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Patricio Pron, escritor: “Las crisis que atravesamos propician la radicalización de la crueldad”

El autor publica la novela ‘En todo hay una grieta y por ella entra la luz’, que comienza como una investigación sobre el poeta Benjamin Fondane y acaba siendo el relato de un mundo fracturado

En un pasaje de Patricio Pron (Rosario, Argentina, 50 años) el narrador se encuentra en Nueva York durante el breve intervalo temporal entre la muerte del expresidente Jimmy Carter y la segunda toma de posesión del presidente Donald Trump. Además de notar el contraste entre ambos —por ejemplo, el compromiso con los Derechos Humanos del primero; el desprecio del segundo—, piensa: “Un país cruel tiende a hacer crueles a sus habitantes”.

¿Es eso lo que explica la actual encrucijada civilizatoria? “Eso no solo ha sucedido en Estados Unidos”, responde Pron en una cafetería del madrileño barrio de Malasaña, del que es vecino, “las múltiples crisis que atravesamos propician la radicalización de los afectos tristes: la crueldad, la ira, el odio… Puede que aún no estemos condenados, puesto que aún podemos ejercer nuestro a derecho a ser libres. Yo ejerzo ese derecho escribiendo esta clase de libros”.

A esta clase de libros pertenece su nueva novela, En todo hay una grieta y por ella entra la luz —Pron es partidario de los títulos largos—, que hoy publica Anagrama y esta noche se presenta en el madrileño Espacio Fundación Telefónica, con la presencia del autor y la escritora Raquel Taranilla. ¿De qué trata? Es difícil de precisar: son múltiples asuntos, pero podría decirse que, tratándose la suya de una prosa tan particular, el libro trata de la propia experiencia de la lectura, que se impone a todo lo demás. El tema es la literatura haciéndose evidente ante los ojos del lector. “Creo que todos los libros de importancia en nuestra vida tienen ese tema. Todos vienen a decirnos que el modo en que leemos es contingente y provisorio. Y que puede ser completado y desplazado por otras maneras de ver”, confirma el autor.

Patricio Pron fue invitado, entre 2024 y 2025, a escribir en el Centro Cullman de la Biblioteca Pública de Nueva York un libro que trataba sobre Benjamin Fondane, poeta y cineasta francés de origen rumano, un hombre que tuvo una existencia que escapa a los límites de lo usual, según relata Pron: le rompió la nariz a André Breton en una pelea de bar, filmó una película tan inmoral que el productor la destruyó al primer visionado, advirtió del peligro del fascismo de los años treinta y acabó eligiendo morir en la cámara de gas de Auschwitz-Birkenau, pese a que tuvo la oportunidad de librarse, por acompañar a quien amaba ―su hermana Lina―. “Podría parecer un personaje imaginario, porque su vida estuvo hecha del material del que están hechas, más que las biografías, las mejores ficciones”, observa Pron, que, mientras toma café y agua con gas, hace largas pausas en su discurso para reorganizar sus ideas, como si pensase igual que escribe (lo que probablemente sea así). “Fue alguien que ejerció la absoluta libertad en unos tiempos muy parecidos a los nuestros”, añade.

Pero, pese a la hondura del personaje, Pron no acabó durante ese año escribiendo el libro sobre Fondane, sino que escribió este otro libro. Ese es el argumento: la historia de un escritor que viaja a Nueva York para escribir un libro sobre Fondane y no lo escribe y acaba escribiendo otro (que es este). Luego, en la prosa de Pron es difícil encontrar una dirección concreta, se enreda como las convoluciones de un cerebro, porque es muy cerebral, aunque deja constante hueco para los hallazgos poéticos y las frases que uno acaba por apuntar en la aplicación de notas del móvil. En algún pasaje del libro, Pron habla de un escritor que “no quiere ser leído por todos los lectores, sino solo por los mejores, por los que están dispuestos a llegar más lejos”. Podría referirse a sí mismo.

A veces, la dilatación del tiempo (mientras los protagonistas se toman un café pueden pasar muchas páginas y muchas cosas) recuerda a los textos de Javier Marías, cuya influencia Pron no rechaza, aunque señala otras: “Yo soy un escritor argentino, al menos en parte, y tenemos esa tradición del emborronamiento de los límites de la ficción y la no ficción, del ensayo y la narrativa, como Borges. Yo pertenezco a esa tradición”, dice Pron. Así, pequeños ensayos se van entretejiendo en la historia, largas notas al pie, y notas al pie a las notas al pie (e incluso notas al pie a las notas al pie a las notas al pie, como en un juego de muñecas rusas), numerosas observaciones sobre la ciudad de Nueva York, disertaciones sobre el arte, o sobre el dolor, historias de notorios neoyorquinos, como Homer y Langley Collyer —el primero fallecido, en Harlem, aplastado por las toneladas de objetos que recolectaban obsesivamente; el segundo por inanición poco después—, o como las hermanas Fox, pioneras del espiritismo.

Historias familiares, como la última, la del abuelo paterno de Pron, migrante en Argentina, que una vez se topó con un zorro que le acompañaría siempre y que le adjudicaría la habilidad sobrenatural de “curar los campos”. “Pero, al margen de las historias, lo que más me importa es crear textos que engendren su propio pensamiento, algo así como novelas de ideas”, dice Pron. “Me gusta leer, y aspiro a escribir, el tipo de relato que continúa viviendo cuando lo has terminado, porque sus ideas han devenido importantes para ti”.

La presencia constante de Nueva York lleva a preguntarse por la relación entre la pesada mitología en torno a la urbe que acompaña a todo occidental desde que nace y la realidad de la ciudad que luego se presenta al visitante (véase, por ejemplo, el Nueva York de los documentales How to with John Wilson). Pron reconoce su privilegio, como escritor invitado: por ejemplo, solo en la sede central de la Biblioteca Pública de Nueva York, a la que el autor tenía completo acceso, se encuentran seis millones de objetos, desde los zapatos de Toscanini hasta el peluche que inspiró a Winnie The Pooh. Para Pron lo importante fue poder frecuentar algunos ítems fundamentales de la tradición literaria anglosajona, que también siente como suya: manuscritos de W. H. Auden, primeras ediciones de Fitzgerald o Shakespeare, diarios de Virginia Woolf. O el primer intento de encuadernación de Al faro, de esta última, cuando ponía en marcha la editorial Hogarth Press con su marido Leopold.

Asegura que, a pesar de todo, no tenía demasiado fetiche en torno a la ciudad. “Tenía más bien interés en algunos aspectos de los que no solemos hablar: el mensaje político en las homilías de la comunidad afroamericana, las formas de resistencia a la concentración de capital que se manifiestan en el espacio urbano, los huertos, los cementerios”, dice Pron. “Son lugares en los que veía muchísima vida”.

Por entonces Trump todavía no estaba desatado ni la furia contra la migración, encarnada en el ICE, recorría el país. “Pero sí que encontré señales alarmantes, anticipaciones, de lo que podía suceder en Europa. Era inquietante: la constatación de que eso podía pasar en el país en el que vivimos”, apunta el autor.

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