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El arquitecto chileno Smiljan Radić gana el Premio Pritzker 2026

Su trabajo orgánico y experimental, reivindicativo de lo frágil, propone hibridar disciplinas y cuestionar jerarquías

El arquitecto chileno Smiljan Radić, ganador del premio Pritzker 2026.Tom Welsh (The Prtizker Architecture Prize)

El Premio Pritzker 2026, el chileno Smiljan Radić Clarke (Santiago de Chile, 60 años), es un arquitecto-artista. No porque sea un proyectista estrella o porque busque deslumbrar, levantando un sello que lo distinga o creando un espectáculo, nada más lejos de eso. Lo es porque, como sucede con los artistas, es capaz de anticipar el futuro. No se trata de que en las próximas décadas se vaya a construir como él y su pequeño equipo lo hacen, se trata de llamar la atención sobre lo que realmente importa de nuestro paso por el mundo.

Hijo de padre croata y madre británica, Radić suspendió el proyecto de final de carrera y perdió un curso. Ha contado que de ese suspenso aprendió, entre otras cosas, a dudar. Por eso estudió Historia en Venecia y dedicó mucho tiempo a viajar. El viaje, más como un proceso de apertura mental que como una peregrinación por monumentos, es lo que hoy considera su verdadera educación. La formación es, más en alguien como él, un asunto en continua evolución que podría resumirse en la Fundación de Arquitectura Frágil que creó en 2017, una defensa de lo que haríamos bien en proteger, de lo temporal como forma de vida. Lo que podría parecer un oxímoron —juntar arquitectura y fragilidad— define la obra de este arquitecto singular que ha hecho de lo híbrido —las mezclas entre disciplinas— y la convivencia de contrarios —lo fijo y lo temporal, lo industrial y lo artesanal, lo caro y lo económico o lo natural y lo artificial—, más que su credo, su legado arquitectónico. Veamos cómo ha sido.

En 1995 la escultora Marcela Correa le encargó su estudio. Fue su primer proyecto. Terminaría casándose con ella y juntos levantarían una casa en Vilches (Chile). Vivieron muchos años en esos 24 metros cuadrados. Hoy Smiljan Radić construye por el mundo: de Suiza a Albania o Reino Unido, pasando por España, donde comenzó el Hotel Solo en Matarraña en 2017 y la renovación del Palacio de Telecomunicaciones de Barcelona el año pasado. Ahora, vive y trabaja en Santiago, en una casa de mayor tamaño (la ha llamado Pequeño Edificio Burgués) donde conviven su Fundación, su vivienda y su estudio.

Completó este nuevo espacio hace apenas tres años. Y, como sucede con las casas de los arquitectos que cambiaron la historia de la disciplina, la suya es un proyecto experimental, un lugar de pruebas, una casa-laboratorio en la que, detrás de grandes paños de vidrio, el sol y la lluvia se sienten tanto como se ven. El estudio, en cambio, es subterráneo, toca la tierra. Se ilumina con rayos filtrados, está aislado del mundo para lograr concentración. Esa condición doble —de conexión y desconexión, de observación e introspección, de atención matérica y conocimiento tecnológico— describe la obra, siempre inesperada, pero nunca caprichosa, de este arquitecto.

Radić es, más que un proyectista de edificios, un constructor de lugares. Por eso le da la vuelta a la idea de una arquitectura de la firmeza, la (casi) eternidad y la rotundidad con una obra que busca dar respuesta a lo incierto. Se trata, sin embargo, de una experimentación que no parte de cero sino que se construye con la memoria física, social y cultural del lugar. Así, la fortaleza a la que aspira este arquitecto es la del cambio, no la de la rotundidad. Algo así como la importancia de la palabra frente al grito.

Esa idea de cambio enlaza con las rectificaciones que, a lo largo de sus 55 ediciones, ha ido asumiendo el propio Premio Pritzker. De reconocer lo elitista a apoyar la capacidad de cambio. Este año, el anuncio del galardón se ha retrasado unos días para hacerlo coincidir con una resolución: Thomas Pritzker, el ya expresidente del grupo hotelero Hyatt, cuyo nombre aparece en los papeles de Jeffrey Epstein, ha renunciado a cualquier vinculación con el premio para no descentrarlo de su interés arquitectónico.

Cambiantes, cada proyecto de Radić es una investigación, no sólo tipológica o topográfica, pero que también busca apropiar el lenguaje arquitectónico, el programa, las consideraciones antropológicas y las circunstancias sociales y políticas. Por eso, la forma de sus edificios la decide el viento: la protección frente a este en la casa Pite que levantó en Papudo, Chile (2005), o el paisaje, la voluntad de no alterarlo, como sucede en su restaurante Mestizo de Santiago (2006). Con todo, no sólo hablan en sus proyectos el clima y el lugar. Chile Antes de Chile se llama la ampliación del Museo de Arte Precolombino que firmó en Santiago en 2013.

En proponer un pabellón con forma de piedra o un edificio enterrado, se observa una radicalidad cercana que no coincide nunca con una respuesta formal similar. Y es que radical deriva de raíz: “A veces tienes que producir tus propias raíces, eso te da libertad”, ha dicho Radić. La suya es una originalidad que remite, como le gustaba recordar a Antoni Gaudí, a una idea básica: la originalidad viene del origen, de actualizar la tradición tanto como de observar el mundo.

¿Qué hay de original en Radić? Para empezar, su estudio, internacional, está formado por un equipo pequeño, artesanal podría decirse, más humano que corporativo. Pero el trabajo artesano no descarta las innovaciones tecnológicas. En él, la tradición y la innovación conviven. Nada borra lo anterior. Todo se considera y reconsidera. Puede verse en el Teatro Regional Biobío (Concepción, Chile, 2018), tal vez su mayor obra hasta la fecha, donde una sofisticada envolvente semitransparente —y cuidadosamente calculada por ingenieros— resuelve la iluminación y la acústica con un volumen orgánico, más cercano a lo inesperado en la naturaleza que a lo calculado en el diseño.

En la práctica de este estudio es más importante la construcción que el diseño. Por eso, con apariencia austera, sus edificios, incluso los más experimentales por temporales —como el pabellón de la Serpentine, que erigió en Londres en 2014, o la Capilla Vaticana, que levantó en Venecia para la Santa Sede en 2018—, pueden emplear fibra de vidrio que durante el día parece piedra, o troncos para alterar la experiencia de los visitantes o su relación con el lugar.

Es interesante que, para resumir a Radić, el jurado presidido por otro chileno con Pritzker Alejandro Aravena, haya hablado de “inteligencia emocional, de fragilidad, de experiencia humana y de empatía”. “Uno siente la protección de sus edificios”, han juzgado. Casi como si Radić y su equipo tuvieran más vocación de adaptar los lugares para la vida humana que de producir algo nuevo.

“Entre tensiones físicas, temporales y sociales, los arquitectos tratamos de crear experiencias y emociones que animen a la gente a reconsiderar el mundo, a romper la indiferencia”. Eso hace la obra de este proyectista una arquitectura tan rayana en el arte como en el paisaje. Responsable con su tiempo, apela a lo ancestral. Escuchando los idiomas del planeta rescata lo que no deberíamos perder.

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