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Cómo afecta a los libros para pequeños un mundo tan caótico que ni los adultos entienden

La feria de literatura infantil y juvenil de Bolonia se ve salpicada por la crisis geopolítica, la debilidad de la democracia o el apetito rápido e insaciable del mercado

Asistentes a la feria del libro infantil y juvenil de Bolonia, el martes 14 de abril.Bologna Children's Book Fair

En la feria de Bolonia hay libros y colores en cada esquina, salvo en una. Por todos lados brotan cuentos sobre unicornios, escuelas misteriosas y cualquier otro asunto. Pero el único estand vacío del principal evento dedicado a la literatura infantil y juvenil cuenta una historia muy distinta. Dos cintas de plástico acordonan el espacio, que apenas luce una mesa con un papelito encima: da fe de que la empresa encargada completó la limpieza. Cruel ironía: la editorial iraní Kanoon no ha logrado venir por la ofensiva militar de EE UU e Israel sobre el país asiático. “Intentaron hasta el final acudir, pero no pudo ser”, informan desde la feria. Justo enfrente está la casita del Instituto Tamer, que trata de seguir difundiendo libros en la Palestina arrasada por Netanhyau. Por el recinto boloñés, miles de autores, editores y agentes alimentan un universo donde las ballenas abrazan, los ratoncitos sirven té y todo es posible. Pero el mundo real, últimamente, tampoco se queda corto de ocurrencias. Inevitable que guerras, crisis y frenesí afecten también a la literatura para pequeños. Ni los adultos entienden ya este caos.

“Estamos aquí hablando de paz, amor y cosas bonitas para los niños, mientras en varias zonas los están matando”, reflexiona Rury Lee, al frente del sello surcoreano Yrurybooks. Menna Allah Awad lo expresó con una espiral: la joven palestina pintó un torbellino azul, que arrastra a una chica y un avión. Su dibujo se expone en Bolonia, pero un cartel, al lado, informa de que la espiral engulló incluso a su autora: fue alcanzada por una bala, mientras dormía en su tienda. “Es importante contarles a los pequeños que son los adultos los que les han fallado. Tenían el deber de protegerlos”, denuncia Nadia Shafik, nombre ficticio que se atribuye la responsable del estand de Tamer, por miedo a complicaciones. “Lo siento, mil disculpas por el papel de mi país”, se acerca a decirle una editora estadounidense. La caseta palestina ofrece libros sobre asnos, canciones y familias felices. Sigue el hilo es una metáfora visual acerca de los desplazamientos. Junto, eso sí, con el dibujo de Menna Allah Awad y otros jóvenes criados bajo las bombas. Reen Al-Aklouk ha diseñado una, que cae sobre la cabeza de una muchacha risueña.

“Algunos creen que se deben ablandar las imágenes. Pero lo que quieren es no sentirse incómodos. También hay formas más simbólicas de contarlo, pero es importante no eliminar el contexto, ni tampoco romantizarlo. No puede no ser político”, agrega Shafik. En el estand de Letonia, la profesora de arte Rūta Briede enseña Outspoken, historias de niños ucranios: encargó a sus alumnos hablar con jóvenes desplazados y retratarlo con palabras y dibujos. Así, un ameno viaje en tren en 2021 se transforma, en la página y el año siguiente, en un vagón repleto de gente en fuga. Desde ese 2022, comienzo de la invasión rusa, la feria de Bolonia también tomó medidas. Y ahora, por la misma razón, ha rechazado acoger al Instituto Nacional de Literatura Hebraica: sí a autores y editores de países en guerra, pero no a los que estén vinculados con los gobiernos que las empezaron. “No podemos no percibir aquí también la incertidumbre que todos estos conflictos desatan”, concede Elena Pasoli, directora del evento. Donde se ha organizado la lectura en alto de los derechos del niño. Y el lema elegido es Togheter we are better (Juntos somos mejores).

