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El regreso del ‘No a la guerra’: la noche en que el cine mostró su poder político y firmó su divorcio de la derecha

Pedro Sánchez trata de recuperar el popular lema, mientras el ‘podcast’ ‘Delirios de España’ recuerda aquella gala de los Goya de 2003, en un tiempo con muchas similitudes con el actual, pero también con muchas diferencias

Willy Toledo y Alberto San Juan, de la compañía teatral Animalario, presentan la gala de entrega de los Premios Goya el 1 de febrero de 2003.Bernardo Pérez

El 1 de febrero de 2003 se celebró, como cada año, la gala de los Goya, los premios más importantes del cine español. La gran vencedora fue entonces Los lunes al sol, de Fernando León de Aranoa, una película de fuerte contenido social; pero más allá de gags, celebridades y trofeos cabezones, la velada es recordada como aquella en la que el mundo del cine gritó “No a la guerra”, encabezando una de las mayores protestas sociales de la historia reciente de España. La manifestación en Madrid contra la invasión de Irak, dos semanas después, reunió a dos millones de personas, según la organización (650.000, según el Gobierno). “La repercusión de la gala fue enorme, pero es que ese grito ya estaba en la calle”, dice el director de escena Andrés Lima, que estuvo al frente del espectáculo: “Gran parte de España no quería esa guerra”.

Tanta simpatía tuvo la causa que ahora el presidente Pedro Sánchez ha tratado de recuperar aquel eslogan —y se entiende que aquel espíritu— para transmitir su oposición a la intervención ilegal de Donald Trump y Benjamin Netanyahu en Irán. Para algunos es un mensaje puramente electoralista; para otros, aunque coincida con los intereses del presidente, es bienvenido. Además, aquella noche supuso un hito en la ya proverbial animadversión de parte de la derecha española a la industria del cine: los “titiriteros”, los “apesebrados”, los “subvencionados”.

“El movimiento contra la guerra ya existía antes”, explica el periodista Juan Sanguino, “pero yo, que tenía 19 años, y muchos otros nos movilizamos a partir de la gala, en una época de optimismo en la que el compromiso político no estaba tan bien visto”. Sanguino acaba de lanzar la nueva temporada de Delirios de España, en Podium Podcast, dedicado precisamente a las entretelas de aquella gala y al ambiente ciudadano que la rodeó. La animadversión de la derecha al cine español tampoco era nueva: “Había nacido en la Transición cuando, después de tanta dictadura y el éxito de las españoladas, los cineastas quisieron contar qué había pasado en las décadas anteriores y en la Guerra Civil”, cuenta el periodista, que este fin de semana celebra dos eventos en directo en el Teatro Gran Vía de Madrid.

Esa tensión, sin embargo, no operaba siempre. Sanguino relata en su podcast cómo, durante la primera legislatura de José María Aznar, el presidente solía invitar los viernes a cenar a algunas figuras relevantes del cine español (una etapa en la que también establecía relaciones cordiales con las fuerzas nacionalistas) y cómo en aquella época la industria cinematográfica recibió sus mayores subvenciones. Fue en la segunda legislatura, ya con mayoría absoluta, cuando no necesitó una política tan conciliadora… y cuando se enroló en la guerra de Irak. De ahí data la famosa foto de la Azores, con los presidentes George W. Bush y Tony Blair. De hecho, según aventura Sanguino, parte de la virulencia contra el presidente en la gala (“nunca, antes o después, se criticó tan abiertamente a un presidente”) podría deberse al desencanto después de aquel breve idilio.

La historia de la gala de los Goya comienza cuando la Academia de Cine ofrece a Alberto San Juan, Guillermo Toledo y Ernesto Alterio ejercer de presentadores, por la popularidad que les había granjeado el éxito de la comedia El otro lado de la cama, de Emilio Martínez-Lázaro. Alterio declina la oferta, pero los otros dos deciden no solo presentar sino, además, pedir estar al cargo del espectáculo a través de Animalario. La compañía teatral tenía en su haber ese año una obra sobre la boda entre Ana Aznar, hija del presidente del gobierno, y Alejandro Agag (que se escenificó casi como una boda de Estado), y en el futuro estrenaría otras tan exitosas como Urtain.

Por aquel grupo pasó, como en un Dream Team primigenio, buena parte de lo que luego se asentó como el mejor talento del cine y el teatro español: Javier Gutiérrez, Nathalie Poza, Roberto Álamo, Pilar Castro, Luis Bermejo, Fernando Tejero, Juan Cavestany, Juan Mayorga, etc. La Academia del Cine aceptó el trato. “Fue una de esas raras ocasiones de celebración democrática en las que un grupo de gente toma espontáneamente el espacio público para alzar la voz contra la violencia del poder y a favor de lo vivo”, recuerda Alberto San Juan, que entró en escena, aquella noche, bajando con Toledo las escaleras del auditorio en una bicicleta con la torpeza temeraria de los clowns. “Oye, Guillermo, tú y yo habíamos dicho que si hacíamos los Goya era para tirarnos a la piscina”, dijo ya sobre el escenario. Y sí se tiraron.

