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Ana Belén: “Yo he buscado el placer del trabajo, no el reconocimiento”

La actriz, Goya de Honor en 2017, vuelve al cine con ‘Islas’, en la que encarna a una ex niña prodigio en horas bajas. “Incluso en los mejores momentos del cine, siempre he vuelto al teatro”, dice

01:27
Tráiler de 'Islas'
Ana Belén, retratada en el centro de Madrid.Foto: Claudio Álvarez

Cuando Ana Belén (Madrid, 74 años) se sienta delante del periodista, en realidad se sientan Ana Belén, tótem de la cultura española; Ana Belén, cantante espléndida, actriz talentosa con Goya de Honor y directora infravalorada, que se define como artista con inseguridades, y María del Pilar Cuesta Acosta, una mujer que se califica como miedosa, madre y abuela (orgullosa de ello, por cierto). Todo está ahí.

También estuvo a punto de no ser casi nada de eso: sus padres firmaron un contrato por cuatro películas cuando ella era una cría de voz portentosa. Si Zampo y yo (1966) hubiera triunfado, su carrera habría sido distinta. “Es que yo ya estaba en otra. Ya llevaba un año en el TEM [Teatro Español de Madrid] con Miguel Narros, y tuve que ir al estreno, disfrazada de niña buena. Para mí, aquello era prehistoria”, recuerda. La reflexión viene a cuento porque en Islas, de Marina Seresesky, que se estrena este próximo viernes, encarna a una antigua niña prodigio que sesenta años después aún implora cariño en un hotel en horas bajas. Ambos, alojamiento y actriz, vivieron momentos mejores y un mayor reconocimiento.

Pregunta. Cuando aceptó el proyecto, ¿no pensó: yo podría haber sido esa?

Respuesta. Cierto, imagínate el futuro que yo tenía. Hubiese hecho otras películas intrascendentes. Me hubiese obligado a volver a trabajar con su director, Luis Lucia, al que yo odiaba. Bueno, yo y mucha gente [risas]. Es que había hecho llorar a Marisol, a Rocío Durcal...

P. Vuelvo a 2026, ¿por qué hace tanto que no aparecía en el cine?

R. No me llegan tantos proyectos. De verdad, para qué nos vamos a poner estupendos. Sí que he rechazado alguno porque sentía que no podía aportar nada a esa película.

P. ¿Y cómo se lleva que no suene el teléfono para esto y sí para otras cosas?

R. Pues bien, porque están las otras cosas. Incluso en las épocas de mucho éxito en el cine, y muchas películas unas tras otras, siempre he vuelto al teatro. Estaba ahí esperándome. Incluso me servía para centrarme, me hacía tomar tierra.

P. Al final, es más actriz de teatro que de cine.

R. Probablemente, sí. Sabiendo que el teatro es un lugar algo anónimo. Coges un taxi cada día para ir a interpretar al teatro y el taxista te dice: “Hace mucho tiempo que no la veo. ¿No hace nada?”. A mí eso nunca me ha influido ni entristecido. Al revés, qué suerte tengo que me ofrecen trabajos y proyectos que me gustan. No me quejo.

P. ¿El actor completo es el del teatro?

R. No, pero leo ahora entrevistas a estas camadas de actores jóvenes que son estupendos y trabajan impresionantemente bien diciendo que quieren hacer teatro... Hay una necesidad siendo actor de hacer teatro. Bueno, pues no hace falta pisar un escenario para ser un intérprete buenísimo. No te hace ni más especial ni mejor. Ahora, si vienes del teatro, como yo, siempre retornas a él. También es verdad que yo empecé el TEM, el mejor sitio posible, un lugar espectacular con profesores increíbles.

P. Su personaje en Islas busca el reconocimiento de manera muy divertida. ¿Se fijó en alguien?

R. No en nombres, aunque sí en comportamientos en determinados momentos. De divismo de otra época. Yo no he trabajado con mujeres así; sí he visto momentos similares. Puedo entender esa necesidad de reconocimiento. A mí me ha venido dado, porque nunca lo he buscado. Yo he ido detrás del placer del trabajo, y lo he tenido y lo sigo teniendo. Cuando me llega un proyecto, pregunto con quién voy a trabajar. Si esos compañeros serán amables, divertidos... Ya sé que eso no hará una película mejor, pero ayuda.

