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La compositora Unsuk Chin gana el Premio Fronteras del Conocimiento de Música y Ópera: “Todavía me siento una principiante”

La creadora surcoreana recibe el galardón de la Fundación BBVA por su “técnica singular de gran solidez” y por una escritura de “refinamiento sonoro” que transforma la materia musical en un juego de ilusiones

La compositora Unsuk Chin, ganadora del Premio Fronteras del Conocimiento de Música y Ópera de 2026.FUndación BBVA

La compositora surcoreana Unsuk Chin (Seúl, 64 años) ha sido distinguida con el Premio Fronteras del Conocimiento en la categoría de Música y Ópera, otorgado por la Fundación BBVA, en reconocimiento a una trayectoria que ha logrado articular una voz propia de amplio impacto global dentro del panorama contemporáneo. El jurado ha destacado en su acta “su técnica singular de gran solidez” y, especialmente, “su refinamiento sonoro”, además de su “imaginación desbordante” y su “magistral capacidad de transformar el sonido en un juego de ilusiones y metamorfosis”, rasgos que la sitúan entre las grandes innovadoras de nuestro tiempo.

La noticia del premio sorprendió a Chin en su casa de Berlín en mitad de una entrevista con motivo de su participación en el festival Primavera de Praga. “Miré el teléfono y vi que alguien intentaba localizarme con un número desconocido; luego me escribió mi editor desde Londres pidiéndome que lo cogiera urgentemente. Me fui a otra habitación y entonces hablé con [la presidenta del jurado] Gabriela Ortiz”, cuenta a EL PAÍS por videollamada. “Empecé a gritar, no podía creérmelo. Es una sensación difícil de describir, como un cuento de hadas”. El equivalente musical, dice, a “un gran fortissimo, un tutti orquestal acompañado de un efusivo y desbordante coro”.

Formada en sus inicios de manera autodidacta, en un contexto marcado por las dificultades económicas para acceder a la enseñanza musical en Corea del Sur, en 1985 Chin se trasladó a Alemania gracias a una beca y allí estudió con György Ligeti. “El comienzo fue muy duro. En Corea tenía un buen maestro, pero mi verdadera formación empezó en Europa”, recuerda. “Ligeti era un profesor tremendamente exigente, un compositor consagrado, con un lenguaje muy fuerte, y muchas veces no llegaba a comprender sus lecciones. Pero guardé sus consejos y fui entendiendo sus palabras con el tiempo. Me ha llevado décadas. Incluso ahora sigo aprendiendo de él”.

Esa permanente búsqueda de un lenguaje propio, ajeno a adscripciones y etiquetas, constituye uno de los ejes centrales de su obra. “Me resulta muy difícil definir mi propia música”, señala. “En mis comienzos era más abstracta, más cercana a la vanguardia, pero pronto entendí que ese no era el camino que quería seguir”. Desde entonces, su estilo ha tratado de mantener una “conexión fuerte” con el oyente: “Intento expresar cosas complejas de forma clara, no hacerlas simples, sino hacerlas comprensibles”. Esa tensión entre rigor y voluntad comunicativa recorre un amplio catálogo que abarca desde la música de cámara hasta el repertorio orquestal y operístico.

Su obra Akrostichon–Wortspiel (1991-93), para soprano y ensemble, marcó el inicio de una línea sostenida de trabajo en formatos camerísticos y para conjunto, y consolidó su presencia en los principales circuitos internacionales. A ella se sumaron piezas como Fantaisie mécanique, Xi o Gougalōn, estrechamente vinculadas al Ensemble Intercontemporain, así como ParaMetaString (1996), para cuarteto y electrónica, por encargo del Kronos Quartet, y el ciclo de Études para piano (1995-2003), heredero directo del magisterio de Ligeti, donde el formato reducido funciona como un laboratorio de exploración tímbrica.

