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En un escuadrón de montaña en Japón frente a los ataques de osos: el país asiático aprueba cazar en un año 10.000 de estos animales

Mientras los problemas llegan ya a las puertas de Tokio, un plan oficial busca rebajar las duras restricciones en el uso de armas y promover la formación de cazadores

Miembros de la Fuerza Terrestre de Autodefensa de Japón instalan una trampa para osos en Kazuno, prefectura de Akita, en noviembre del año pasado.Muneyoshi Someya (AP)

Japón se encuentra en emergencia por la oleada de ataques de osos contra humanos —que en 2025 produjo un récord de 230 casos en todo el país, 13 de ellos mortales—, y acaba de presentar un plan quinquenal que en el primer año propone cazar más de 10.000 de estos animales. El plan, denominado Hoja de ruta para control de daños causados por osos, está liderado por el Ministerio del Medio Ambiente, con la participación del Ministerio de Agricultura y la Agencia Nacional de Policía de Japón.

El abandono de las zonas rurales y la reducción de alimentos silvestres causada por plagas forestales y el cambio climático está provocando que los osos se acerquen cada vez más a zonas habitadas, incluidas áreas recreativas de la capital del país. El verano pasado, a las afueras de Tokio, un hombre sufrió heridas leves en el cuello después de ser atacado por la espalda por un cachorro de oso negro asiático cuando pescaba en Okutama, un pintoresco valle por donde bajan las aguas del río Tama. Otras 13 personas que se cruzaron con estos plantígrados en otras zonas del país no tuvieron tanta suerte y perdieron la vida.

Hoy los visitantes que llegan a la estación de tren de Okutama, un popular destino para senderistas y pescadores, son recibidos con un gran letrero que advierte de la presencia de los osos y recomienda llevar encima “algún artículo que produzca ruido”. “Esta campana es la más recomendable”, explica a EL PAÍS haciendo sonar una ruidosa campanilla metálica Hirohide Neshino, miembro del Equipo de Rescate de Montaña, un escuadrón formado por cuatro policías.

Neshino explica que ninguno de los miembros de su equipo, vestidos con unos forros polares rojos que llevan el nombre del escuadrón en caracteres japoneses de color amarillo en la espalda, es especialista en animales. Su comisaría está situada a medio camino entre la estación de tren y el inicio de la ruta de montaña. Su labor es preventiva o de rescate y se realiza en conjunto con los bomberos y otras instituciones del barrio.

En una sala de reuniones tienen fotografías de señales de madera de los senderos que han sido destruidas por las garras de osos negros asiáticos, cuya altura promedio a cuatro patas oscila entre los 70 y los 90 centímetros. Paradójicamente, debido a la estricta regulación japonesa, como enfatiza Neshino, nadie en su equipo está autorizado a usar armas de fuego para defenderse de los animales. “Solo he tenido oportunidad de usar un espray repelente contra un oso pequeño que de inmediato se escapó”, afirma.

El caso de Okutama llamó la atención por haber ocurrido en una villa de montaña de menos de 5.000 habitantes situada dentro de los límites de Tokio. Durante 2025, el grueso de los ataques, y la mayor parte de las miles de apariciones súbitas de ejemplares del oso negro asiático reportadas por los medios o documentadas por especialistas, tuvo lugar en las seis prefecturas que conforman Tohoku, la región septentrional afectada por el terremoto, el tsunami y el accidente nuclear de 2011.

La gravedad de la crisis motivó a Kenta Suzuki, gobernador de Akita, una prefectura de Tohoku, a convocar a la prensa extranjera en Tokio en diciembre pasado para explicar los graves daños sobre la economía y el turismo que los 66 ataques de osos y cuatro muertes habían causado en su zona. Suzuki habló de una nueva generación de osos que ha perdido el temor a los humanos e invaden zonas habitadas y rutas escolares en busca de hayucos, el fruto de la haya, a su vez afectados por los cambios en el clima.

En Akita, el gobierno desplegó más de 900 efectivos de las llamadas Fuerzas de Autodefensa, el ejército nipón, pero solo para apoyo logístico. El sacrificio de los animales fue asignado a cazadores civiles con licencia.

Como destacó Suzuki, aunque las muertes causadas por los osos son mucho menos que las registradas por accidentes de tráfico, “el impacto psicológico en la seguridad urbana ha sido significativamente mayor”.

El plan oficial anunciado este año comprende reformas legales en la estricta legislación sobre armas para permitir disparos en zonas fuera de cotos de caza y la formación de cazadores, un colectivo que decrece al mismo ritmo acelerado de la contracción demográfica. Solo en Tohoku, el objetivo es cazar 3.800 osos en el año fiscal en curso, que se acaba de iniciar el 1 de abril. En Hokkaido, la isla más al norte, donde predomina el oso pardo, más grande pero menos agresivo que el negro, la meta provisional anual es cazar 1.254 animales. Sumados los 600 de la región de Kanto (en la que se encuentra Tokio), 3.500 de Chubu y 900 en Kinki, el total alcanza los 10.054.

El Ministerio del Medio Ambiente lleva a cabo también un plan de control de ciervos y jabalíes. Desde 2011 hasta 2022, grupos de cazadores coordinados por las respectivas prefecturas abatieron un promedio anual de cerca de un millón de esos animales, según datos oficiales de 2022.

“Los cazadores japoneses, la mayoría ya mayores de 60 años, tienen bastante con perseguir jabalíes y ciervos”, señala Maki Yamamoto, especialista que durante casi dos décadas fue profesora especializada en la gestión de fauna de la Universidad de Tecnología de Nagaoka, en Niigata, otra prefectura afectada por la crisis de los osos.

“El problema de fondo no son los osos, sino el abandono del campo. Solo quedan ancianos y, sin gente que gestione el monte, los animales campan a sus anchas”, explica la investigadora en una videollamada.

Yamamoto, que actualmente dirige Wilco, una empresa de consultoría especializada en el control de daños por la fauna silvestre, subraya el deterioro del “satoyama”, un bosque intermedio entre la aldea y la montaña que se usa de forma sistemática en Japón desde la era Edo (1603–1868). El término, que aúna las palabras japonesas sato (aldea) y yama (montaña), recuerda a la dehesa ibérica y tiene como función proveer de leña, carbón vegetal y alimentos silvestres.

En Niigata, una infección fúngica que afectó al roble japonés, de cuya bellota se alimenta el oso negro asiático, obligó a los animales a ir más allá del satoyama para encontrar huertos con caqui, nueces o castañas. Lo explica Yamamoto, quien añade que estos plantígrados poseen una gran capacidad para recordar dónde comieron y, aunque pase un año sin cosecha, pueden volver al lugar exacto.

Su regreso, acompañados de sus cachorros recién nacidos, da lugar a lo que la experta denomina “osos urbanos”, animales jóvenes que se acostumbran a comer en zonas próximas a los humanos y no vuelven a su hábitat original.

En Okutama, los miembros del equipo de rescate acompañan a este periodista hasta la falda de una montaña donde un letrero en un papel plastificado con el dibujo de un oso avisa que en la mañana del 29 de noviembre pasado un oso apareció cerca del instituto del barrio y bajó hacia el río Tama. “Tenga cuidado, por favor”, dice el cartel atado a una columna de madera donde el nombre de la capital recuerda que estamos dentro de los límites de la metrópolis.

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