P. ¿Por qué no volvió a dirigir tras Cómo ser mujer y no morir en el intento?

R. Hay que saber mucho para dirigir. Al principio dije que no a este proyecto. Luego sí, pensé que entendía la película, que sabría hacerla, que podría dirigir la circulación [risas]. Algunos actores definen así la dirección, de verdad. Después, continuar... Me apasiona la interpretación, su posibilidad de cambiar. Cuando me canso del teatro, me pongo a cantar. Odio el tedio, odio la rutina. La dirección te ocupa años... y en aquellos años no estaba dispuesta a renunciar a la interpretación. Encima, yo dudo de todo, y la dirección es una profesión solitaria en la toma de decisiones. Yo lo que quiero es que me dirijan, no sé trabajar sola. Soy insegura, tengo que ver en los ojos del director la confirmación de mi labor.

P. Hay un libro, Cuando las actrices soñaron la democracia, que analiza cómo usted y otras intérpretes emergentes usaron sus trabajos como arma contra los estereotipos. ¿Fue así?

R. Yo no era consciente, pero sí que había cosas con las que yo me sentía muy identificada, y pienso en El amor del capitán Brando, me refiero a comportamientos contra ciertos sistemas. Sí luchamos por una manera de ser mujer y actriz. Aunque siempre he hecho lo que tenía que hacer. A veces de manera consciente, a veces de forma inconsciente. De cría, mi familia dependía de mí, y yo asumí esa responsabilidad.

P. Será miedosa e insegura, pero durante el confinamiento se marcó un vídeo rompedor de Agapimú con Ojete Calor, o puso voz en 2022 a obras de teatro vetadas. Y ahora aparece en camisón, ajada y poniendo y quitándose pelucas.

R. Todo lo que he dicho es cierto, y a la vez dentro de mí hay algo que me empuja a lanzarme a esos proyectos. Y esas locuras suelen salir bien. ¿Ajada en Islas? Durante el rodaje ni me lo planteé, luego, cuando la vi, pensé: “Ayyy, qué planos” [carcajada]. Qué más da. Si los personajes los haces con freno de mano, no harás un buen trabajo. En esta profesión se trata de confiar, y yo confío en mis directores. Confié en Marina desde que en 2019 ya me habló de esta historia.

P. En El País Semanal el pasado domingo, Bibiana Fernández decía: “Yo soy la Transición”. Sin ánimo de malmeter, entonces, ¿usted qué es?

R. [risas] Yo soy una hija de la Transición. Yo no estoy peleada con mi edad, porque he tenido la suerte de nacer en un momento que me ha hecho vivir momentos importantísimos y he conocido a gente que, si hubiera nacido después, no habría coincidido con ella.

P. Esta entrevista se desarrolla el día del 45º aniversario del 23-F. ¿Cómo lo vivió?

R. Iba con mi hermana a ver una obra en el María Guerrero y en la radio oímos la entrada de Tejero. Mira si pensé en que me tendría que ir de España, que me estaba cambiando, oí los tiros y ni supe qué ponerme. Yo no recuerdo mucho, la testigo fue mi hermana. Empecé a ir del baño a la habitación gritando: “¡¿Qué me pongo?! ¡¿Qué me pongo?!”. Y ella me soltó: “¡Ponte lo que quieras, coño, pero ponte lo que sea ya!”. Lo que ocurría es que mi cabeza estaba en que si me iba al exilio a Suecia, necesitaría ropa de invierno, y si me iba a México, era otro tipo de maleta. Es la hostia la mente.

P. ¿Y Víctor Manuel?

R. Pues se había ido por la mañana en coche a rodar a Milán, y le pilló, por suerte, justo tras cruzar la frontera. Se quedó en Francia, y desde un montecillo estuvo escuchando Radio Nacional toda la noche.

P. Esto nos lleva a acabar hablando de la política actual.

R. No tengo mucha intención, pero, vamos, si quieres.

P. No de partidos, sino de sensaciones. De que, por ejemplo, crece la beligerancia en un lado de la derecha...

R. Hay una frase que se dice: “Sin complejos”. Esa es la clave. Antes se tenía un poco todavía como de, bueno, se guardaban las formas. Que no se les notara mucho a esa España retrógrada... Pero ya ha habido un momento en que se lanza a la beligerancia sin complejos. Se mete a los diputados en el mismo saco y no es cierto. No todo el mundo es igual de irrespetuoso y maleducado. Aún creo que con la educación se va lejos. No se pueden perder las formas, ni, sobre todo, los argumentos. Ahora, lo que hay al otro lado, y yo lo conocí durante el franquismo, es tremendo.

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