Jude Law inquieta al festival de Venecia con su transformación en Vladímir Putin
‘El mago del Kremlin’, de Olivier Assayas, basada en el libro homónimo, reconstruye los crueles juegos políticos de poder que llevaron al ascenso del tirano ruso, mientras Jim Jarmusch desmenuza a la familia en ‘Father Mother Sister Brother’

Los tiranos no suelen brillar por autocrítica. Pol Pot, Rafael Trujillo o Benito Mussolini solo concebían un lugar para la discrepancia: bajo tierra. Difícilmente Vladímir Putin estuviera hoy domingo en la proyección de El mago del Kremlin, de Olivier Assayas, en el concurso del festival de Venecia. Su pasado como espía invita a no descartar del todo un camuflaje, aunque el líder ruso tiene asuntos más importantes que atender. O ignorar, como la presión internacional por terminar su invasión de Ucrania. En cualquier caso, lo que se vio en la pantalla le habría indignado. O quizás no. Porque le interpreta Jude Law. Porque el filme pretende relatar el derrumbe de la Unión Soviética y el ascenso del nuevo zar. Y porque, según la película, las pasiones extremas no son lo suyo. Más bien toma nota, calcula, y solo entonces ejecuta. Un presidente gélido, para una película de hielo. Ambiciosa, fría, dura. Y por eso estimulante, aunque también fatigosa. Como las sombras del poder que narra.
Un mensaje avisa al principio del metraje: el guion ―coescrito por Emmanuel Carrère, que ofrece también un cameo― se basa en el libro homónimo de Giuliano da Empoli (Seix Barral) y lo que se verá a continuación es una obra de ficción. Entonces el filme arranca, y el primer nombre que se pronuncia es “Vladímir Vladimirovič Putin”. Tal vez sea todo inventado, pero hay que ver lo real que parece. Como si lo fuera. Vadim Baranov también existe. Y ha sido el consejero tal vez más próximo al déspota durante años. A través de su mirada ―le encarna Paul Dano― la película sigue la historia reciente de Rusia, su caída en desgracia, cómo el capitalismo se coló por el telón de acero, la resucitada sed de grandeza e imperialismo. Un relato actualísimo, cuyas consecuencias continúan. Hay oligarcas, manipulaciones, propaganda, corrupción, muerte, grandes ideas y ningún escrúpulo. Con una fortaleza: el filme no está empapado de sangre y vodka, sino de palabras. La política. Narrada por quien la concibió. El Rasputin moderno. El mago del Kremlin.

