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El escultor que hizo los Goya durante 30 años pero no pudo hacer el que ganó su hijo

Cristóbal Fernández creció rodeado de las estatuillas que su padre esculpió hasta 2019, antes de recoger la suya al mejor montaje en la última edición de los premios

Cristóbal Fernández, ganador del Goya de montaje, izquierda, posa junto a su goya y su padre, José Luis Fernández, escultor y antiguo artesano de las figuras de los Goya, en el taller de este último en Madrid.Andrea Comas

Se lo habían recomendado. Que pensara lo que iba a decir. Por si acaso. Que lo llevara escrito en una nota. Que aquello es un agujero negro. Que te puede salir bien o te puedes bloquear y ser incapaz de decir una palabra. Él hizo caso a los consejos. Llevaba un papel escrito en un bolsillo de la americana. No le hizo falta sacarlo. Tampoco se concretaron dos de sus preocupaciones: ni se puso a llorar ni le dio un jamacuco.

Cuando la actriz Irene Escolar abrió el sobre y pronunció su nombre como ganador en la categoría de mejor montaje, Cristóbal Fernández (45 años, Madrid) se levantó de su asiento y no se acordó del papel que llevaba en la chaqueta. Antes de subir estaba muy nervioso. En cuanto se levantó de su asiento, dejó de estarlo. Dio las gracias a Oliver Laxe —el director de Sirat, la película que montó—, a todo el equipo, a los productores, a su familia, a su madre, a su padre… y respecto a este último añadió: “que además hoy es su cumpleaños, le felicitó desde aquí… además, él es el escultor que ha hecho los Goya durante casi 30 años, así que es un premio muy familiar para todos, muy especial…”. El patio de butacas empezó entonces un aplauso que denotaba la ternura que genera un hijo reconociendo el trabajo de un padre.

Nada más terminar su discurso, los teléfonos móviles y el fijo comenzaron a sonar en el piso de Madrid en el que vive el escultor José Luis Fernández (83 años, Oviedo), que estaba viendo la gala junto a Marisol, su mujer. “Me emocioné, claro. No sabía lo que iba a decir. Es muy tímido. Le estoy muy agradecido. Nos llamó muchísima gente. No veía la gala desde que dejé de hacer los premios…”, cuenta Fernández sentado junto a su hijo en una de las habitaciones de su taller de Vallecas.

Los primeros galardones habían sido obra del escultor malagueño Miguel Ortiz Berrocal. Reproducían la cabeza del pintor y era desmontable y móvil: un mapa de España con forma de cámara emergía del cráneo. Más allá de los debates estilísticos, tenía un inconveniente: pesaba 15 kilos. “Hicieron un concurso público para renovar el premio. Me pidieron que me presentara. No había en aquel momento tantos escultores que pudieran hacerlo. Querían una escultura en bronce, que se viera en escena, que pesara poco, que fuera aparente y que representara a Goya, claro”, explica. Y envió su propuesta: “inspirada en los autorretratos y los retratos de sus discípulos”, fundición en bronce a la cera perdida —“el sistema más antiguo, el más puro que hay”—, con una peana de latón patinado, con 31,5 centímetros de alto y un ancho de entre 15 y 16. Y un peso entre 2,5 y 3 kilos. “Es un acierto que la Academia pensara en Goya, porque fue uno de los mayores y mejores narradores de la Historia”, añade.

José Luis ganó el concurso y comenzó entonces una relación que se alargó durante 32 años —lo ganó en 1987, pero sus primeras obras se entregaron en la edición de 1990—. “Íbamos a todas las ceremonias. Recuerdo una vez que iban a entregar un premio, se cayó y se rompió en mil pedazos. Yo estaba con mi mujer y con mi hermano. Nos queríamos ir de la vergüenza que nos estaba dando. ¿Cómo podía ser que se hubiera roto? Resultó que era una réplica de chocolate, porque estaban entregando la categoría de efectos especiales”.

Rodeado de esculturas en su taller, recuerda que, cada año, la Academia le encargaba un número distinto. “Después de la ceremonia te encargaban más, porque a lo mejor había un equipo que ganaba y había que entregar una a cada persona. Luego, siempre a través de la Academia, había quien encargaba una porque la había perdido. Sé que se ha vendido alguna… es algo que también pasa con los Oscar. Pero el proceso siempre fue muy serio”, explica.

