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Música clásica
Crítica

La Sinfónica de Toronto exhibe tradición y calidad en su primera gira española

La formación canadiense brilló con Prokófiev en Zaragoza bajo la dirección de su titular, el valenciano Gustavo Gimeno, en un programa con el pianista Bruce Liu como solista en Rajmáninov

Comienza con el oboe. Con este título deliberadamente críptico —alusión directa al ritual de afinación de toda orquesta sinfónica—, el antiguo archivero de la Sinfónica de Toronto, Richard S. Warren, narró la historia de la formación canadiense. Un relato que arranca en 1922 bajo la impronta vienesa de Luigi von Kunits, tras un primer proyecto frustrado en 1918, y que se consolida durante más de dos décadas con Ernest MacMillan.

La orquesta ambicionó una proyección internacional con Walter Susskind; el joven Seiji Ozawa le insufló una energía inédita, mientras el veterano Karel Ančerl aportó un refinamiento centroeuropeo. Con Andrew Davis vivió sus años más gloriosos; Günther Herbig pulió el sonido, y Jukka-Pekka Saraste tuvo que capear la etapa más convulsa.

El libro se cierra en 2002 con un capítulo titulado Hacia lo desconocido, que invoca los versos de Susurros de muerte celestial, de Walt Whitman. El renacimiento llegó en 2004 de la mano de Peter Oundjian, un proceso documentado en Five Days in September: The Rebirth of an Orchestra. Esa nueva edad dorada se prolonga desde 2020 bajo la dirección de Gustavo Gimeno.

La orquesta canadiense se encuentra ahora inmersa en su primera gira española con el director valenciano, una ruta que enlaza con varias capitales europeas. Tras dos conciertos en Madrid, los días 27 y 28 de enero, otro en Zaragoza el 29 y la cita de este viernes en Barcelona, el itinerario continuará por Luxemburgo, Ámsterdam, Hamburgo, Amberes y Viena. El repertorio se articula en torno a la Quinta sinfonía de Serguéi Prokófiev y la Cuarta de Gustav Mahler, con la incorporación de alguna obra contemporánea y sendos conciertos de Serguéi Rajmáninov y Béla Bartók, interpretados por el pianista Bruce Liu y la violinista Patricia Kopatchinskaja.

El concierto celebrado en el Auditorio de Zaragoza este jueves se abrió con un homenaje al 85º aniversario del nacimiento del héroe musical torontoniano Glenn Gould y al 70º aniversario de su debut como solista de piano con esta orquesta. La compositora canadiense Kelly-Marie Murphy tituló en 2017 su pieza sinfónica, de unos diez minutos de duración, Curiosity, Genius, and the Search for Petula Clark: un cóctel que combina la figura de Gould con el título de uno de sus documentales radiofónicos más singulares, en el que analiza de manera obsesiva la canción Who Am I? mientras la escucha una y otra vez por la radio, conduciendo por una autopista del norte de Ontario.

No resulta fácil encontrar una relación clara entre esta música, la figura de Gould o la canción de Petula Clark. Con todo, la brillante orquestación de Murphy, unida a una vitalidad directa y a una accesibilidad que por momentos remite a la música cinematográfica, convierten la obra en una propuesta atractiva y eficaz en sala. El virtuosismo de todas las secciones de la Sinfónica de Toronto, especialmente del viento madera y la percusión, quedó patente en los pasajes más frenéticos. Sin embargo, el momento más interesante llegó en la sección indicada como poco rit., donde la cuerda esboza un coral reflexivo y profundamente humano, que se va densificando con sucesivas entradas del viento madera y el metal: quizá una alusión al contraste entre el hombre corriente, movido por la curiosidad intelectual, y el personaje público excéntrico y cuidadosamente construido.

Prosiguió el Segundo concierto para piano de Serguéi Rajmáninov, con el pianista Bruce Liu como solista. Conviene recordar que el gran compositor ruso tocó con esta orquesta en su primera etapa, entre 1908 y 1918, según relata Warren en su libro. Rajmáninov no previó la dureza del invierno torontoniano y tuvo que comprarse un abrigo de pieles en los históricos grandes almacenes Holt Renfrew. Pero, al no encontrar su talla, hubo de conformarse con una prenda cuyas mangas le quedaban cortas y que apenas le cubría hasta las rodillas.