Justo lo contrario, de alguna manera, al otro largo en concurso del día: Father Mother Sister Brother, de Jim Jarmusch. Aquí los diálogos faltan. O casi. Y también resulta una virtud: sus silencios lo dicen todo. El cineasta propone un nuevo filme por episodios. Y el enésimo reparto sensacional: Cate Blanchett, Charlotte Rampling, Tom Waits, Adam Driver. Jarmusch se centra en un tríptico sobre la familia: dos hijos visitan a su padre; otras dos toman el té con su madre; dos gemelos se juntan cuando los progenitores ya no están. El universo más conocido, pero también extraño: vínculos intimísimos que nadie ha elegido. Y que el director analiza con su habitual humanidad. “En sus películas no hay protagonistas, o antagonistas. Solo personas”, describió Indya Moore, otra de las intérpretes. Y media conferencia de prensa sirvió para interrogarse sobre cómo confecciona el cineasta sus delicias. He aquí la última.
Sucede en las mejores casas, igual que en Father Mother Sister Brother: las ganas de encontrarse se transforman pronto en deseo de fuga; los hijos adultos suplican aprobación como niños, y como tales son tratados. A veces no hacen falta ni conversaciones, porque basta estar; o tal vez nadie hable porque no hay nada que decirse. Se llama amor, aunque a veces no lo parezca. Entre ambas películas, de todos modos, la Mostra salió de las salas con un tesoro: material para seguir hablando.
Los protagonistas también se sumaron a la charla. La primera pregunta que le plantearon a Jude Law tal vez resuma el poder que ha acumulado Putin: “¿Teme usted represalias?”. La venganza del zar ha demostrado tener manos muy largas, pero el actor se declaró tranquilo. Y subrayó que sabía que “la historia se contaría de forma inteligente, con matices”. Assayas añadió que “la película retrata la transformación de la política. En Rusia a finales de los noventa se saldó una alianza entre los que apuestan por la violencia, por la brutalidad, y una suerte de teatro posmoderno, como el que maneja Baranov. Ahora está por todo el mundo. Es una situación que da miedo y lo más terrorífico es que aún no hayamos encontrado respuestas”. Un posible antídoto tal vez resida en la complejidad. O, al menos, es la receta que elige El mago del Kremlin. Los asuntos que trata, al fin y al cabo, de sencillo no tienen nada.
Cuando el periodista que habla con Baranov en la película le plantea una objeción, el otro siempre tiene una respuesta, o una versión alternativa. Lecturas dobles, o hasta triples, enrevesados juegos de poder, los mismos con los que engaña a cualquier interlocutor. El reportero le acusa de haber amañado las elecciones en Ucrania hace años, el consejero pregunta si las del Irak ocupado por EE UU fueron mucho más regulares. “En Rusia no manda el dinero, sino la cercanía al poder”, aclara a su entrevistador.
Baranov mueve a su antojo las piezas del tablero, fomenta oposiciones que luego deja en la estacada ―o en la cuneta―, usa y tira según su conveniencia. Giuliano da Empoli juró que Assayas fue el único director al que mandó su libro. Porque le adora, aunque también influyó que son vecinos. Y Dano, a su vez, celebró al escritor: “Era un guion increíble en cuanto al lenguaje. Tenía más de una obra teatral que la mayoría de películas. El mago está entre bastidores, preparando sus hechizos, y en mi voz debía haber algo de eso”. La apuesta por la labia y el tono sin emoción del protagonista resulta un acierto. Otra cosa, sin embargo, es que pueda funcionar durante dos horas y media. Casi todas las secuencias consisten en Baranov manteniendo conversaciones relevantes con gente. La fórmula, poco a poco, se va agotando. El espectador un poco también.
Para Baranov, en cambio, perder lucidez no estaba permitido. Le basta un instante, por ejemplo, para descifrar a Putin. En la película, cuando le ofrecen la presidencia, el funcionario del KGB se molesta. No por la propuesta, sino por tratarle de tú a tú. Buscaban al futuro títere que manejar. Se hizo, sin embargo, con todos los hilos. “Olivier me dijo que debía pensar en recrear el sentido de uno mismo tras una gran humillación”, describió Law. Estos días Putin hasta recrudece sus ataques sobre Kiev y el resto de Ucrania, después de tres años de invasión. Mientras, ha logrado que su homólogo estadounidense, Donald Trump, se sentara a discutir una posible paz con él. Y hasta se permite ningunear los ultimátum de la Casa Blanca. Si alguna vez se vuelven a encontrar, también los unirá despotricar contra el cine: el presidente de EE UU salía malparado de El aprendiz, de Ali Abbasi. Cuando a Law le pidieron citar algo bueno que había sacado de ser Putin, estuvo un rato en silencio: “Ejem… aprendí judo”.
De Jarmusch, al revés, su reparto solo tuvo palabras preciosas. Blanchett dijo que sus obras tienen un “alma particular”. Rampling celebró su “extraordinaria generosidad de espíritu, con la que convierte de alguna manera a los actores también en directores, para hacer la película con él”. El propio director trató de aclarar su forma de crear: contó que hay ideas que le persiguen durante un año, o más, hasta que se pone a escribir y todo sale a la carrera. “Los mejores diálogos salen cuando transcribo literalmente lo que están diciendo los personajes en mi cabeza”, afirmó. Así, en apenas tres semanas, tuvo listo el guion de Father Mother Sister Brother. Dijo que el rodaje le dejaba agotado, que es mucho más difícil estar “muy pendiente de un gesto que filmar a 100 zombis”. La película, finalmente, salió “muy cerca” de lo que Jarmusch había imaginado. “No sé si es bueno o malo”, bromeó. Lo primero, sin duda, aunque algo por debajo de perlas como Paterson, Mistery Train o Una noche en la tierra, con la comparte las secuencias de diálogos en coches y en distintas ciudades. El problema es el listón que impone su filmografía.

Otro umbral, moral, salió a relucir en la conversación. Mubi, uno de los distribuidores del filme, está siendo muy criticado por aceptar inversiones de una compañía que también destina dinero a una start-up israelí especializada en tecnologías de defensa. ¿Qué opina Jarmusch? “Lo hablé con ellos, nuestra relación empezó mucho antes, pero estoy decepcionado, y preocupado. A la vez, soy un director independiente, considero que el dinero que procede de grandes compañías está sucio. Si analizásemos las cuentas de cualquiera de ellas, encontraríamos muchas cosas oscuras”. Lo delicado que se ha vuelto hablar de la masacre de Israel en Gaza resultó evidente a continuación. Moore preguntó con cierta prudencia si podía sumarse a la respuesta. Luego, se soltó. Dijo una palabra algo tabú en estos días de festival: “genocidio” de palestinos, lo que le trajo aplausos. Y, al final de un largo argumento, concluyó: “Espero que poco a poco la gente que está haciendo las cosas mal esté más incómoda al trabajar con otros que lo sepan”. Jarmusch, antes de contestar a la siguiente pregunta, quiso darle las gracias. Su cine es muy humano. Cómo no iba a serlo él.
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