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Obituarios
Opinión

Nos dejó la risa

Si Rossana Reguillo leyera la cascada de mensajes que han lamentado su tan prematura partida, una sonrisa le haría mostrar esa hilera de dientes con los que siempre denunció toda injusticia y animó a los miles de alumnos

Rossana Reguillo en su estudio de trabajo en Chapala, Jalisco, el 24 de noviembre de 2021.ROBERTO ANTILLON

La académica, profesora y activista Rossana Reguillo Cruz murió la noche del 24 de abril en su Guadalajara natal a los setenta años.

De las muchas cosas que se publicaron este sábado apenas se supo su fallecimiento, y de las tantas más que se dirán, destaco que nos dejó la risa. Porque pasara lo que pasara, y pasaron tantas cosas en sus cincuenta años de lúcida crítica social, al final, tras el dolor y en no pocas ocasiones incluso lágrimas, reía, siempre reía.

Por ejemplo en el año 2001. Hace un cuarto de siglo Stanford la invitó a pasar una temporada en su campus. La despedimos como era debido: festejos porque nuestra maestra, nuestra Rossana, había sido invitada a una universidad gringa.

Ella y su inseparable Pepe —Jabaz para sus miles de cuates y admiradores— agarraron una troca y, como antes tantos jaliscienses, por carretera viajaron hasta California. Una especie de sueño americano, pero por méritos. A las pocas semanas estaban de regreso.

—Y luego, ¿qué pasó?

—No, Chava, muchas pinchis ardillitas, jajaja.

Rossana no tenía tema con esos roedores (y antes de que se me olvide en esta triste hora, hay que destacar su veta animalista: deja huérfanos de madre a una tropa perruna). El tema era que la bucólica Palo Alto no le iba bien a ella, que vivía por y para la gente.

De cualquier manera, Reguillo no volvió de California con las manos vacías. El giro antiderechos que envolvió a Estados Unidos por el trauma del 11 de septiembre de aquel año le aterró tanto en lo personal como en lo académico que le produjo fascinación para estudiarlo.

Y con eso retornó a Guadalajara, donde desde nueve años antes se había consagrado como una referencia, cuando tras las explosiones del 22 de abril de 1992 que dejaron centenares de muertos se constituyó en una voz impecable e implacable, que no solo acompañó a las víctimas, sino que desarticuló las, ya desde entonces de moda, verdades oficiales sobre las causas y los costos de una desgracia.

En la calle otra vez se llamó su tesis de maestría (1991), y en el caso de Rossana, al retornar de Estados Unidos diez años después de ese libro, supo que la calle se le había extendido más allá de Jalisco: su campo de estudio se había vuelto global justo a ella, que era feliz como pocas personas en un salón de clases.

Volvería a la Unión Americana (con Jabaz, desde luego, siempre junto a Jabaz) años después, cuando invitada por la Universidad de Nueva York pasó ahí unos meses, donde le tocó (literalmente) el Occupy Wall Street. Así como no hay portero sin suerte, a Rossana la vida la iba poniendo en el lugar indicado.

***

Rossana Reguillo hizo del ITESO su base de operaciones, pero a lo largo de este siglo se volvió una referencia mundial en el estudio de los jóvenes y la violencia.

Como ella me contó en 2015 en una entrevista para la edición tapatía de MásPorMás, creía que aportaba más quedándose en Guadalajara a pesar de gente que, como su amigo Carlos Monsiváis, le decía que si migraba a la capital su nombre resonaría más a nivel nacional.

Hoy no está de moda reivindicar el federalismo. Ella lo hizo desde el ITESO, la Universidad de Guadalajara y el CIESAS, y a contrapelo de la política, a la que Rossana se volvió alérgica tras comprobar, no sin costo personal, que cada partido que triunfaba era peor que el anterior.

Monsiváis tenía razón en la parte de que él sabía que era más reconocida fuera de México que en su país. El mismísimo Benedicto XVI, sí, Ratzinger, la invitó en 2013 a dar un taller al cuerpo cardenalicio para hablar sobre jóvenes y violencia.

—¿Sabrán a quién están invitando? —se preguntaba en voz alta y otra vez en medio de risas.

En el Vaticano sí sabían: por un lado, a una persona clave para que la carrera de comunicación de una pequeña universidad jesuita en Guadalajara ganara prestigio*, y por el otro, a una investigadora que al comprometerse con la tragedia de Ayotzinapa desataría la furia del Gobierno de Peña Nieto, que lanzó los demonios en su contra.

La hoy reconocida iniciativa Signa Lab nació del terror que Reguillo padeció por una campaña de amenazas no solo digitales, pero que aprovechaban el internet para ser más dañinas.

