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China pisa el acelerador en la carrera de los implantes cerebrales

Pekín impulsa una estrategia para desarrollar interfaces cerebro-computadora que rivalicen con la compañía Neuralink de Elon Musk

El implante cerebral Beinao-1, expuesto en la sede del Instituto Chino de Investigación Cerebral el pasado jueves.Florence Lo (REUTERS)

Luo Minmin, director del Instituto Chino de Investigación Cerebral (CIBR, por sus siglas en inglés) de Pekín, desgrana detalles sobre uno de los implantes cerebrales más avanzados que están desarrollando. Mientras habla de electrodos y neuronas, una pantalla a su espalda muestra el vídeo de uno de los ensayos que han llevado a cabo en monos: el macaco, inmovilizado en un laboratorio, tiene la tapa de los sesos abierta y unos cables conectados al cerebro; los sensores detectan sus impulsos neuronales a medida que sigue con sus ojos grandes de primate un círculo rojo en un plasma que tiene delante; los datos de su cerebro son procesados al instante, de modo que, con algo que se podría denominar “pensamiento”, es capaz de mover un cursor en la pantalla. La acción, a su vez, pone en funcionamiento un brazo robótico real. En resumen: tenemos a un mono manejando una máquina con la mente.

“Es una tarea bastante sofisticada”, comenta Luo. “Necesitamos registrar grandes cantidades de neuronas en el cerebro del mono, descodificar sus señales y adivinar sus intenciones de movimiento. Ya lo hemos logrado. Lo siguiente es hacerlo con humanos”. Y sin cables. Tienen previsto empezar este mismo año con las pruebas clínicas de su artilugio más puntero, el Beinao-2, un sistema avanzado de interfaz cerebro-computadora (BMI, por sus siglas en inglés) invasivo, que se adhiere al tejido exterior del cerebro mediante una compleja operación quirúrgica.

El prototipo, expuesto en una sala en la sede del CIBR a las afueras de Pekín, tiene el aspecto de una malla dorada, flexible y finita, del tamaño de un plato de postre. La idea es que acabe siendo aún más pequeño y preciso en su interpretación de los chispazos eléctricos del cerebro. Y sus creadores confían en poder producirlo y comercializarlo a gran escala, al estilo chino, para competir en un futuro cercano contra Neuralink, el implante cerebral del magnate Elon Musk. La tecnología de ambos dispositivos es similar; y los dos buscan hacer la vida más fácil a personas con lesiones medulares y otros pacientes con la movilidad afectada, al permitir que manejen con el pensamiento extremidades robóticas u ordenadores.

Musk, de momento, les lleva una ventaja de “unos tres años”, reconoce Li Yuan, consejera delegada rotatoria de NeuCyber, la startup que desarrolla estos implantes bajo el paraguas de CIBR. Mientras Neuralink cuenta con hasta 21 pacientes con su dispositivo implantado, la china NeuCyber ya ha instalado con éxito el Beinao-1, un modelo anterior menos invasivo pero de menor precisión, en siete pacientes, según contaban este mes los responsables de la empresa a un grupo de periodistas, entre ellos EL PAÍS, en una visita organizada por el Gobierno de Pekín.

El gigante asiático, en cualquier caso, ha pisado el acelerador. Hace dos semanas, se convirtió en el primer país del mundo en aprobar un BMI invasivo para su uso comercial. El artilugio, desarrollado por Neuracle Medical Technology, empresa radicada en Shanghái, se implanta en la membrana exterior del cerebro y permite a pacientes con parálisis controlar un guante con la mente.

Además, China es el segundo país del mundo, tras Estados Unidos, que ha lanzado ensayos en humanos de estas interfaces cerebro-computadora. Y ha colocado este campo puntero en el que se entrelazan medicina y tecnologías de vanguardia entre sus objetivos prioritarios. En el último plan quinquenal, publicado este mes, ha elevado las interfaces cerebro-computadora al nivel de otras industrias estratégicas del futuro, como la tecnología cuántica, la IA robótica y la fusión nuclear. Pero los BMI figuran en estos planes con los que Pekín marca sus objetivos estratégicos a medio y largo plazo al menos desde 2016.

Una de las empresas pioneras en este campo es la también china BrainCo. En 2022, su mano biónica inteligente obtuvo la certificación de la FDA (la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos). Controlada mediante señales cerebrales, pero sin necesidad de un implante invasivo, la extremidad permite a personas con discapacidad controlar de forma independiente cada dedo.

El Beinao 1 de NeuCyber, similar en tamaño a la esfera de un reloj, sí se implanta mediante una operación quirúrgica. “Es muy seguro porque ninguna parte del dispositivo toca el tejido del cerebro”, asegura en cualquier caso la responsable de la empresa, Li Yuan. “El electrodo se coloca por fuera de la duramadre, una membrana muy resistente que protege el cerebro”. El aparato se carga de forma inalámbrica y envía señales a un receptor externo que recuerda a un MP3 de principios de los 2000.

La compañía asegura que sus pacientes, entre ellos un varón de 30 años que quedó tetrapléjico tras un accidente de coche, han mostrado una mejoría notable después de meses con el implante: son capaces de mover un brazo robotizado, controlar de forma remota un ordenador y desplazarse con ayuda de un exoesqueleto al que transmiten sus órdenes mediante la interfaz, según cuenta NeuCyber, cuyos avances no han sido validados de forma independiente. La startup confía en ampliar este año hasta los 50 pacientes sus ensayos clínicos del modelo Beinao-1, antes de lograr la aprobación comercial.

Con cerca de 200 millones de yuanes (unos 25 millones de euros) de financiación del Gobierno de Pekín, NeuCyber supone un buen ejemplo de cómo China articula sus políticas tecnológicas de forma centralizada: de los planes quinquenales (esta tecnología aparecía ya mencionada en el de 2016) al mercado. Nada garantiza el éxito, pero la neurocientífica Li Yuan, que estudió en Estados Unidos, cree que una es una de las ventajas científicas de su país: “Una vez que el Gobierno decide algo, estamos totalmente comprometidos con su cumplimiento”.

Li cree que, aunque de momento se mantienen en un plano puramente médico, en un futuro, cuando las técnicas evolucionen y sean menos invasivas, quizá estos dispositivos puedan aplicarse para mejorar las capacidades humanas de la población en general. O, quién sabe, quizá también potencien las de monos y otros animales.

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