbatas con snowboard o esquíes, y un chip en la piedra del curling dirá a qué velocidad se desliza y gira sobre su eje, y hasta cuánto barren por delante. Y, para remachar, hasta emitirá algunas competiciones en formato vertical 9:16, directamente a los TikTok o Instagram de los teléfonos. Y todo ello será posible gracias a la nube china de Alibaba, tan poderosa o más que las occidentales de Amazon, Microsoft o Google, y al generoso uso de IA para construirlos.

Más que aggiornamento, el venerable COI de Pierre de Coubertin, ha emprendido, bajo la presidencia de Kirsty Coventry y las directrices de su todopoderosa división de marketing, una operación sorpasso hacia la vanguardia guiada por la filosofía proclamado por Coventry en la 145ª Sesión del COI, celebrada esta semana en La Scala: “Tenemos que asegurarnos de que los Juegos sigan siendo una fuente de inspiración para los jóvenes de todo el mundo, que reflejen sus valores, su sentido de la autenticidad y su búsqueda de algo genuino. Esto significa encontrar el equilibrio adecuado entre tradición e innovación, entre estabilidad y flexibilidad. Significa que debemos mirar nuestros deportes, disciplinas y eventos con una nueva perspectiva, para asegurarnos de que evolucionamos con los tiempos”.

Todo ello se ensayará en un certamen que pese a desarrollarse en nada menos que cuatro sedes —Milán y Livigno-Stelvio, en Lombardía; Predazzo, en Trentino, y Cortina en el Véneto, a 415 kilómetros de la gran urbe milanesa, y tres Villas Olímpicas, lo que obligará a un desfile inaugural simultáneo en cuatro ciudades —el estadio de San Siro, en Milán; la gran plaza de Cortina, el Snow Park a orillas del lago de Livigno, y los viejos trampolines de salto de Predazzo—, y a dos pebeteros para la llama, no deja de ser una versión reducida del gran espectáculo de los Juegos de Verano. Reducido es su alcance tanto geográfico –92 países solamente, y solo ocho africanos—como humano, con menos de 3.000 deportistas, y casi la tercera parte (832) representando a solo cuatro países, Estados Unidos, Canadá, Italia y Japón. Por España participarán 20, de procedencia geográfica también limitada: 11 catalanes, cuatro vascos, una madrileña, una granadina y tres nacionalizados.

El sex appeal de la competición no llegará ni a la mitad del planeta, ni se verá las idolatrías de los grandes deportes, ni siquiera las de los Juegos de verano, pese a que el atractivo de los campeones de la nieve y el hielo no es nada menor. No les ayuda nada la tradición olímpica de olvidarse de la obligación de ayudar a los campeones a ser estrellas, creando vía marketing nombres que todo el mundo conoce, y sus caras, generando anticipación, deseo, invitando al público a estar más atento a los personajes que a la competición.

Si la innovación está en la imagen la tradición se mantiene en los ceremoniales, desfiles y banderas, y el reforzamiento de la eterna política de un COI oficialmente apolítico, un espacio burbuja de concordia y amistad que se quiere siempre ajeno a los conflictos y desastres, tan cabezotas ellos que llaman a la puerta olímpica aunque sea con ironía: solo poco después de bautizar a su casa en Milán para celebrar y acoger como Ice House (casa de hielo), los dirigentes norteamericanos se percataron del terrible significado de Ice en Minneapolis y todo Estados Unidos, y urgentemente la rebautizaron Winter House (casa de invierno). Llamarle palacio de invierno habría sido ya demasiado, quizás. Y en ese ambiente, todos los deportistas tendrán prohibido hacer manifestaciones políticas, sean ucranianos o israelíes o los pocos rusos que siguen participando con bandera neutral. Y el uso repetido en todos los comunicados de la palabra sostenibilidad les hace creer que ya han atajado el problema del cambio climático, trágico en las montañas.

