‘Kill Bill: The Whole Bloody Affair’: Quentin Tarantino estrena su versión sangrienta definitiva con una descomunal Uma Thurman
Llega a España, con secuencias añadidas y retoques y en una sola película, la brutal venganza de La Novia, el cóctel de cine asiático y de series B y Z surgido de la cultura de videoclub del cineasta


Harvey Weinstein acertó allá por el año 2003 en lo económico; a cambio, destrozó lo artístico. El productor, actualmente en la cárcel por sus delitos sexuales, había pagado a través de Miramax la fiesta de Quentin Tarantino. Kill Bill era, a la vez, el intento del cineasta de recuperar a los fans que no habían entendido la madurez de su trabajo precedente (Jackie Brown) y un homenaje a sus miles de horas de ratón de videoclub, los templos audiovisuales en los que se había formado (y posteriormente incluso trabajado).
Así que tras ver el primer montaje, Weinstein le propuso partir en dos el filme. Arrasaron en taquilla (330 millones de dólares en todo el mundo sumando ambas entregas, y habían costado 30 millones); se perdió la apuesta por zambullirse en el viaje emocional de la protagonista. El año pasado, Tarantino —que ya hizo una primera fusión en 2006— decidió devolver la película a su formato primigenio, añadir y pulir numerosos detalles, y reestrenarla como Kill Bill: The Whole Bloody Affair. Y este fin de semana, esta orgía fílmica de cuatro horas y media (incluye un intermedio de 15 minutos) llega a las salas españolas, en versión digital, y también en analógica en 35 milímetros y, en un cine de Madrid y otro de Zaragoza, en 70 milímetros.

Kill Bill es, probablemente, la película de Tarantino con peor guion (no deja de ser Uma Thurman pegándose con alguien una y otra vez, aunque el desorden cronológico en el que se cuenta le dé más empaque) y en la que usó mayor número de referencias sin que hiciera ningún esfuerzo por esconderlas. Es más, las subraya. Sin embargo, puede que sea su obra más gozosa, en la que dejara disfrutar más a su niño interior. Ahí está toda la imaginería asiática que tanto le gusta. Además, con Kill Bill aprendió a rodar secuencias de acción. Y en la que creó una leyenda, Beatrix Kiddo, una heroína en la que se zambulló Uma Thurman otorgándole su aura y su presencia. El vestuario, ese chándal amarillo (copiado del que usó Bruce Lee en Juego con la muerte, el filme que rodaba cuando murió), las zapatillas a juego, el mundo de artes marciales nacieron de Tarantino. Ante la posibilidad de que continuara como saga, Kiddo espeta a una niña que ve cómo ha asesinado a su madre: “Si de mayor te quieres vengar, te estaré esperando”.

La idea surgió una noche de copas de la actriz y el cineasta durante el rodaje de Pulp Fiction. Ahí nacieron los apodos de la Mamba negra y La Novia para un mismo personaje, y Thurman ideó el plano en el que se ve que la exasesina a sueldo que quiere abandonar esa vida y es masacrada por su jefe y sus antiguos compañeros está celebrando su boda, embarazada y con un vestido blanco. Tarantino construyó el contexto, la estructura en 10 capítulos y el título: Kill Bill. Sin embargo, el tiempo, la escritura de otro guion (que años después sería la base de Malditos bastardos) y el rodaje de Jackie Brown pararon aquel impulso. Con todo, redactó un primer libreto a salto de mata durante 18 meses, y en la gala de los Globos de Oro de 2000 se encontró con Thurman y le explicó la historia. Ella aceptó al instante... aunque tuvieron que esperar un año a que diera a luz. El otro gran contratiempo lo provocó Warren Beatty, el actor elegido para encarnar a Bill en un tono villano Bond, y que se bajó del proyecto poco antes de la filmación, asustado por la violencia a retratar. Su sustituto, David Carradine, aportó una construcción más seca y rústica del personaje, y un background como protagonista de la mítica serie Kung Fu: el público tiende a pensar que su Bill es experto, per se, en artes marciales.

