Ralphie Choo asalta el Movistar Arena con una noche de pogo romántico
El cantante llegó al Movistar Arena de Madrid con un plan que se quedó a medias: estrenar disco nuevo ante miles de personas. El álbum no está terminado, pero el artista reveló su posible título y probó varias canciones inéditas que dibujan su próxima etapa


Ralphie Choo abrió su concierto en el Movistar Arena como si fuera a presentar una obra del siglo XIX. Nada de explosiones, ni pantallas gigantes, ni bases pregrabadas retumbando desde el primer segundo. Sobre el escenario, una banda que parecía rescatada de una sala de música antigua: flauta travesera, marimba, piano y un violín eléctrico, junto a varios sintetizadores electrónicos. Como si acabasen de salir de un cuadro barroco, poco a poco fueron introduciendo unos bombos que migraron hacia una sesión de club.
El contraste era evidente: miles de veinteañeros esperando a uno de los nombres más inquietos del nuevo pop nacional y la cosa empezaba con una obertura digna de Chopin. O de Ravel. O de cualquier compositor que jamás imaginó que, siglo y medio después, su espíritu acabaría mezclado con reguetón y trap. Porque eso es Supernova (2023), el primer (y hasta ahora único) disco de Juan Casado Fisac (Madrid, 27 años): una explosión donde conviven el pop melódico, la música urbana, el techno, el reguetón, la rumba y armonías que recuerdan al Romanticismo musical. Lo sorprendente es que esa mezcla no suena forzada. En manos del madrileño, lo académico y lo callejero coquetean como si siempre hubiesen sido mejores amigos.
Ralphie llegaba con una pequeña desventaja: la fecha del 20 de febrero en el Movistar Arena pilla a su disco debut demasiado viejo, y con tan solo cuatro singles nuevos. La lógica del pop indica que este tipo de recintos se llenan con disco nuevo bajo el brazo, y él mismo lo reconoció poco antes del tramo final: su idea era presentar aquí su siguiente trabajo, pero su perfeccionismo lo ha retrasado y todavía no está listo.
Aun así, dejó varias pistas. Hubo tres canciones inéditas: una de ellas con aroma a bachata pasada por un filtro casi digital; otra, una balada que sonaba a Frank Sinatra con autotune; y una última cercana al “malianteo” (reguetón más crudo y de base percusiva contundente), con la que jugaba a descolocar el tempo a propósito, como si la canción se estuviera rompiendo y recomponiendo en tiempo real. Además, en un interludio pianístico, apareció un rótulo rosa sobre fondo azul: Charmain, que parece ser el título de ese disco que no ha llegado a tiempo. En francés significa elegante, y algo de eso parece insinuar la nueva dirección sonora. Hay mucha más contención en los arreglos, menos exuberantes que en Supernova, y, además, Ralphie cantó varias de las canciones inéditas en francés y en inglés con sorprendente soltura. Desde su colaboración con Rosalía y las reseñas internacionales que han recibido él y su entorno en medios como Pitchfork, su proyección ya no parece exclusivamente nacional. Visto así, esta fecha suelta parece un mal menor.

