Los universitarios mayores de 30, el grupo que Kast busca dejar fuera de la gratuidad: “Aún soy joven y era el momento de hacerlo”
El mandatario chileno, en medio de su ajuste fiscal, propone limitar el beneficio en el futuro. Tres estudiantes cuentan sus historias de vida

El Gobierno recién instalado de José Antonio Kast, en su apuesta por reducir el déficit fiscal heredado del Gobierno de Gabriel Boric, ha dicho que la situación de la caja fiscal “es muy compleja”, por lo que requiere hacer una serie ajustes y recortes. Y, entre las 40 medidas del proyecto de Ley de Reconstrucción Nacional anunciado hace una semana, una de ellas ha generado controversias. Es la que busca poner ciertos límites a la gratuidad universitaria, como, por ejemplo, que solo hasta los 30 años se pueda utilizar el beneficio. Es un debate abierto, que debe discutirse, y que no regiría para los que ya estudian gratuitamente en las universidades chilenas. Es decir, no tendría efecto retroactivo, pero, de implementarse los límites, personas como Yadira Ovalle y Fernanda Manríquez, en el futuro deberán pagar para estudiar en las casas de estudio superiores. Las dos, de 30 años, acaban de iniciar sus carreras en busca de una segunda oportunidad.
Mientras Yadira solo terminó la secundaria el año pasado, Fernanda cursó una carrera técnica en el pasado, pero ambas lograron muy buenos resultados en la prueba de selección para la educación universitaria —PAES—, una señal del empuje personal que necesitaron para dar el salto y animarse a estudiar en esta etapa de sus vidas. Pero, de avanzar la iniciativa, podrían formar parte de la última generación de chilenos que pese a tener más de 30 años, entraron a la educación superior y se acogieron a la gratuidad, establecida en 2016 y financiada desde el Estado. La propuesta ha generado debate, incluso, al interior del oficialismo. Para Diego Schalper, jefe de la bancada de diputados de Renovación Nacional, de la derecha tradicional, la idea hay que conversarla pues, a su juicio, “no mueve mucho la brújula” y a la vez hay que tener distintas realidades en el foco, por lo que ha puesto como ejemplo que hay mujeres que estudian y trabajan, o quieren tener familia, o que postergan sus estudios porque están al cuidado de terceras personas.
El ministro de Hacienda, Jorge Quiroz, explicó en entrevista con Canal 13 que la medida no afectará a quienes ya están en la universidad o en institutos profesionales, ni a quienes ingresen en el futuro a estudiar carreras técnicas. “Cualquier persona que hoy día tiene gratuidad universitaria, de la edad que tenga, (…) su gratuidad no va a terminar a consecuencia de esta ley”, dijo. “Lo que estamos haciendo es previniendo que, a futuro, personas que quisieran matricularse y que tengan más de 30 años, no tengan acceso a la gratuidad”, sentenció. Justificó la decisión en el hecho de que algo así ya había sido propuesto por una comisión de ajuste de gasto convocada por Mario Marcel, cuando era ministro de Hacienda de Boric.

De los 612.000 estudiantes que accedieron a la gratuidad en 2025, apenas 1,43% ingresó a la universidad con más de 30 años, lo que equivale a 8.774 personas, de acuerdo a una cifra publicada por el diario La Tercera. Entre todas las instituciones adscritas a la gratuidad, 25.839 estudiantes mayores de 30 años estudian con ese beneficio. De ellos, 17.065 cursan en institutos profesionales.
La gratuidad universitaria fue un incentivo para el vuelco que está dando Yadira Ovalle en su vida. Sus estudios se vieron frustrados tras repetir dos veces el primer año de secundaria. Con 14 años se puso a trabajar en forma esporádica en actividades agrícolas, como manejar un tractor o cargar sacos de nueces. Al cumplir 18 años fue contratada en una viña. Se emparejó y tuvo dos hijos, quienes hoy tienen seis y nueve años. Ella y su pareja buscaron la forma de terminar el colegio. Con grandes dificultades, lograron matricularse en una escuela nocturna para completar la secundaria. Ella ya tenía 28 años y un largo recorrido.
Un día convocaron a todos los alumnos de la escuela a una reunión. “Llegó una chiquilla [joven] que había salido de ahí y que estaba en primer año de la universidad, estudiando pedagogía. ‘Se siente rico, chiquillas, estudien’, nos dijo y nos motivó. Pregunté, ‘¿se puede salir de aquí a una universidad? ¿En serio?’ El director contestó: ‘Se puede. Usted entra por la puerta ancha y con la frente en alto’. Dije, genial, démosle con todo, entonces”, cuenta Ovalle.

Fue tal el empuje que logró, que el año pasado terminó el colegio, dio la prueba de acceso a la educación superior, y logró ingresar a la carrera de Trabajo Social, en la Universidad de Chile, con el mejor puntaje.
Fernanda Manríquez estudió publicidad y trabajó en eso como técnica durante seis años, pero se desmotivó y se dio cuenta que no era lo suyo, que no le gustaba. Fue despedida, sin embargo, levantó cabeza y se convenció que tenía las ganas y las capacidades para estudiar una carrera universitaria. “Fue un proceso de maduración”, afirma. Así decidió preparase por su cuenta para dar la Paes el año pasado. “Era el momento de hacerlo, aún soy joven, y me tiré a la piscina”. Obtuvo un buen resultado, con el que logró entrar a ingeniería en recursos naturales en la Universidad de Chile. Aún está postulando a la gratuidad, y teme que, si no la consigue ahora, no pueda obtenerla el próximo año por las medidas anunciadas por el nuevo Ejecutivo del país.

También las motivaciones impulsaron a Hilda Vargas, quien acaba de entrar a estudiar la carrera de prevención de riesgos en el instituto profesional DUOC UC, en San Bernardo, municipio al sur de Santiago. No podría haberlo hecho sin la gratuidad, que ahora amenaza con restringirla el Gobierno de Kast. Tiene 47 años y solo el año pasado terminó la secundaria en una escuela nocturna. La posibilidad de poder tener estudios superiores la motivó a terminar el colegio, pese a que lo había dejó cuando tenía apenas 10 años.
Desde entonces trabajó, tuvo tres hijos (hoy de 27, 26 y 16 años), pero poco a poco fue completando primero la primaria y luego la secundaria. No se le daban las matemáticas y pensó en desertar nuevamente. “Dejé de ir. Le dije al profesor que no iba más, porque no aprendía”, cuenta. Pero comenzaron a apoyarla y levantó cabeza y terminó el último año con muy buena nota: 6,0 de un máximo de siete. Hilda, quien hoy se gana la vida en el comercio, espera terminar la carrera y trabajar en su nueva profesión, sin importar si es en Santiago o fuera. “Si me sale trabajo en otro lado, me voy”, dice con una amplia sonrisa.

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