Así, Animalario preparó una gala combativa, pero la cosa no quedó ahí: “Había un guion de la gala, quizá excesivo en lo teatral, en lo surrealista; pero lo que vino luego con los ‘discursos’ de los premiados, obviamente no estaba escrito. La gente se sintió libre y la celebración se fue retroalimentando”, recuerda el guionista Cavestany. Por ejemplo, el actor Luis Tosar, que comenzaba entonces a saborear las mieles del éxito, aprovechó en su discurso por el premio a Mejor Actor de Reparto, para juntar dos causas en un mensaje al presidente Aznar: “Si quiere petróleo solo tiene que venir a Galicia a recogerlo”, en referencia al desastre del Prestige. Hasta estuvieron los trabajadores de Sintel, acampados entonces en el paseo de la Castellana para protestar por sus despidos. Javier Bardem, premio al Mejor Actor, quiso “recordar a los gobernantes que ganar las elecciones no es un cheque en blanco (…) tienen la obligación de escuchar al pueblo, y nosotros decimos: no a la guerra”.

Otra guerra ilegal

¿Vivimos en una época similar? La invasión de Irak fue una acción ilegal, pero al menos trató de venderse al público como algo justificado, aunque fuera utilizando excusas falsas como las “armas de destrucción masiva”. Hoy, líderes como Trump y Netanyahu también se saltan cualquier protocolo nacional o internacional, pero ni siquiera muestran intención de cargarse de legitimidad en un mundo en el que parece que las reglas ya no sirven y se impone la ley del más fuerte.

El historiador Francisco J. Leira Castiñeira enmarca el “no a la guerra” de 2003 en una corriente pacifista que parte del “abajo las quintas” del siglo XIX y pasa por los movimientos antiOTAN, la insumisión o el rechazo al terrorismo de ETA; véase el volumen coral El pacifismo en España desde 1808 hasta el “no a la guerra” de Irak (Akal). Ahora ve una situación diferente que hace 23 años. “Entonces había una conciencia social contra una guerra que no era cualquier guerra, sino una en la que participábamos de manera activa”, dice. Otras diferencias: la derecha en el gobierno de entonces tenía que defender una mentira muy difícil de defender, ahora el relato de la extrema derecha muestra notable fuerza a favor de gobiernos fuertes y violentos, y contra el pacifismo y otras corrientes emancipatorias.

“Es más difícil que el grito del ‘no a la guerra’ pueda triunfar en estos tiempos: parte de la sociedad se enfoca en la defensa de la cultura occidental y en el enemigo interno que coloca en la migración”, dice el experto. Por supuesto, también influyen las violaciones sistemáticas de los derechos humanos del régimen iraní, que, para muchos, legitiman el ataque, sea este como sea. Y el nivel de concienciación social no llega ni por asomo al nivel que llegó por el genocidio de Gaza. Más allá de aquella gala de los Goya, Leira quiere poner en valor una “base sólida” del movimiento pacifista en España, aunque pase por momentos de auge y de calma.

Algo más de un año después de la gala de los Goya, y tras los atentados de Atocha (que muchos vincularon a la participación de España en la guerra), el Partido Popular perdió las elecciones y la primera acción de José Luis Rodríguez Zapatero, flamante presidente, fue cumplir su promesa de retirar las tropas de Irak.

¿Siguen las protestas en el mundo de la cultura teniendo ese impacto? “Lo cierto es que ya se han convertido en un poco previsibles”, dice Sanguino. Por ejemplo, la última gala, el 28 de febrero, supuso un notable repaso a la actualidad política y sus injusticias: la masacre en Palestina, la persecución de los migrantes por Donald Trump, los recortes de Javier Milei, la violencia de género, e incluso la figura de Francisco Franco. “Ya sé que no vamos a cambiar el mundo, pero no podemos mirar hacia otro lado”, se disculpó el presidente de la Academia, Fernando Méndez-Leite.

A partir de la gala de 2003 y la furibunda respuesta que recibió de la derecha política y mediática, según observa Sanguino, se recrudeció un fenómeno hoy común, relacionado con la polarización: “Antes podríamos haber estado de acuerdo en que hay cosas rechazables, como la guerra, el cambio climático, la violencia de género o contra el colectivo LGTB... Ahora es todo de izquierdas o de derechas. Ahí se sembró el germen de que no hay certezas absolutas”.

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