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Donald Trump
Opinión

No hay que tragar sapos y culebras

Compartir adversarios no convierte a un líder en bueno, no obliga a disculpar sus exabruptos ni a guardar silencio cuando erra. El riesgo de esa adhesión acrítica es aceptar líderes disruptivos por necesidad, excusar sus agresiones por lealtad, y verse arrastrados a un modo de hacer política que la vuelve casi imposible

Donald Trump en la Casa Blanca, en Washington, el 13 de abril.SALWAN GEORGES / POOL (EFE)

El 7 de abril, en medio de las negociaciones con Irán, Donald Trump publicó un mensaje en sus redes: “Esta noche desaparecerá toda una civilización, para no volver jamás. No quiero que eso ocurra, pero probablemente sucederá”. La amenaza encontró respuesta en el papa León XIV, quien, a la salida de la residencia de Castelgandolfo, la tildó de inaceptable. “Sin duda, aquí hay cuestiones de derecho internacional, pero, sobre todo, se trata de una cuestión moral que atañe al bien del pueblo en su conjunto, en su totalidad”. La discusión ha seguido —con una imagen difundida por el propio Trump en la que personifica a Jesús— y abre una grieta al interior de las fuerzas que apoyan al presidente norteamericano. Los dos hombres más fuertes de su administración (J.D. Vance —vicepresidente— y Marco Rubio —secretario de Estado), son católicos practicantes, y la polémica ha obligado a que tomen posición públicamente.

La respuesta llegó de Vance. Ante las críticas del Papa, salió a defender a Trump con un argumento que debería incomodarlo a él mismo como cristiano: “Sería mejor que el Vaticano se limitara a los asuntos de moralidad y dejara al presidente de Estados Unidos ocuparse de la política exterior americana”, como si la política exterior (o cualquier política) estuviera exenta del escrutinio moral. Vance fue aún más lejos: “Es muy importante que el Papa tenga cuidado cuando habla de asuntos de teología”. Aunque, si de sugerencias se trata, no vendría mal que alguien le exigiera lo mismo a su jefe terrenal.

Pero el conflicto que personifica Vance —la tensión entre su fe y la política— es mucho más extendido. Ni siquiera es un problema exclusivamente estadounidense; toca a cualquier cristiano con interés por lo público. Muchos se entusiasmaron con el liderazgo disruptivo de Trump, con su facilidad para enfrentar debates difíciles, empujar los límites de la política común y azotar a la izquierda progresista. Algo de razón tienen. Hay momentos en que la política exige decisión y voluntad para no ceder frente a los adversarios. Pero la valoración de esas capacidades puede llevar al encandilamiento, a poner demasiada fe en un hombre que tiene sombras más que evidentes. La tentación es comprensible: líderes como él parecen ofrecer salidas que la política tradicional no ha sabido dar.

El problema, así, se vuelve más visible. Compartir adversarios no convierte a un líder en bueno, no obliga a disculpar sus exabruptos ni a guardar silencio cuando erra. Menos cuando sabemos que el poder puede profundizar los defectos de quien lo ejerce. El riesgo de esa adhesión acrítica es aceptar líderes disruptivos por necesidad, excusar sus agresiones por lealtad, y verse arrastrados a un modo de hacer política que, paradójicamente, la vuelve casi imposible. No es otra cosa que una muestra de las patologías de la “batalla cultural”, un concepto que guía poco y mal, que traza distinciones demasiado gruesas entre amigos y enemigos, y puede terminar extraviando la brújula moral en nombre de la afinidad política.

No sabemos cuál es el plan de Trump en esta ocasión —si es que acaso hubo algo más que la rabia al ser contradicho. Pero el episodio apunta a una reflexión más profunda: la cercanía ideológica no suspende la obligación de juzgar. Para el mundo conservador cristiano, ese deber es todavía más exigente, pues no puede administrar sus principios selectivamente sin pagar un precio. No se trata de abandonar las causas compartidas ni de ignorar los adversarios reales. Tampoco abandonar la acción política a la espera de que aparezcan líderes perfectos. Se trata de negarse a cubrir con silencio lo que merece ser nombrado. Simone Weil lo formuló con una precisión que no ha envejecido: hay que estar siempre dispuesto a cambiar de bando, como la Justicia, esa eterna fugitiva del campo de los vencedores.

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