Pero siempre ganan los paisajes del regreso a Cortina d’Ampezzo, la perla de los Dolomitas, entre las Tres Cimas de Lavaredo y el Pordoi, que ya organizó los Juegos de Invierno de 1956 en la pista de esquí de Olimpia de las Tofane. Allí esquiarán las mujeres. Es el reino de las dos megaestrellas norteamericanas. En un rincón, la princesa feminista. Mikaela Shiffrin, la persona que más pruebas de Copa del Mundo ha ganado (108), y favorita en las pruebas más técnicas, eslalon y gigante. Enfrente, la divina. Lindsey Vonn, una rodilla de titanio y la otra con los ligamentos recién rotos. 41 años. Regresó para despedirse donde todo empezó —en las montañas Tofane, el 18 de enero de 2004, Vonn logró su primer podio en un descenso de Copa del Mundo: tenía 19 años— y ni siquiera la frena una grave lesión sufrida hace unos días. La afición la aclama, y solo lamenta que ya será imposible el sueño de la dream pareja: Vonn y Shiffrin disputando en equipo la combinada para Estados Unidos. Si en sus primeros Juegos se disputaban solo 16 pruebas, 70 años después las competiciones serán 116, y todas ellas no caben en Cortina, donde se ha ejecutado el capítulo más polémico en un presupuesto total de gastos de unos 6.000 millones de euros o para construir una nueva pista de bobsleigh, o en la vecina Predazzo, donde han restaurado los viejos trampolines de salto de entonces.

Más al oeste, en la frontera suiza, se ha habilitado en Livigno las construcciones para las acrobacias, y el halfpipe para que Queralt Castellet gane de nuevo una medalla con su tabla a los 36 años, cuatro después de sus vuelos en Pekín. Se encontrará de nuevo con un obstáculo quizás insuperable, el de la norteamericana de raíces coreanas Kim Chloe, que a los 17 años fue la primera en completar un doble cork de 1080 grados (tres revoluciones) y ganó el oro en Pyeongchang; a los 21, en Pekín, se impuso a Castellet, y, después de un parón por cuestiones de salud mental, vuelve en Livigno para, a los 25 años, perseguir su tercer oro consecutivo.

Los Dolomitas de Val di Fiemme, donde crecen los abetos rojos que tanto apreciaba Stradivari por su sonora madera, serán el escenario de las hazañas de Johannes Klaebo, el esquiador de fondo noruego que solo tiene un objetivo, superar las ocho medallas de oro que en sus participaciones olímpicas alcanzaron los mitos Björgen, Daehlie y Björndalen. En los dos Juegos que ya ha disputado sumó cinco, tres a los 21 años y dos más a los 25. A los 29 llega tan maduro y dominador que nadie recuerda a uno como él, que gana las pruebas de sprint y también la gran maratón de 50 kilómetros, y es el mejor en estilo clásico y en estilo libre. En los últimos Mundiales ganó todas las pruebas que se disputaban, seis. Si repite en Tesero, se iría hasta 11 en total. Ya inalcanzable para cualquier soñador, y todavía es joven.

Los esquiadores alpinos se quedarán en Bormio para descender las laderas del gran puerto que hace frontera con Suiza, el Stelvio, de tantas resonancias ciclísticas. El Pogacar del esquí se llama Marco Odermatt, el suizo que domina desde hace años las pruebas más rápidas, descenso y superG en Copa del Mundo. ¿Su objetivo? Ganar tres oros, sumando el gigante. Con ello igualaría a los únicos dos que lo han conseguido nunca en unos mismos Juegos, el francés Jean Claude Killy en Grenoble 68 y el tirolés Toni Sailer en Cortina 56.

Y por encima de ellos brillará la luz incandescente de la divinidad conocida como Quad God (dios del cuádruple), Ilia Malinin, rostro descubierto, varios minutos dueño de la pantalla, melena de fuego revuelta mientras gira como un taladro en saltos de giros interminables y velocísimos. El patinador norteamericano posee todos los atributos para ser a la vez campeón y estrella. Y hasta amenaza con sumar a su cuádruple Axel (el salto más difícil, el que solo él es capaz de aterrizar) un insólito quíntuple, cinco giros con un solo impulso, lo que nadie cree posible. Y su arrojo cegará a todos.

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