Un implante en el cerebro permite recuperar la visión a un hombre ciego por una lesión en el nervio óptico
Científicos de la Universidad Miguel Hernández de Elche estimularon la corteza visual del invidente hasta que logró percibir la luz, movimientos y hasta letras grandes


En la Navidad de 2018, Miguel Terol perdió de forma repentina la vista en el ojo derecho. Seis semanas después, sintió algo extraño en el otro ojo. Se fue a urgencias y allí, esperando, sintió como se le iba apagando la luz. Asustado, se puso a gritar: “¡Que no veo, que no veo!" En el hospital le diagnosticaron una neuropatía óptica isquémica anterior no arterítica, una pérdida súbita de la visión que se produce por la falta de flujo al nervio óptico. “Es un tipo de infarto que va a los ojos”, explica Terol. Su neuróloga le habló de un ensayo experimental en la Universidad Miguel Hernández (UMH) de Elche. En junio del 22, en plena pandemia, le abrieron la cabeza para colocarle un minúsculo implante de 4x4 milímetros con 100 microagujas en su corteza visual, en la zona de la nuca. Buscaban estimular el córtex para reproducir percepciones visuales. Aunque el ensayo era para validar la tecnología, él recuperó la suficiente visión para percibir la luz, detectar movimientos, identificar objetos y hasta leer grandes caracteres en una pantalla. Fue inesperado. Y aunque es un solo caso, será la base para intentarlo con otros.
A los dos días del implante, aún en el hospital, Terol le preguntó a una de las sanitarias si estaba moviendo los brazos. “Los médicos, los científicos, todos se pusieron nerviosos”, recuerda. Su mujer, también en la sala en ese momento, se asustó, preguntando que qué le habían hecho. Eduardo Fernández, director del Instituto de Bioingeniería de la UMH y responsable del ensayo en el que se había enrolado Terol, mantuvo la calma. Por trabajos anteriores, como el de Bernadeta Gómez, que en 2021 recuperó parcialmente la vista con el sistema, Fernández sabía que, tras un implante de este tipo, los pacientes podían recuperar algo de visión en un efecto similar al placebo.
“Berna tuvo alucinaciones visuales, pero con Terol la recuperación era real, hicimos una serie de pruebas y vimos que había recuperado parte de su capacidad de percepción visual”, cuenta Fernández, autor sénior de esta investigación, cuyos resultados se han publicado en la revista científica Brain Communications. “Él no veía luces, veía lo que tenía enfrente”, añade. Fue del todo inesperado. Primero, porque era muy pronto, ni habían empezado los entrenamientos del sistema. Segundo, en otras recuperaciones similares, las tuvieron personas con lesiones recientes en el nervio óptico, no casi cuatro años después. Pero más importante aún, “el diseño del estudio no pretendía que Terol mejorara la visión, se trataba de ver si éramos capaces de inducir percepciones”, completa Fernández.

El diseño tenía por objeto evaluar la seguridad y la viabilidad de una prótesis visual cortical basada en la neuroestimulación, para la que más adelante pretenden evaluar su eficacia. La estimulación eléctrica del cerebro está abriendo un sinfín de posibilidades, en especial para las personas que por cualquier motivo tengan alguna de sus capacidades limitada porque falla la comunicación en la cabeza y el resto del cuerpo. Así, distintas tecnologías han permitido comunicarse a unos que no podían articular palabra, incluso a una mujer que solo podía pestañear, o escribir con la mente. Simplificando mucho, enfoques similares han dado esperanza a los lesionados medulares o a las personas con párkinson. La idea siempre es la misma, puentear la zona dañada para volver a conectar la mano, el pie, la boca o los ojos con la parte del cerebro que procesa cada tipo de información.
“El procedimiento consistió en la implantación quirúrgica de una matriz intracortical de 100 microelectrodos en la corteza visual primaria, la región del cerebro encargada de procesar la información visual”, explica la neuróloga del Hospital de la Vega Baja de Orihuela, Arantxa Alfaro, la que primero atendió a Terol cuando se quedó ciego. El implante va conectado a unas gafas que hacen de ojo artificial, codificando lo que tiene delante, convirtiéndolo en el tipo de señales que entiende el cerebro, las eléctricas.
Durante seis meses, de lunes a viernes, entre tres a cuatro horas diarias, los participantes en el ensayo entrenaron el sistema, afinándolo, fijando umbrales. “Me ponían cosas delante, imágenes y números en la pantalla, me daban flashes con la cámara... ”, comenta Terol, que era director de Radio Elche cuando se quedó ciego. “A uno lo llamaba la tortilla de calcetines. Me ponían delante diez pares de calcetines blancos, diez pares de calcetines negros y otros diez grises, de distintos tonos, y tenía que clasificarlos”, recuerda este candidato a la alcaldía de Redován en las pasadas elecciones.
Al cabo de ese tiempo, Terol volvió a tener miedo. No veía como antes, pero percibía la luz, las formas, el movimiento, distinguía entre un cuchillo y un tenedor, una manzana de una naranja, podía modular el acercamiento de sus manos para coger algo frágil como un plato o agarrar un bloque de madera ... Pero tocaba volver a meterle en quirófano para retirarle el implante. “Los científicos esperaban que, sin él, perdiera lo que había ganado”, dice por teléfono. Pero han pasado tres años desde que se lo quitaran y siete desde aquellas terribles Navidades, “y he perdido algo de visión, pero aún mantengo; estoy orgulloso de participar en el ensayo”, termina un Terol que asegura que volvería a dejarse abrir la cabeza. Y es probable que no tarden mucho.
“La verdad es que no sabemos qué ha pasado”, reconoce Fernández, que lleva años estudiando e investigando cómo funciona la visión en el cerebro. Terol no era el único participante en el estudio. Había otros tres. “Los otros eran ciegos desde hace muchos años, él solo desde hacía tres, puede que eso influyera”, opina el científico de la UMH. “Puede que tenga algo que ver con la evolución temporal de la ceguera, pero solo tenemos un caso”; se podría saber algo más haciendo una biopsia, imposible en vida. “Tenemos trabajos en animales que demuestran que la estimulación eléctrica induce la plasticidad cerebral. Se liberan neurotransmisores, hay cambios en el sistema que potencian la plasticidad y probablemente la autoreparación”, apunta también Fernández, que pretende rehacer el camino y realizar ensayos con animales buscando claves moleculares.
El ensayo con humanos, para el que ya están enrolando a más personas, entra ahora en una siguiente fase. Pero Fernández se muestra tan esperanzado como cauteloso: “Cuando estudiaba medicina, si un paciente de este tipo no se había recuperado a los dos meses, ya era irreversible, no podías hacer nada y él tendría que irse a la ONCE”. Y añade: “Ahora lo que vemos es que después de tres años, sigue sin ser totalmente reversible, pero hay opciones, y deberíamos intentar comprender qué es lo que podemos hacer, hasta dónde podemos llegar”. Porque no quiere que se quede en las historias de Miguel Terol o Bernadeta Gómez. “A lo mejor puede servir de base, abriendo nuevos caminos, para desarrollar nuevas aproximaciones terapéuticas en el caso de patologías sensoriales como la visión, pero también para otras como el ictus”, concluye el científico.
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