Efectivamente, Pasoli confirma que casi todos los editores han podido venir. Incluidos, por primera vez, países como Uzbekistán, Nepal o Barbados. Pero el surcoreano Lee subraya que está cada vez más caro, y complicado. He aquí los otros impactos, más sutiles, de la realidad. No tanto, según la decena de fuentes consultada, en un auge particular de libros sobre la actualidad más trágica. Los hay, por supuesto. En If, premiado álbum sin palabras de Ann Nadine, una joven juega, se lanza al mar, estudia, ama, envejece. Hasta que un zoom desde sus ojos revela la realidad: la rodean escombros, y así es probable que acaben también sus sueños.

Sin embargo, dos días de paseos por la feria devuelven el mismo oasis creativo, alegre y variopinto de años anteriores. Frente a los soberanos disparatados del planeta, El rey de la caca; ante el avance homófobo, el dinosaurio arcoíris; y, en general, un colosal hervidero de ideas. El sello My Royal Tree ha reconvertido su estand en un viejo salón literario; Bluey ya sale incluso en los huevos de Pascua. Y los Pitufos han dibujado por el suelo del recinto pistas para llegar hasta su aldea. El drama no queda fuera, pero siempre tiene cerca belleza y asombro. El mundo, a través de estos libros, se vislumbra más divertido, emocionante, inclusivo y accesible. Últimamente hasta habla muchas lenguas indígenas.

“De los lectores pequeños nacen los ciudadanos de mañana. Por suerte ya es una convicción consolidada que el libro resulte una herramienta indispensable para formar el pensamiento crítico, crecer sin estereotipos o defender la democracia”, apunta Pasoli. “Tenemos que hablar más de esos conceptos. El mundo está cambiando rápido, pero la base de lo que sentimos los humanos es la misma, y debemos centrarnos en eso”, añade Lee. Tal vez los niños sirvan de antídoto frente a los vicios de los mayores. Aunque el riesgo es que, al revés, se terminen contagiando. “Los libros infantiles solían tener un tiempo más reposado, de calidad. Y ahora el ritmo, también en los encuentros profesionales, va súper rápido. Se sacan novedades a todo trapo, el 80% de lo que nos enseñan son todavía esbozos”, apuntan Ricard Peris y Nàdia Revenga, del sello español Andana. “Acabas saturada. Se solía negociar la compraventa de un libro y luego hacer seguimiento. Ahora te exigen cerrarlo ya porque si no lo hacen con otro. Y eso que muchas obras no están ni terminadas, ni siquiera se puede ver la cubierta definitiva”, confirma Anna Vicens, de la editorial Éccomi.

En España, la literatura infantil y juvenil lanzó 10.246 títulos en 2024 ―último dato que facilita la Federación de Gremios de Editores―, con una facturación de 551 millones de euros, un 10,9 % más que en 2023. El crecimiento resulta constante desde hace una década. E Italia también ha celebrado estos días el aumento de ingresos de los libros para los más pequeños. “Somos un gremio acostumbrado a las crisis, con cierta resiliencia”, tercia Juana Silva Puerta, en el enorme estand que este año ha presentado Colombia. Puede que el aguante esconda otro mensaje esperanzador: las familias, en épocas sombrías, renuncian a mucho, pero no a libros para sus hijos. Aunque otra obra en la caseta colombiana recuerda que privilegiados o condenados muchas veces se nace, que es solo La rueda de la fortuna. “El libro infantil refleja su época. Los niños no son ajenos a ello. Y la literatura es una forma empática de acercarlos a fenómenos innegables”, agrega Silva Puerta. “Habría que mirar a los pequeños desde una perspectiva de igualdad con los adultos, solo que con habilidades distintas”, agrega Nadia Shafik.

El álbum ilustrado Quel giorno, de Michael Rosen, cree tanto en la mente de los niños que hasta les cuenta el Holocausto. Y la confianza en los pequeños rige toda la programación de Noruega, el país invitado este año a la feria. “Su proyecto debería ser el manifiesto de la literatura infantil y juvenil. Habla de tomarse muy en serio a los pequeños”, explica Pasoli. Todo resumido bajo el lema: “Y si”. Una exposición visual muestra ejemplos ilustrados: y si un elefante dispersa con su trompa a una orquesta; y si un niño se sienta a charlar con un cuervo; y si dos adolescentes se miran; y si papá y mamá hacen el amor. Puestos a fantasear, hasta se puede imaginar otro escenario: y si todo este caos un día acaba.

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