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Giovanni Peri, experto en inmigración: “Las deportaciones masivas son caras y contraproducentes para la economía”

El director del Global Migration Center defiende la regularización de los inmigrantes sin papeles y el fortalecimiento del control de la frontera. “Levantar un muro gigante es menos efectivo que tener tecnología de vigilancia”, plantea

Giovanni Peri en Santiago, el 14 de abril.Cristóbal Venegas

El académico italiano Giovanni Peri, fundador y director del Global Migration Center, un grupo de investigación multidisciplinar, lleva décadas estudiando el impacto económico de la inmigración en los países a los que llegan y la capacidad de estos para integrarlos. En su primera visita a Chile, el economista de la Universidad de California radicado hace 20 años en Estados Unidos, expuso este martes en el seminario Los Desafíos Globales de la Migración, organizado por el Núcleo Milenio MIGRA. Uno de sus principales mensajes fue la importancia de incluir en el debate migratorio, entre “tanto ruido”, la evidencia empírica sobre el fenómeno que ha tensionado a gran parte del mundo. En una conversación posterior a la charla, en un hotel en Providencia, Peri alerta de que la extrema derecha populista ha azuzado la xenofobia con su retórica antiinmigración, y analiza las primeras medidas en esta materia que está impulsando el presidente chileno, José Antonio Kast, quien se opone a la regularización de los 330.000 extranjeros sin papeles que residen en Chile.

Pregunta. ¿En qué etapa está el fenómeno global de la migración?

Respuesta. Las migraciones en el mundo han crecido sustancialmente desde 1990, especialmente desde países de ingresos medios, o algunos que han atravesado una crisis, a países ricos. Estados Unidos, Canadá y Australia fueron los primeros en recibir esta migración en los años 80 y 90. Luego, países de Europa empezaron a recibir muchos inmigrantes de Asia, Latinoamérica y del norte de África en los 2000 y 2010. Y ahora, los países latinoamericanos han empezado a recibir. El tema que está surgiendo es cuán bien pueden integrar los países a estos inmigrantes, que ahora representan el 10%, 12% o 15% de la población.

P. No solo países ricos, en Chile ya rozan el 10% de la población.

R. Chile ha seguido esta tendencia, con un retraso de 10 años respecto a Europa. Y las grandes preguntas son: ¿cuántos inmigrantes puede aceptar e integrar un país? ¿Y cuánto contribuyen a las economías locales? Siempre me sorprende la poca información que se tiene sobre estos dos temas. La inmigración debería ser un argumento de políticas económicas importante para un país, en cambio, sólo se aborda desde la emergencia o cuando hay que gestionar grandes flujos migratorios. En parte, ese es el problema actual.

P. Pareciera que el debate de cuánto aportan queda solapado por el tema de la inmigración irregular.

R. Sí. Todos van a estar a favor de la migración regular y en contra de la irregular, pero creo que el problema no está bien planteado. En Europa, por ejemplo, las políticas se han basado en la llegada irregular de muchos inmigrantes y su posterior regularización. Italia, España y Grecia, países que han experimentado un gran crecimiento económico, han recibido oleadas de inmigrantes que han ido a cubrir puestos de trabajo. En Estados Unidos ha sido diferente. Ha habido una gran afluencia de inmigrantes irregulares, nunca regularizados, pero que se han integrado de facto. Trabajan, forman familias, estudian. Existe una desconexión política, porque muchos legisladores no quieren decir: “Admitamos a 500.000 inmigrantes regulares” para no dar la impresión de que están abriendo las puertas. En consecuencia, tienen que lidiar con los irregulares, que contribuyen a la economía, pero se mantienen en una situación precaria.

P. En Chile, desde la llegada del crimen organizado, ha cambiado la percepción sobre el fenómeno, y un 91% atribuye el alza delictiva a la inmigración.

R. A los ciudadanos no les gusta la idea de la inmigración irregular porque inmediatamente la asocian a alguien que entró al país sin ser controlado y que tiene más probabilidades de ser un delincuente, representar un riesgo o generar violencia. Esta asociación es muy fuerte, pero muchas veces no es verdad. En Estados Unidos, la gran mayoría de indocumentados son personas que van a trabajar, en Europa también. Creo que esa idea se aprendió de la derecha, y que la izquierda o quienes apoyan la migración, deberían entender esta lección: una buena política migratoria debe comenzar con un buen control de la frontera. Una vez que se controle la frontera, debería haber una política migratoria con mayores vías de entrada, especialmente basadas en las necesidades y la integración económica.

P. ¿Qué se debe entender por controlar la frontera? En el Congreso chileno se discute tipificar como delito el ingreso irregular, por ejemplo. ¿Es eso?

