Cómo debe responder Europa a lo de Irán
Europa debe revitalizar los mimbres del Pacto Verde y conseguir independizarse del petróleo

¿Cómo respondemos los europeos a esta nueva crisis, la de Irán? ¿Como los caballos, cabalgando? ¿O reculando como los cangrejos? La Comisión pespuntea un plan de respuesta. Con medidas sensatas, sobre todo de ahorro energético, pues los efectos de lo de Irán pueden prolongarse. El interrogante estriba en si se quedará o no entre lo obvio y la nada.
Recordemos la pandemia de 2020. Al inicio, “en Europa no teníamos una hoja de ruta clara sobre cómo abordar el tema, más allá de [cancelar] los grandes eventos”, discurre la presidenta del BEI y entonces vicepresidenta primera española, Nadia Calviño, en su útil Dos mil días en el Gobierno (Plaza y Janés, 2025).
Y es que, argumenta, en política económica hay manuales para superar “el escenario más catastrófico imaginable, la guerra”: fabricación militar a tope, impulso público a los alimentos y productos básicos, y a los desposeídos; inversión para rehacer el aparato productivo… Los aliados dieron con Franklin Roosevelt en la clave. La receta keynesiana: inversión y gasto público a tope y a todo trapo.
Pero ese escenario era y es distinto a una pandemia, que lo paraliza todo, sin destruir nada. La respuesta en 2020 fue distinta pero parecida: proteger a las empresas (plazos fiscales); al empleo (ERTE); a los vulnerables (ingreso mínimo). Contraria al lema fiscal restrictivo de la Gran Recesión de 2008: reducción del gasto social, austeritarismo fiscal, reestreñimiento monetario… hasta el “haré todo lo que sea necesario” de Mario Draghi en julio de 2012.
La Agencia Internacional de la Energía compara este shock con la suma de las crisis petroleras de 1973 y 1979 (OPEP), y la de 2022 (invasión de Ucrania). Proliferan así, para bien, las recetas de ahorro. Y menos las de diversificación de suministros, poca tela que cortar.
Ahí también tenemos referencias. La de la política monetaria ultrarrestrictiva de Paul Volcker. Revirtió la inflación, disparada, pues entre 1973 y 1981 el precio del petróleo se había multiplicado por 12 (Roberto Centeno, “El petróleo y la crisis mundial”, Alianza, 1982). Pero, sin paliativos, y asesinando crecimiento y empleo: los parados de 1982 se elevaron a 30 millones en la OCDE, triplicando los de 1973.
Ni es el ejemplo, ni debemos dejarnos engatusar por el retorno de los halcones que ―blandiendo el peligro cierto de una estanflación, estancamiento con inflación― sugieren, sin concretarlas, iguales recetas de sequía monetaria y aceite de ricino fiscal.
La respuesta que se requiere es a un caos mixto de guerra y amenaza energética. Guerra a lo bestia, pero que anida en el cogollo del suministro mundial. Y colapso gas-petrolero, quizá menos abrupto que en 2022 cuando el corte de oleoductos con Rusia, y las sanciones; incluso a lo mejor menos prolongado.
Sabremos elegir, como apunta Bruselas ―a rebufo de los Gobiernos― en el catálogo de medidas inmediatas. Pero solo triunfarán si se articulan en una revitalización profunda del Pacto Verde, contra los retrocesos sufridos. La solución de futuro es independizarse del petróleo. Sin caer en el simplismo nuclear, limpio de emisiones pero sucio en residuos. Lo demuestra España con su energía eléctrica mucho más barata. Y limpia.
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