Magma, el grupo que vino del planeta Kobaïa
La historia del rock francés cuenta con maravillosas osadías, como las protagonizadas por Christian Vander y su tropa insumisa


En la invisible bolsa de valores de los géneros musicales, seguramente no hay acción más devaluada que el rock progresivo (bueno, sí: la New Age). Y no es justo, ya que paga por la arrogancia de sus primitivos defensores, que se creían sibaritas en lo estético e, incluso, en lo moral. Pero ya saben que lo peor para cualquier música suelen ser los excesos de sus militantes.
Mala cosa esa devaluación: el progresivo englobaba planteamientos sonoros únicos y, a veces, formidables audacias conceptuales. Pienso específicamente en el descaro del grupo francés Magma, un producto tardío de Mayo del 68 (tal vez por eso reconocían la violencia como necesario ingrediente… artístico). Tenían una formación cambiante, que podía ir del trío original a una docena de músicos y cantantes. Sería iluso intentar esbozar su trayectoria, con centenares de participantes y varios grupos paralelos, aunque hay libros panorámicos y documentales que enfatizan la obsesión del fundador, el baterista Christian Vander (y en menor medida la de su esposa, Stella, antigua cantante ye yé).
La prehistoria de Magma corresponde a la evolución desde planteamientos miméticos (inicialmente se hacían llamar, glup, Carnaby Street Swingers) hacia la asunción de una radicalidad artística muy propia de la generación soixante-huitard. Ocurrió en muchos rincones europeos, pero pocos insurgentes llegaron al atrevimiento de Vander. Empapado de ciencia ficción, imaginó un origen mítico en el planeta Kobaïa, donde se habían refugiado colonias de terrícolas, generalmente en conflicto entre sí. Allí se hablaba el kobaïano, el idioma artificial que usaban en sus canciones, aunque con el tiempo Vander también recurrió al francés y el inglés. Su indumentaria y su grafismo les dieron disgustos, con observadores que veían allí una secta nazi, para consternación de unos músicos que proclamaban que sus raíces estaban en la izquierda. No ayudaban títulos intimidantes, como Mekanïk Destruktïẁ Kommandöh, su elepé esencial.
La música resultaba igualmente resbaladiza. Para simplificarlo: una base de jazz-rock obstinado, ecos tenues del soul, unos coros posiblemente inspirados por la Carmina Burana de Carl Orff, voces solistas que parecían proceder de alguna jungla amazónica. Hasta la bautizaron como zeuhl, lo que equivalía a “celestial” en kobaïano. Como antecedentes, invocaban el nombre sagrado de John Coltrane, aunque se asemejaban más al exotismo de un Pharoah Sanders. Dice mucho del empuje de Vander y compañía que tan insólita receta se difundiera en los setenta por buena parte del mundo, con excepciones como España, donde se ganaron las sospechas de las autoridades franquistas. Asombrosamente, era una música a veces editada por multinacionales gracias al proselitismo del manager Giorgio Gomelsky, incluso con presencia en el cine.
El impulso kobaïano les llevó hasta mediados de los años ochenta, cuando se les caracterizó poco menos que como chiflados, victimas de borracheras ideológica, aunque pocos discutirían el nivel instrumental del violinista Didier Lockwood o el bajista Jannick Top. Con todo, habían sembrado sus semillas, especialmente en el circuito de las MJC (Maisons des Jeunes et de la Culture), alentado por el ministro gaullista François Missoffe. Universalidad, mais oui. El poder de seducción del Universo Magma les ha ganado complicidades en lugares inesperados: Steve Davis, maestro londinense del snooker, invirtió parte de sus ganancias en la resurrección del grupo a finales de los ochenta. Los kobaïanos siguen entre nosotros.
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