R. No, controlar la frontera significa que hay puntos de entrada bien definidos, y cruzar fuera de estos es difícil, está controlado y verificado. Criminalizar la entrada ilegal me parece un paso que va muy lejos. Hay que evaluar cada caso. Si quieren burlar el sistema, no pueden entrar, pero si tienen una necesidad humanitaria, se les debe permitir el ingreso. Muchas personas que cruzan se ven obligadas a permanecer mucho tiempo en una zona gris, lo que realmente genera el problema; hay que resolver los casos rápido.

P. ¿Las zanjas son efectivas?

R. Levantar un muro gigante es menos efectivo que tener tecnología de vigilancia, como cámaras de video o drones controlando. Esa tecnología ayuda a detectar a las personas y saber dónde están. Vigilar demasiado puede ser peligroso, pero se necesita algo de tecnología para garantizar que el cruce sea solo para quienes realmente lo necesiten, estén en peligro o tengan sus documentos. Esto, acompañado de una policía dedicada al control fronterizo.

P. En Chile hay 330.000 inmigrantes irregulares. El presidente Kast rechaza la regularización masiva y aboga por expulsarlos o invitarlos, voluntariamente, a irse.

R. Desde un punto de vista económico-demográfico, el costo de una deportación masiva y sus consecuencias negativas son significativas. Por el contrario, una regularización probablemente les permitiría a los inmigrantes tener mayor acceso a los empleos, lo que aumentaría los salarios, generando una mayor riqueza. El principal temor a la regularización es que atraiga a mucha gente. Pero ahí radica la importancia del control fronterizo y la necesidad de comprender quiénes son estos migrantes irregulares, en qué período llegaron. Hay que preguntarse: ¿Están trabajando? ¿Podemos integrarlos? ¿Cuánto costará deportarlos? ¿Y cuánto nos aportará mantenerlos? Rápidamente nos daríamos cuenta de que la regularización masiva es una política mucho más eficaz, que debe ir acompañada de un cierto fortalecimiento de la vigilancia en la frontera.

P. Entonces, ¿no es pragmático una deportación masiva de inmigrantes irregulares?

R. No es pragmático, es muy caro, y es contraproducente para la economía.

P. Entre las medidas que está impulsando el Gobierno de Kast, además de las mencionadas, figuran sanciones a los empleadores de trabajadores irregulares y la limitación de los beneficios sociales. ¿Cómo ve la dirección de estas políticas?

R. Claramente apuntan a crear un entorno muy difícil para el inmigrante. Pero sancionar al empleador y limitar el acceso a los beneficios sociales me parecen más razonables. La mayoría de los países no reconocen los beneficios de que el inmigrante llegue a las empresas. De hecho, cuanto más irregular sea su situación, más valor puede obtener el empleador de su trabajo y explotarlo. Al menos, esto iguala las condiciones y obliga al empleador a participar de la discusión porque también lo afecta. Por otro lado, me parece bien que el acceso a los servicios sociales pueda ser limitado, al menos por un tiempo. Ahora, el acceso al mercado laboral, a la educación para los niños, y la atención médica, es fundamental.

P. ¿Cree que la retórica antiinmigrante de la ultraderecha ha azuzado la xenofobia en el panorama global?

R. Sí, la extrema derecha populista ha convertido la antiinmigración en uno de los principios fundamentales de su mensaje. Y este mensaje tiene poder. La clave de su éxito radica en que han abordado algunos problemas reales, como que la clase media no ha prosperado en muchos lugares del mundo occidental y que la precariedad laboral ha aumentado, y han encontrado un mensaje simple y claro para resolverlo: el inmigrante. ¿Cuál es la explicación en realidad? Que la tecnología, la globalización y las instituciones han cambiado. Pero es muy atractivo escuchar: “Ah, perdiste tu trabajo, no te va muy bien, hay delincuencia en tu ciudad, pero no es por ti, es esto”. No solo te sientes mejor, sino que no es culpa tuya. Esto ha tenido un impacto enorme y los investigadores no hemos encontrado una forma lo suficientemente simple de contrarrestar ese mensaje porque inmediatamente decimos “un momento, el mundo es complicado”, porque es la verdad, pero la gente quiere una explicación, una solución y sentirse mejor. Creo que esto se acabará cuando los populistas de derecha, finalmente, no resuelvan los problemas y la gente diga ‘bueno, no era eso’.

P. ¿Y qué se puede hacer?

R. Necesitamos un líder carismático que adopte una postura diferente, pero que también proporcione alguna explicación y solución que funcione para la gente y les permita volver a conectar. Los populistas de izquierda que están surgiendo dicen que el verdadero problema está en los superricos, en las diferencias de ingresos, lo que es más acertado. ¿Podrán cumplir? Ya veremos.

P. ¿No hay un líder en la izquierda que tenga un discurso atractivo que contrarreste el antiimigratorio?

R. No. El que me gusta más es Mark Carney, el primer ministro de Canadá, pero es un economista nerd. Sin embargo, ha sobresalido al contrarrestar el discurso siendo decente, moderado y bien informado. Si alguien como Carney pudiera ser carismático de alguna manera, creo que sería un contrapunto muy interesante.

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