Su escritura para solista y orquesta lleva esa ambición a un plano de mayor complejidad formal y proyección sonora. El Concierto para violín nº 1 (2001), galardonado con el Grawemeyer Award, o el Concierto para violonchelo (2006-08), que The Guardian incluyó entre las grandes obras del siglo XXI, comparten un mismo mecanismo de precisión relojera, en el que cada detalle responde a una rigurosa lógica interna. A ellas se suman páginas como Šu (2009), para sheng y orquesta, o el Concierto para orquestaSpira’ (2019), en las que el tratamiento del color y la textura genera superficies sonoras en continua mutación.

La música de Chin ha sido interpretada por importantes orquestas y, desde hace más de dos décadas, mantiene una relación especialmente estrecha con la Filarmónica de Berlín gracias a la confianza que siempre le ha brindado Sir Simon Rattle. “Los considero mis amigos”, reconoce. “Trabajar con una orquesta así es siempre una aventura: son extremadamente profesionales y también muy críticos”, señala la compositora, que ha colaborado con orquestas y teatros de ópera de Montreal, Múnich y Hamburgo de la mano de otro de sus valedores, el maestro Kent Nagano, que en septiembre asumirá la titularidad de la Orquesta y Coro Nacionales de España.

La primera ópera de Chin, Alicia en el país de las maravillas, fue elegida en 2007 “estreno del año” por la revista Opernwelt. “No era ni una ópera contemporánea al uso ni un musical, sino que se situaba en un punto intermedio”, recuerda. En la segunda y última, La cara oculta de la luna, estrenada en 2025 en la Ópera Estatal de Hamburgo, despliega un universo sonoro más oscuro y de gran densidad psicológica. “Fue una experiencia muy intensa, en la que yo misma escribí el libreto”, explica. La obra, inspirada en la figura del físico Wolfgang Pauli y su relación con Carl Gustav Jung, se adentra en territorios cercanos al sueño, la ciencia y la inestabilidad mental.

En los últimos años, Chin ha retomado el contacto con sus raíces. “Cuando era joven no encontraba la manera de combinar la tradición coreana con la música europea, pero ahora empiezo a tener algunas ideas”, celebra. “Estoy trabajando en una pieza de teatro musical con un cantante de pansori coreano, y también en una ópera breve más ligera y casi humorística”, avanza la compositora, que no disimula su orgullo por la condición de potencia cultural que ha alcanzado Corea del Sur. “Hay muchísimo público y talento musical, pero quizá debamos aportar algo propio”, reflexiona. “No basta con tocar a Mozart o Beethoven. Hay que crear algo nuevo. De lo contrario, no hay futuro”.

Chin se plantea cada nuevo proyecto desde cero. “Creo que puedo empezar de nuevo como compositora. No sé en qué dirección, pero todavía me siento una principiante”, asegura. Sobre el avance de la inteligencia artificial, se muestra cauta: “Puede hacer muchas cosas, pero en el arte buscamos emociones como el dolor o la alegría. Sin eso, no puede haber una obra real”. Al final, todo se reduce a la “experiencia humana” de la escucha: “Me gustaría que cualquiera pudiera encontrar algo inspirador en las muchas capas y dimensiones de mi música. No hace falta entenderla completamente: basta con que cada oyente pueda llevarse algo propio”.

El Premio Fronteras del Conocimiento, dotado con 400.000 euros, ha sido concedido por un jurado presidido por Gabriela Ortiz y con Víctor García de Gomar como secretario, junto a los vocales Mauro Bucarelli, Silvia Colasanti, Raquel García-Tomás, Pedro Halffter, Joan Matabosch, Fabián Panisello y Santiago Serrate. En las últimas ediciones, el galardón ha recaído en Toshio Hosokawa, George Benjamin, Thomas Adès y Philip Glass. Como destacó en su acta, la obra de Chin “crea paisajes en constante transformación, donde el color y la textura juegan un papel primordial” y generan “una estética inconfundible dentro del campo de la música actual”.

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