“Tengo que entender, tengo que entender…” Tal fue el desvelo de Reguillo en medio del miedo que padecía por el acoso por su activismo a favor de los 43.

Rossana regresaría de su jubilación itesiana, que nunca supuso pausar sus labores de investigadora nivel III del Sistema Nacional de Investigadores, para explicarse y explicarnos cómo funcionaban las granjas de bots y esas mafias tras los trending topics cobijadas por el capitalismo salvaje de los dueños de las tecnologías de la información.

— Ve, mis muchachitos, todos unos fregones, no sabes lo que estamos aprendiendo —me dijo un día que la visité en el ITESO al presentarme a los veinteañeros colaboradores con quienes lanzó Signa Lab, iniciativa en la que ella coronaría su solidez e indómita imparcialidad cuando años más tarde el Gobierno de López Obrador la vetó de los debates electorales.

Sí, Peña y Andrés Manuel López Obrador eran iguales. Rossana apenas si se encogió de hombros al renunciar a Signa Lab para que su criatura sobreviviera al boicot de AMLO. Le dolió, pero nunca lo lamentó. No habría sido hija de su padre si así lo hubiera hecho.

***

Rossana era hija de un miliciano de la República española y una chiapaneca. Siempre contaba que la cantante Amparo Montes era su pariente por lado materno, pero sin duda fue la figura paterna la que le había marcado profundamente.

De la entrevista de 2015: “De mi padre aprendí tres cuestiones que me parece que vienen a cuento en el momento que estamos viviendo. Primera: para él, el desafío ético se vivía todos los días; o sea, uno tenía que jugársela cotidianamente, y eso jamás se agotaba. Era un proceso siempre en construcción, nunca acabado. Y eso me ha acompañado a lo largo de la vida; que hay que desnudar al poder oscuro ahí donde se manifiesta, y que hay que denunciar, y que hay que pelear cotidianamente.

Rossana Reguillo antropóloga y académica

“Una segunda cuestión es la convicción —también de mi padre, pero que yo comparto al cien por ciento— de que si uno no le presenta frente y rostro a estos poderes, estos poderes avanzan. Esto es al mismo tiempo muy desgastante porque uno está en la primera línea, o en la segunda, o en la tercera, pero siempre estás ahí, entonces a veces puede resultar muy cansado. Y una tercera cuestión, que me parece absolutamente clave, es que de él aprendí a experimentar la empatía por el otro como una cuestión natural; esta preocupación permanente por los marginales, esta preocupación permanente por la gente que está padeciendo condiciones de injusticia”.

Quien conoció a Rossana en persona, a través de los medios o por alguna de sus publicaciones, reconoce en lo que dice de su padre a ella misma, esa mexicana comprometida que, cuando era niña —según contaba— no entendía bien el léxico de su papá.

“De chica yo lo escuchaba decir, ‘me cago en la leche’. Y yo lloraba, noooo, en la leche no”, contaba Rossana al soltar la carcajada por la confusión, digamos, idiomática.

***

La última vez que tuvimos comunicación fue a principios de este mes. Su salud iba y venía, pero nada me hizo pensar que hoy estaría escribiendo sobre ella a la espera de sus honras fúnebres. El 9 de abril el mensaje en el WhatsApp llegó sin saludo, vimos siempre.

Desfogó críticas al Gobierno y a sus simpatizantes por la estrategia canalla de recortar el número de desaparecidos, una de las batallas que más la encendían en los últimos años. Con ella todo era cariño, pero nunca había concesiones: las víctimas primero, y segundo y al final. Fueran jóvenes consumidos por la narcomáquina o la necromáquina (categorías definidas por ella), fueran las madres buscadoras invisibilizadas por todos los gobiernos, los partidos y los medios.

Y luego, tras preguntar por la familia y reírse de lo inverosímil de todo, terminaba con un nada resignado “Ay Chava, qué vamos a hacer”.

Si leyera la cascada de mensajes que han lamentado su tan prematura partida, una sonrisa le haría mostrar esa hilera de dientes con los que siempre denunció toda injusticia y animó a los miles de alumnos, en México y el extranjero, que hoy despiden a su maestra.

Quedamos tristes, y comprometidos a no ceder, a no renunciar a reír.

*Eso ocurrió junto con una planta académica compuesta por Rosa Esther Juárez, Carlos Luna, Raúl Fuentes Navarro, Maripaz Silva, Luis Petersen, Graciela Bernal, Cristina Romo, Carlos Corrales Díaz y los sacerdotes jesuitas Luis Sánchez Villaseñor, Raúl H. Mora y Xavier Gómez Robledo, entre muchos otros, que marcaron una era en esa universidad. Romo, Corrales Díaz y los tres padres, ya fallecidos.

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