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Marc Abrahams, fundador de los ‘Nobel de broma’: “Los científicos en EE UU están muy enfadados. La gente está despertando”

Los prestigiosos Ig Nobel se trasladan a Suiza porque su fundador considera que ya no puede garantizar la seguridad de los premiados en Estados Unidos

Marc Abrahams en la ceremonia de los Ig Nobel de 2019, que se celebró en la Universidad de Harvard.Elise Amendola (AP)

“Más de un millón de personas han visto la charla Tedmed de Marc. Más de 7.000 millones, no”. La página de presentación de Marc Abrahams en la web de la comunidad que dirige, Improbable Research (“investigación improbable”), da pistas sobre quién es y cómo el sentido del humor gobierna su vida. Matemático aplicado por Harvard, Abrahams (Newburyport, EE UU, 70 años) fundó Wisdom Simulators, una empresa que usaba ordenadores para que la gente practicara tomando decisiones imposibles. Es decir, antes de los Ig Nobel, ya le obsesionaba la improbabilidad.

Los Ig Nobel se pronuncian como se leen; un juego de palabras entre los famosísimos premios Nobel y la palabra ignoble (indigno). Abrahams creó los galardones en 1991, y ha sido su alma y maestro de ceremonias en sus 35 ediciones. Todos los estudios premiados (como disfrazar a vacas como cebras para que no les piquen moscas, emborrachar gusanos o crear un inodoro para grabar y analizar deposiciones en tiempo real) comparten un rasgo: son improbables, inesperadas, pero eso no significa que no sean buena ciencia. Un estudio premiado con los Ig Nobel de 2006 —que el mosquito transmisor de la malaria se siente igual de atraído por el queso limburger que por el olor de los pies humanos— tuvo una consecuencia directa: se colocaron trampas con ese queso en zonas estratégicas de África para combatir la epidemia. Y un premiado con los Ig Nobel, André Geim, galardonado por usar imanes para hacer levitar a una rana y a un luchador de sumo, ganó un Nobel de verdad 10 años después.

A las divertidas ceremonias de entrega de los Ig Nobel acuden premios Nobel reales, y se han celebrado en lugares tan prestigiosos como la Universidad de Harvard, el Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT) y la Universidad de Boston. Siempre en EE UU. Pero este año, la ceremonia se muda a Suiza porque EE UU “se ha vuelto inseguro” para los premiados, según anunció la organización este lunes. Abrahams charla por videoconferencia con EL PAÍS tras un par de días muy movidos y emotivos para él. El hombre, que lleva 35 años celebrando lo improbable, se enfrenta a algo que nunca imaginó: que lo imposible —que EE UU se haya convertido en un lugar hostil para la ciencia— ocurra de verdad.

Pregunta. ¿Cuándo y por qué empezó a pensar en trasladar los Ig Nobel fuera de EE UU?

Respuesta. En realidad, el proceso tuvo dos etapas muy distintas. Yo fundé los Ig Nobel en 1991 y ha ido creciendo con la ayuda de mucha gente repartida por todo el mundo. No soy joven, y me preguntaba cómo garantizar que el proyecto siga adelante cuando yo ya no esté. El año pasado, durante una cena en Suiza, le hice esa pregunta a uno de los comensales, que tiene un cargo muy alto en el mundo académico y en el Gobierno. Y empezamos a hacer planes para crear una fundación en Europa. Esa es la parte dulce de la historia.

P. ¿Y la parte no tan dulce?

R. En la ceremonia del pasado septiembre, como siempre, hubo 10 ganadores. Casi todos los años consiguen venir todos, aunque nosotros no tenemos dinero para pagarles el viaje. Pero en 2025, las cosas en Estados Unidos ya se estaban poniendo muy difíciles. Me sorprendió que nueve de los 10 dijeran que sí querían venir, a pesar de todo. El décimo dijo que estaba feliz de recibir el premio, pero que de ninguna manera viajaría a Estados Unidos, y que estaba muy enfadado con lo que estaba ocurriendo. Eso es comprensible; si alguien no puede venir, pedimos a otra persona que recoja el premio y lea su discurso. Pero en la semana previa a la ceremonia, otros tres ganadores, viendo cómo se desarrollaban los acontecimientos, decidieron que no era seguro viajar. De repente, solo seis de los 10 estuvieron presentes. Para los otros cuatro, pedimos a los Nobel que leyeran sus discursos mientras proyectábamos una foto grande de cada uno sobre el escenario. Funcionó bastante bien. Pero desde entonces, las cosas han empeorado mucho, y quedó muy claro que la gente simplemente no debería viajar aquí. No es seguro.

P. ¿Cómo reaccionó la Universidad de Boston ante la decisión?

R. Con tristeza porque la ceremonia se va, pero también con mucho apoyo. Seguiremos celebrando un evento allí este año, tres semanas después de la ceremonia de Zúrich. No queremos que nada se destruya aquí.

P. ¿Fue una decisión fácil o dolorosa para usted, después de 35 años en Massachusetts?

R. Yo sigo viviendo y seguiré viviendo aquí y viajaré más. Pero sí, estoy triste de que la ceremonia ya no sea aquí. La hemos hecho 35 veces y cada una de ellas fue mágica. La magia seguirá ocurriendo, solo que no aquí. Mantendremos algunas cosas en marcha y haremos crecer lo que podamos. Parece que pasarán muchos años antes de que la ceremonia pueda volver a celebrarse en Estados Unidos.