Al pianista canadiense de ascendencia china —cuyo nombre evoca deliberadamente al artista marcial Bruce Lee— le ocurrió algo parecido con el sonido que exige este concierto. Liu, que saltó a la escena internacional como flamante vencedor en 2021 del Concurso Chopin de Varsovia, es un pianista de toque ligero y fluido, de musicalidad contenida, pero sin el poderío sonoro que reclaman los movimientos extremos de esta obra.

Lo mejor llegó con su magistral interpretación del adagio sostenuto, donde supo hacer auténtica música de cámara junto al clarinetista Zhenyu Wang y la sección de cuerda. Liu demuestra una fascinante naturalidad en las figuraciones frescas, ingeniosas y siempre variadas que escribe Rajmáninov para acompañar a la orquesta. En el primer movimiento, la dirección de Gimeno estuvo siempre a favor del solista, secundando su constante tendencia a contener y aligerar el discurso, con la consiguiente pérdida de tensión. Todo mejoró, en cambio, en el allegro scherzando final, donde a la capacidad del canadiense para dotar de claridad a las intrincadas ristras de notas se sumó una orquesta mucho más resuelta.

Tras las ovaciones, Liu ofreció como propina el Nocturno op. 27 núm. 2 de Fryderyk Chopin, una lectura que confirmó su autoridad en la interpretación actual del compositor polaco: combinación de frescura y fluidez, exquisito claroscuro dinámico y un rubato contenido, pese a un leve lapsus de memoria en la mano izquierda en los primeros compases. Mucho mejor conectada con el concierto escuchado fue la segunda propina, ofrecida en colaboración con el excelente concertino de la orquesta canadiense, Jonathan Crow: un arreglo para violín y piano de la Romanza op. 21 núm. 7 de Rajmáninov, escrita en 1902, poco después de concluir su Segundo concierto y de superar su bloqueo creativo con la ayuda de la hipnosis.

La segunda parte se dedicó íntegramente a Serguéi Prokófiev, y fue donde mejor se reconocieron las señas de identidad de la orquesta. Un conjunto que exhibe un híbrido sonoro muy particular, fruto de su propia historia. Combina la precisión técnica y el brillo impecable del viento metal, característicos de las grandes orquestas estadounidenses, con una madera menos agresiva y admirablemente empastada, más cercana a la tradición europea, y una sección de cuerda de clara organicidad alemana, aderezada por la disciplina norteamericana. Todo ello quedó patente desde el andante inicial de la Quinta sinfonía del compositor ruso.

Después de esa exhibición de sonido —que, en la admirable acústica de la sala zaragozana, resultó incluso más favorable que en la del auditorio madrileño— llegó en el allegro marcato otra demostración de carácter. Gimeno imprimió a este scherzo una impertinencia y un humorismo admirables de principio a fin, sin perder un ápice de claridad ni de precisión. Fue, probablemente, lo mejor de la noche, con la decisiva contribución del magnífico solo del clarinetista Eric Abramovitz y de una excepcional sección de violas.

El adagio posterior sonó sombrío y lírico, pero también fluido y tenso, con su poderoso clímax motórico construido con asombrosa nitidez. Finalmente, el allegro giocoso se abrió mostrando la calidad de la sección de violonchelos dividida, para exhibir la capacidad atlética del conjunto canadiense, con las violas marcando el paso, otro excelente solo de Abramovitz y el impulso de las trompas junto al resto del metal y la percusión.

Los intensos aplausos propiciaron dos propinas. La primera fue una versión algo amanerada de la gavotta de la célebre Sinfonía núm. 1 “Clásica”. Mucho más interesante resultó el colofón del concierto, con la sardónica Marcha, op. 99, que el compositor reutilizaría después en su ópera La historia de un hombre real. Prokófiev escribió esta pieza en 1944, al mismo tiempo que su Quinta sinfonía, durante su retiro en Ivánovo —a unos 300 kilómetros de Moscú—, donde coincidió con colegas de la talla de Shostakóvich, Jachaturián y Kabalevski.

XXXI Temporada de Grandes Conciertos

Obras de Kelly-Marie Murphy, Serguéi Rajmáninov & Serguéi Prokófiev.

Bruce Liu, piano. Toronto Symphony Orchestra. Gustavo Gimeno, director.

Auditorio de Zaragoza. Sala Mozart. 29 de enero.


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