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Blogs / Cultura
Del tirador a la ciudad
Coordinado por Anatxu Zabalbeascoa

Manuel Portaceli, nuevo-viejo Prix Piranesi

El arquitecto valenciano recibe, en Roma, el galardón que reconoce a los clásicos contemporáneos

Teatro Romano de Sagunto (Valencia), 1993. Duccio Malagamba

El futuro sin prescindir del conocimiento de la memoria. Eso premia el Piranesi Prix de Rome, que establece un vínculo entre quienes construyen el presente y quienes lo hicieron en el pasado. Este año, el valenciano Manuel Portaceli (84 años) ha recogido el galardón en la ciudad eterna, en una ceremonia que destacó el equilibrio entre la estabilidad y el cambio en el autor de las rehabilitaciones de las Atarazanas del Grao de Valencia, del Teatro Romano de Sagunto (con Giorgio Grassi) del Palacio Borja de los Duques de Gandía (Valencia) o del Almudín de Xátiva.

Portaceli se formó como arquitecto en la Escuela de Barcelona, atendiendo a tres factores: la modernidad y su domesticación regional —de la mano de José Antonio Coderch—, la internacionalización de una arquitectura capaz de mantener vínculos con el lugar —de la mano de Oriol Bohigas y la conexión italiana de Vittorio Grefotti, Franco Albini o Ignazio Gardella— y la capacidad de observar detalles de Federico Correa. Su marco era más de revistas, como Domus, que de libros académicos. Por eso, poco antes de la ceremonia de entrega del premio en Roma, Portaceli contó, al Corriere della Sera, un viaje a Milán en un Fiat 600, “para hacer de Italia un lugar de aprendizaje”.

Así, parece justo que, tras David Chipperfield, Álvaro Siza, Eduardo Souto de Moura, Ignacio Linazasoro o Rafael Moneo, Portacelli reciba el Premio Piranesi porque, como le sucedió al propio Moneo, Italia ha sido también su lugar de aprender que respetar no es copiar ni heredar, sino comprender la lógica de los lugares. Para Portaceli, como para Juan Ramón Jiménez, lo clásico es lo eterno, lo que lejos de romper, permite continuar.

Intervenir en un monumento no es solo un problema arqueológico o documental, es, en última instancia, un problema de arquitectura”, ha declarado en Roma. Para este arquitecto, es el monumento el que “dicta” el modo de actuar.

Autor de una obra dual y de tiempos largos —cuidadosa con el patrimonio y atenta a la modernidad casi más que a su propio tiempo— Portaceli es autor de edificios funcionales como la Escola La Gavina, que él mismo amplió en Picanyá décadas después. O la casa-taller del pintor Manolo Valdés en Dénia. “Construir para un artista no debería significar secundar la excentricidad, sino comprender con precisión una forma particular de vivir y trabajar”, ha dicho.

En los años ochenta, Portaceli firmó, con Giorgio Grassi, una obra polémica: la rehabilitación del Teatro Romano de Sagunto. Sucedió que el público ignoraba el carácter de lo que se había acostumbrado a ver. Grassi lo definió como “ruina artificial”, una falsa ruina, ya alterada por reconstrucciones miméticas anteriores. Portacelli y Grassi buscaron cuestionar ese punto de partida en falso, intentaron alejarse de perpetuar una interpretación, y apostaron por recuperar cierta verdad: es decir, por decidir devolver, “con el mínimo necesario y con una arquitectura sobria, el espacio propio del teatro romano”.

En la lección magistral, con la que se cerró el acto de entrega del premio Piranesi en Roma, Portacelli habló del arte útil que es la arquitectura, una disciplina capaz de dar respuestas. También del arte como un ser vivo, que definió el historiador Ernest Gombrich. Citó a Gadamer para hablar de lo eterno, de la permanencia del arte que, en manos de Shakespeare, Ingres o Velázquez, lejos de haber sido, es, continúa, por eso solo admite hablar en presente.

Intervenir es interpretar. Lo escribió Manuel de Solà Morales. La arquitectura, como arte, es un fenómeno vivo: cambia, evoluciona. Portaceli y los Premios Piranesi demuestran que también ayuda a releer el mundo. “El patrimonio está vivo”, señaló el arquitecto valenciano, y agregó que “el conocimiento sustituye a la vetustez”. “La arquitectura solo podrá actuar con dignidad en la reconstrucción si se pone del lado de la vida común, de la memoria y de la dignidad del habitante”.

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