Los prestigiosos ‘Nobel de broma’ se mudan a Europa después de 35 años en EE UU: “Se ha vuelto inseguro para nuestros premiados”
Los IgNobel, que premian las investigaciones más sorprendentes del año con el apoyo de premios Nobel reales, se celebrarán en Suiza y después en otros países europeos “como en Eurovisión”

Son los premios que “primero hacen reír y luego pensar”, según su fundador. Los prestigiosos IgNobel se celebran desde 1991 en Massachusetts (Estados Unidos); primero en la Universidad de Harvard, luego en el MIT y después en la Universidad de Boston. Pero sus organizadores acaban de anunciar que abandonan por primera vez Estados Unidos. La 36ª edición de los premios tendrá lugar el próximo 3 de septiembre en Zúrich (Suiza). En una nota de prensa, Marc Abrahams, fundador y maestro de ceremonias del evento, explica: “Durante el último año, visitar el país se ha vuelto inseguro para nuestros invitados. No podemos pedirles en buena conciencia a los nuevos ganadores, ni a los periodistas internacionales, que viajen a Estados Unidos este año”.
Los Ig Nobel, organizados por la revista Annals of Improbable Research, premian investigaciones científicas insólitas con una vocación clara: despertar la curiosidad por la ciencia a través del humor. Cada año, diez nuevos ganadores reciben su galardón de manos de auténticos premios Nobel entre una lluvia de aviones de papel lanzados por el público. Entre los galardonados en 2025 figuraban el efecto disuasorio para las moscas de que las vacas se disfracen de cebras, la predilección de unos lagartos por la pizza cuatro quesos o que el alcohol ayuda a hablar idiomas. Los premios celebran la “ciencia improbable” porque también es parte de la ciencia; según la prestigiosa revista Nature, “los premios Ig Nobel son sin duda el momento más destacado del calendario científico”.
A partir de septiembre de 2026, la ceremonia se realizará en colaboración con varias instituciones suizas, como la Universidad de Zúrich, cuyo epidemiólogo Milo Puhan fue galardonado en 2017 por demostrar que tocar el didgeridú (un instrumento de viento aborigen del norte de Australia) reduce los ronquidos y la apnea del sueño. “Suiza ha dado cobijo a muchas cosas buenas e inesperadas —la física de Albert Einstein, la economía mundial y el reloj de cuco— y vuelve a ayudar al mundo a apreciar a personas e ideas improbables”, afirma Abrahams.
El plan a largo plazo contempla alternar la sede entre Zúrich —cada dos años— y distintas ciudades europeas en los años intermedios, “un poco como Eurovisión”, según Abrahams. La ceremonia se retransmitirá en directo por internet, como viene haciendo desde 1995. Los investigadores estadounidenses no se quedan sin celebración: habrá un evento en Boston el 24 de septiembre, con ganadores anteriores. “Simplemente nos aseguramos de que los ganadores puedan viajar y reunirse. A pesar de los extraños vientos que soplan ahora, la ciencia, los científicos y el amor del público por la ciencia están muy vivos en EE UU”, dice la nota.
La decisión de Abrahams no es un gesto simbólico: refleja una crisis real en la ciencia en EE UU. Desde que Donald Trump inició su segundo mandato, la Administración de EE UU ha cancelado más de 2.400 proyectos del Instituto Nacional de Salud (NIH), el mayor organismo de investigación biomédica del mundo, y ha propuesto recortar su presupuesto en un 40%, de 47.000 a 27.000 millones de dólares. La Fundación Nacional de Ciencias ha eliminado también cerca de 1.400 millones en ayudas.
El resultado es una fuga de cerebros sin precedentes en décadas: una encuesta de la revista Nature publicada en marzo de 2025 reveló que tres de cada cuatro científicos estadounidenses estaban considerando abandonar el país. Uno de cada tres de los beneficiarios del programa español de repatriación de investigadores Atrae procedían este año de Estados Unidos, una cifra que duplica la de ediciones anteriores. A ello se suma una ofensiva contra los investigadores extranjeros: el pasado año, la Administración Trump anuló los visados de más de 600 estudiantes, profesores e investigadores de 90 universidades. Casos como el de Kseniia Petrova, investigadora rusa de Harvard detenida en el aeropuerto de Boston y enviada a un centro de detención de Luisiana, han llenado de dudas a los científicos internacionales que quieren (o deben) viajar a EE UU.
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