¿Qué novedades aporta Kill Bill: The Whole Bloody Affair? Se ha eliminado el diálogo en el que Bill revelaba al final de la primera parte que la hija de la Novia está viva. En ambas versiones, la Novia se entera de la existencia de su hija en la recta final; en The Whole Bloody Affair, el público descubre la existencia de la hija junto con la protagonista. También desaparece la secuencia en coche de Thurman al inicio del Volumen 2 hablando a la cámara: no hace falta un resumen de lo visto hasta la mitad. Aumenta de tamaño la secuencia de anime que explicaba el origen de O-Ren Ishii (Lucy Liu). Ahora se la ve de adolescente en un ascensor finalizando la venganza por la muerte de sus padres. La impresionante pelea de la Casa de las Hojas Azules, donde La Novia se enfrenta a decenas de secuaces de O-Ren (los llamados 88 maníacos, trajeados de negro como los personajes de Battle Royale), se ha ampliado ligeramente. Y sobre todo, ya es en color. Sangre a raudales, manchones en el chándal amarillo de Beatrix. En 2003 se estrenó en blanco y negro y sin tantos planos sangrientos para evitar la calificación no recomendada a menores de 17 años. Finalmente, cuando acaban los títulos de crédito y tras ver a Uma Thurman con una claqueta, aparece el bautizado como capítulo perdido de Tarantino. Eliminado de un borrador inicial mucho antes de que se filmara nada en 2002, aparece Yuki, la hermana gemela de la asesina con aspecto de colegiala Gogo, que busca a la Novia para vengarse. Esa secuencia fue creada en noviembre de 2025 para el videojuego Fortnite, y si no se es fan del juego no se entiende nada de los personajes secundarios ni del estilo de la animación. Cae en la irrelevancia.

En realidad, Kill Bill nació también de una necesidad. Muchos fans de Tarantino no entendieron Jackie Brown, que hablaba de emociones crepusculares y viejos amores no consumados. Ellos querían mamporros, y el cineasta vio cómo su legión de admiradores le daba la espalda. Debía volver a su violencia explícita, y trasladar la mayor parte de la acción a Asia se justificó en la promoción con una frase-confesión que efectivamente le describe como artista: “En realidad, no me considero un cineasta estadounidense”.

Tarantino logró que Miramax le pagara todos los lujos posibles: el japonés Sonny Chiba, leyenda de las pelis de acción de toda Asia, encarnó al forjador de katanas Hattori Hanzô. El coreógrafo de acción Yuen Woo-Ping, popular en aquel continente con El mono borracho en el ojo del tigre y Érase una vez en China, había demostrado su talento en Hollywood y arrasado gracias a Matrix. Tarantino estaba como loco por ficharle. Hasta los títulos de crédito son un remedo de la factoría asiática de cine de karatekas Shaw Brothers. Todo lo masca sin la menor distancia irónica. Como escribe Ian Nathan en su obra sobre el cineasta, editado por Libros Cúpula, “el suyo no es un desapego inteligente, y afirma no saber qué significa realmente la ironía, toda su falsedad es real. Subvierte el género, pero nunca lo traiciona”. La web The Quentin Tarantino Archive tiene listadas hasta ochenta películas distintas a las que se hace referencia ya solo en Kill Bill Volumen I.

Kill Bill asemeja al Hamlet de Kenneth Branagh, que también se dividía en dos con un intermedio: las primeras partes son más movidas, pasan muchas cosas, pero no hay desarrollo en el arco emocional de los personajes. En sus segundas partes, cuando surgen las grandes conversaciones y revelaciones, los cineastas calman sus compulsiones. Es decir, los cineastas construyen sendos tonos casi opuestos en su inicio y en su final.

“Atraviesa todos los géneros”, contaba entre risas en su estreno Tarantino. Cierto. También, que no volvió a repetir el cóctel ni el experimento. El cineasta sufre actualmente varias batallas interiores. Él mismo se emperró en que solo rodaría al final de su carrera 10 películas. Hechas nueve, no encuentra el remate. Renunció a The Movie Critic poco antes de empezar a rodar en 2024. En realidad, pasa más tiempo en podcasts haciendo listas de cine y arremetiendo contra directores y actores como Paul Dano. Escribió la secuela de Érase una vez en... Hollywood, y al final la ha dirigido David Fincher. Otro demérito: nunca ha llegado a aclarar su relación con Weinstein ni su conocimiento de los delitos sexuales que cometía su productor (de los que sabía porque una pareja suya, Mira Sorvino, fue víctima de sus agresiones y se lo contó al director). Ha actuado en la película, aún inédita, Only What We Carry, lo que no hacía desde Abierto hasta el amanecer, en 1996. Y ahora, Tarantino prepara su desembarco en el teatro, en el West End londinense, con su debut como dramaturgo y director de The Popinjay Cavalier, una farsa de enredo de capa y espada y romanticismo exacerbado que podría estrenarse a inicios de 2027. Puede que el personaje Tarantino haya deglutido al brillante cineasta que revolucionó la cinefilia a finales del siglo XX.
Tu suscripción se está usando en otro dispositivo
¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?
Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.
FlechaTu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.
Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.
¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.
En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.
Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.


























































