El peso del Grammy
Estos premios son una cita ineludible, aunque tengan un historial rebosante de meteduras de pata


Dicen que “no hay buena obra que se quede sin castigo”. La frase, atribuida al banquero Andrew W. Mellon, refleja el abismo de cinismo en algunos poderosos. Y también resulta aplicable a la trayectoria de los famosos Grammy, premios instaurados en 1958 como última línea de defensa ante la imparable marea del rock & roll. Esa música salvaje solía proceder de sellos independientes, aunque —dicho sea de paso— estos rápidamente fueron vampirizados: ya en 1955, RCA compró el contrato de Elvis Presley a la modesta Sun Records sureña.
Los impulsores originales, directivos de grandes discográficas y editoriales, promovían su concepto del “buen gusto”. Digamos que su “música de calidad” estaba delimitada por los vocalistas de club nocturno, los estándares generados en el Tin Pan Alley neoyorquino, los espectáculos de Broadway y los musicales de Hollywood. Tan legítimo instinto de autopreservación pronto se reveló miope.
Avergüenza la nómina de patinazos de la NARAS (Academia Nacional de Artes y Ciencias de la Grabación). En 1965, The Beatles fue reconocido como mejor artista nuevo pero, en la categoría de mejor grabación de rock and roll se vieron derrotados por Downtown, de Petula Clark (¿uh?). Al año siguiente, arrasó la chispeante música de Herb Alpert & The Tijuana Brass; ni siquiera fueron preseleccionados The Rolling Stones, triunfadores con Satisfaction, o Bob Dylan, por su sísmico Like a Rolling Stone. En 1967, se ignoró Good Vibrations, de The Beach Boys; como grupo vocal prefirieron a los Anita Kerr Singers (una franquicia que funcionaba con diferentes nombres).
Puede que no fueran conscientes de ello, pero los votantes de la Academia revelaban modos racistas. Los maravillosos lanzamientos de Motown Records cosecharon solo un Grammy en los sesenta, por Cloud Nine, de The Temptations. Cuando advirtieron su monumental despiste con el denominado Sonido de la Joven América, los académicos intentaron compensarlo en la década siguiente con toneladas de trofeos para Stevie Wonder. Apunten: preferían a Stevie, anómalo creador autosuficiente, a la prodigiosa sinergia de compositores, arregladores, instrumentistas, productores y cantantes que caracterizaba a la compañía de Detroit.
Sí, la Academia procuraba reflejar la pluralidad de la oferta discográfica, con alrededor de un centenar de categorías. Abundaban los premios que desde aquí nos sonaban exóticos o incluso risibles, como Best Polka Recording. Ojito: la polca es una tradición viva —con sus estrellas, sus festivales, sus sellos especializados— en regiones estadounidenses con abundante población de origen checo, polaco, germano, esloveno o mexicano.
El proceso de selección y votación de los candidatos luce fiable; los miembros priman su idea de la excelencia musical, aunque también cedan al peso de la popularidad. Recordemos el fiasco de Milli Vanilli, artistas revelación en 1990. Rob Pilatus y Fab Morvan, bailarines de profesión, no cantaban en los discos; resolvían las actuaciones con playback. Pero el éxito se les subió a la cabeza y chocaron con su productor, Frank Farian, que tiró de la manta, revelando que las voces en Girl You Know It’s True pertenecían a mercenarios de estudio. La escandalizada Academia exigió la devolución del trofeo y borró al dúo de sus libros. Mucha hipocresía: en el pop industrial (y no utilizo tal descripción de forma despectiva), eso se ha hecho toda la vida. Y, oiga, se sigue haciendo.
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