Fisac forma parte de Rusia IDK, el colectivo que ha redefinido el nuevo pop alternativo español. Son expertos en internet: manejan el meme, el doble sentido y el humor generacional. Sus redes están llenas de referencias que cualquier veinteañero entiende al instante y que resultarían indescifrables para quien no habite ese ecosistema digital. Y, sin embargo, en sus directos juega justo a lo contrario: a la figura del autor enigmático, casi anónimo, como si fuera ídolo de una época anterior a la sobreexposición constante. Ralphie podría haber convertido el Movistar Arena en una pantalla infinita, replicando el bombardeo visual que sí hizo su compañero Rusowsky (que pisó el mismo escenario el 25 de septiembre), pero apostó por la contención. Apenas una bola de discoteca, luces sobrias y una banda como centro absoluto del espectáculo. Prefiere mantener ese halo de misterio, como si todavía guardara algunos trucos bajo la manga.
El artista abrió el concierto con Pirri dando pasos exageradamente largos que no terminaban de avanzar. Como si quisiera cruzar el escenario en dos zancadas, pero se quedara en el mismo sitio. Caminaba con esa torpeza encantadora de un niño que imita a los mayores: saltaba, sacaba la lengua, movía las manos con nervio adolescente. Sin embargo, en los ojos se le veía la presión. Puede ser que el recinto le viniera grande (un Movistar Arena sin disco nuevo que presentar pesa); puede ser que estemos ante uno de los mejores compositores de su generación, aunque todavía no sea un intérprete desbordante; o puede que esa aura ligeramente friqui, algo incómoda, forme parte del misterio que construye su personaje. Por momentos entablaba verdaderas batallas con sus auriculares, y aunque la voz en algunos pasajes se perdía en la mezcla, quizás ese gesto se debiese más a su pánico escénico que a un problema técnico.
Así, ese “efecto sorpresa” que todos los artistas que llenan ese recinto piensan que han de tener no estuvo ni en los invitados (que en los conciertos del colectivo siempre son los mismos): Mori apareció para cantar WCID?; y Rusowsky salió en un par de ocasiones para interpretar Gata, Dolores y Valentino Rossi.

Pese al espíritu vanguardista del proyecto, la primera gran conexión emocional llegó con D’amor traficante, a mediados del concierto. Guitarra acústica, estructura de verso y estribillo perfectamente reconocible, melodía clara y sin sobresaltos armónicos. Es decir, una canción que responde a las reglas clásicas del pop. La escena se repitió con ROOKIE, canción que tiene junto a Drummie (que le acompaña como flautista) Barry B, amigo y antiguo compañero de piso, que orbita afectivamente alrededor de Rusia IDK pero no participa del componente más experimental del colectivo. Hay algo ligeramente contradictorio en todo ello. Lo que define a Ralphie Choo (ese espíritu irreverente y vanguardista) es precisamente lo que lo ha convertido en una figura singular dentro del nuevo pop. Sin embargo, en un recinto de gran formato, el momento de comunión más evidente llegó con su repertorio más estandarizado, el más cercano a una lógica pop reconocible.
Por ello, el punto alto de la noche llegó cuando el concierto viró hacia su vertiente más urbana. Voycontodo y Máquina culona encendieron el recinto a través de un bombo seco, un bajo contundente y letras menos contemplativas. El público pasó del balanceo al empujón en cuestión de segundos. Choo oscila del Romanticismo a lo sexy y lo sucio menos de un minuto. Convoca a los modernos que consideran su gusto una cosa muy refinada y también a los canis que han ido ahí a perrear. Y ninguno siente que está fuera de lugar.
Valentino cerró la velada, como manda la tradición en los conciertos de Rusia IDK. Y no es casualidad. Valentino es, en esencia, el manifiesto del colectivo: música máquina, bombo estridente, voz distorsionada… y, debajo de todo, un piano elegante que recuerda que aquí hay formación clásica. Lo que empezó como un homenaje decimonónico con flauta y marimba terminó en un pogo colectivo bailando techno. De Chopin al sudor en una hora y media.
Quizá ahí esté la clave de por qué estos chicos encabezan el nuevo pop nacional. No solo mezclan estilos, sino que pertenecen a una generación que ya no cree en esa cosa que hace unos años se llamaba tribu urbana. El mismo chaval puede ir vestido de moderno y perrear sin ironía cinco minutos después, y cuando dicen que “escuchan de todo”, esta vez es verdad. Esa generación que muchos denominan perdida ha sabido derribar muchos muros relacionados con las jerarquías culturales. Ahora mismo, ni siquiera tiene sentido hablar de mezcla: esa mezcla ya está tan integrada en el propio lenguaje del pop que es la definición del pop actual en sí mismo. Lo que antes era vanguardia, ahora es la norma. Y Ralphie Choo, con todas esas contradicciones, lo entiende mejor que nadie.
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