P. Dice usted que la situación en Estados Unidos no es segura. ¿Qué está pasando exactamente con la ciencia en su país?

R. En términos generales, es extremadamente preocupante. El futuro inmediato aquí será muy, muy complicado. Se están destruyendo muchas carreras, impidiendo otras, y ya se han frenado una gran cantidad de investigaciones en curso. Podría hablar de ello durante horas. Eso sí: algunas cosas buenas van a ocurrir como resultado de todo esto. En muchos lugares del mundo, la gente se está dando cuenta de que se pueden hacer cosas por su cuenta, sin tener que ir siempre al lugar más grande [por EE UU]. Es como ver muchas pequeñas semillas que estaban en la tierra empezar a brotar cuando llega la primavera. Pero en Estados Unidos no sabemos qué va a pasar. Hace unos días, se celebraron grandes manifestaciones por la ciencia en todo el país. Yo di una charla en la de Boston. Cuatro premios Nobel participaron. El cambio ha sido muy notable: el año pasado, en una manifestación en el mismo lugar, los científicos que hablaron estaban asustados y confundidos. Este año, todos estaban muy enfadados y muy decididos a actuar.

P. ¿Y qué pueden hacer?

R. Muchos de los que trabajan en biología y medicina dicen que no pueden hacer ciencia. Les han quitado la financiación, les están cerrando los laboratorios, los estudiantes con las mejores ideas no tienen dinero para vivir. Es terrible. Y algunos se están marchando a otros países. Es un momento potencialmente extraordinario para España y para cualquier otro país con una larga historia de buena ciencia. La gente está despertando y dándose cuenta de que España es un buen lugar para investigar.

P. ¿Puede el humor resolver algo que las protestas serias quizás no puedan?

R. Sí, en dos sentidos. Primero, puede despertar el interés. Si te estás riendo de un descubrimiento, le estás prestando atención, y después te interesa. Y el resto de tu vida puede que sigas interesado y quieras saber más. Creo que ese es el verdadero poder de los Ig Nobel. El otro aspecto del humor, y muchos científicos lo dicen también, es que la ciencia es una profesión muy difícil y frustrante. Es una de las pocas donde sabes, como un hecho, que la mayoría de lo que haces va a fracasar. Y si tienes sentido del humor, eso ayuda muchísimo. Te ayuda a seguir adelante, a mantenerte animado, a asegurarte de que continúas para, a veces, tener éxito.

P. Cuando fundó los premios en 1991, ¿pensó que durarían 35 años?

R. Pensé que tenía posibilidades, pero nunca se sabe. Todo empezó porque un año antes me hice una pregunta que había estado rondándome. Desde pequeño coleccionaba historias y me gustaba escribir sobre ciencia y cosas divertidas, pero nunca vi a ningún adulto que se dedicara a eso como profesión. Yo hacía otras cosas: matemáticas, informática. Un día me pregunté: ¿qué pasaría si intento publicar algo? Y me respondí: ¿cómo me voy a sentir si tengo la suerte de vivir mucho, digamos hasta los 95, y me hago esa misma pregunta? Si la respuesta es “no lo sé porque nunca lo intenté”, me convertiré en un viejito muy enfadado.

P. ¿Cómo pasó de ahí a los premios?

R. Muy rápido. Empecé a conocer a muchos inventores, muchos científicos, y seguía pensando: nadie conoce a esta gente, y nunca la conocerán. Van a vivir su vida y serán olvidados. Y eso está mal. Hay que hacer algo. Así que organizamos una pequeña ceremonia. Para entonces, ya conocía a bastantes científicos famosos y les pedí que vinieran. También conocía a muchos periodistas. Y usamos internet, cuando todavía era muy pequeño, para publicar un aviso: “La primera ceremonia anual de los Premios Ig Nobel tendrá lugar en el MIT”. La entrada era gratis, pero había que recoger una entrada un martes por la mañana. Todas las entradas volaron. Todo el tiempo pensé, y estoy bastante seguro de que los demás también, que en cualquier momento algún adulto entraría y nos diría que paráramos y nos fuéramos a casa. Pero nadie lo hizo. Y al día siguiente se publicaron reportajes sobre ello en todo el mundo.

P. ¿Hay algún premio que recuerde con especial cariño?

R. Hay muchos en distintos sentidos, pero uno que siempre me viene a la mente es el Premio de Biología de 2003, por el descubrimiento de la necrofilia homosexual en el ánade real. Cuando se lo cuentas a alguien, cada palabra cambia el significado de la historia: necrofilia… homosexual…. Y cuando llegas a la última palabra, ‘ánade’, las reacciones cambian. Pero es que el artículo en sí es una pieza de escritura espectacular, bellamente narrada, como de Edgar Allan Poe. La historia es completamente disparatada y, sin embargo, está documentada.

P. ¿Cómo ve los Ig Nobel dentro de 35 años?

R. Espero que sigan creciendo, y que la gente organice pequeños y grandes eventos en más países y más lugares. Y que usen la esencia de los Ig Nobel para conseguir que los ciudadanos presten atención a algo sobre lo que pensaban que nunca les importaría.

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