En febrero de 2019, una llamada del presidente de la Academia, acompañada de una carta, informó a José Luis de que dejaba de hacer los Goya. La cláusula cuarta del contrato permitía a la Academia resolver anticipadamente el contrato si decidía cambiar la escultura o el premio. Se despedía agradeciendo “la colaboración tan estrecha mantenida durante todos estos años”. “Para mí fue un fracaso. Pero así es la vida. Estoy muy agradecido. Para mí fue muy importante porque me permitieron enfocar mi pensamiento en la parte creativa. Lo que me fastidia es que me hayan quitado de la historia de las esculturas en la página web de los premios”. La web de la Academia salta de Berrocal a la estatuilla actual, de la que indica que es “una reproducción a partir de un vaciado en escayola original del busto realizado por Mariano Benlliure en 1902, conservado por la familia. Nuestro más sincero agradecimiento a la Fundación Benlliure por su cesión de forma altruista”.

José Luis está ya jubilado, pero sigue haciendo obra. Alterna entre su taller de Vallecas y la fundición de Torrejón de Ardoz, cuya segunda planta alberga un museo sobre su obra. En Torrejón tiene varias de sus esculturas más significativas. Su encargo más reciente para la ciudad es una escultura del atleta Usain Bolt.

Autodidacta, comenzó su relación con la escultura en los ascensos en bicicleta hasta el colegio Loyola, en la falda del monte Naranco, en Oviedo. En el trayecto, había varios talleres de marmolistas que captaban su atención. Segundo de diez hermanos, hijo de un militar y de una ama de casa. Con 18 años y el dinero de su primer encargo —un San Salvador para una iglesia románica asturiana— y lo que le dieron por una virgen de Covadonga de madera, se mudó a Madrid. Ganó un premio nacional de escultura con una imagen de una señora que llevaba una gallina en la mano.

“En aquellos tiempos era fácil acercarse al taller de un escultor. Venías bien vestidito y educado de provincias y era fácil. ‘¿Quieres trabajar? Pues vente mañana’, te decían. Trabajaba el mármol, la madera… trabajé con Juan de Ávalos, Ramón Lapayese, con Enrique Pérez Comendador, con Antonio Suárez, que tenía el taller en esta misma calle, en la que llevo desde 1972…Siempre me llamó mucho la atención el oficio. Hoy con los ordenadores se puede hacer escultura, pero les falta oficio y manualidad”, dice.

Cristóbal, segundo de tres hermanos —Sergio, filósofo y Natalia, historiadora del arte, que trabajan en la fundición con José Luis— estudió Comunicación Audiovisual en la Complutense y un máster en cine documental en la Pompeu Fabra. Sirat, la tercera película de Laxe que monta tras O que arde y Mimosas, le llevó 25 semanas de trabajo. “El del montaje es un trabajo de equipo con el director que tiene que ver con la narrativa, con la forma de la película, con el ritmo, con la musicalidad, con el trabajo con los actores, con la elección de los planos, con las tomas… Es la forma final que tiene la película. Me recuerda un poco a la escultura en piedra, en el sentido de que hay un bloque y que sabes que dentro hay infinitas esculturas y tienes que esculpir el material de imagen y sonido. Hay muchas películas dentro del mismo material”, explica.

Sirat, dice, “es una película muy narrativa, un poco para todos los públicos, pero también muy exigente con el espectador, le lanza retos. Te atrapa. Hay gente que acepta la propuesta y otra que la rechaza, pero creo que se queda en la cabeza un tiempo. Y eso es bueno”. “Desde pequeño”, continua, “en casa siempre ha habido una relación especial con los premios Goya. Recuerdo toda la infancia en el taller y ver a mi padre haciendo esculturas. Es algo como muy normalizado ver Goyas y cogerlos”.

—En las entrevistas, a veces, me preguntaban a quién me gustaría que le dieran un Goya. Y yo decía: ‘joé, a mi hijo’—, dice José Luis.

—A mí me daba mucha vergüenza que hablara de mí—, añade Cristóbal.

—¿Le hubiera hecho más ilusión uno hecho por su padre?

—Sí, me hubiera hecho más ilusión, claro—, responde el cineasta.

—Te puedo hacer otro cuando quieras—, le dice el escultor.

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