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Los 10 lugares favoritos de Connie Achurra: “Tengo ‘full’ nostalgia de los cines antiguos. Odio con toda mi alma los cines en los ‘malls”

La cocinera y artista repasa escenarios que la conectan con su infancia, con su papá actor y con una tía abuela pintora que vivía frente al Parque Forestal. Es “un lujo” tener un cerro como el San Cristóbal en medio de la ciudad, asegura

Connie Achurra

Las Lanzas. Mi papá, que es actor, toda la vida vivió en Ñuñoa. Entonces Las Lanzas era el restaurante al que salíamos cuando nos quedábamos los fines de semana con él. Lo acompañábamos después de las funciones, tarde. Era un lugar donde teníamos chipe libre y podíamos comer papas fritas y tomar Fanta sin reglas. Cuando yo me fui a vivir sola por primera vez me fui a vivir a la Plaza Ñuñoa y almorcé durante dos años, todos los días, en Las Lanzas, porque me daba lata cocinarme. Mis hijas estuvieron mucho tiempo en el [liceo] Manuel de Salas [en las cercanías], entonces para mí Las Lanzas es parte del paisaje. Me encanta la comida, la merluza frita con chilena encuentro que es lo máximo, y amo los precios, la onda. En uno de los salones del fondo hay una foto gigante de mi papá con Eduardo Mujica [también actor] cuando eran jóvenes. (Humberto Trucco 25).

Parque Forestal. Tenía una tía muy querida, hermana de mi abuelita, que era pintora, que era extraordinaria, y que vivía en Monjitas, al lado del Parque Forestal. Desde chicos íbamos mucho a visitar a esta tía excéntrica y pelacables que vivía ahí, que era pintora, que vivía ahí en la mitad de la bohemia. Ese era nuestro paseo al Parque Forestal y comíamos pasteles en el Bombón Oriental, comíamos chino en el local del frente, paseábamos por el parque. Cuando ya estaba en la universidad iba sola a ver a mi tía, entonces mi relación con el parque era distinta, porque aprovechaba de ir al Museo de Bellas Artes, de pasear por ahí. Hoy, de grande, lo amo, porque me da paz.

Parque Padre Hurtado. Estaba en el colegio Saint John’s, en La Reina, que está al frente de Parque Intercomunal —no me acostumbro a decirle Parque Padre Hurtado— hacíamos la cimarra [escapar de clases]. Nos saltábamos la reja y nos íbamos a fumar puchos ahí libremente. Además, de chica vivía en La Reina, muy cerca del Parque Intercomunal, en un departamento chiquitísimo, entonces todos los cumpleaños los celebrábamos en el parque. Era como el patio de mi casa. Vivíamos a dos cuadras. Me fascina hasta el día de hoy. Cada vez que entro digo, qué lujo, para echarte con una manta, bajo un árbol, una tarde entera… Cuando mis hijas eran chicas y vivíamos en una casa con un patio chiquitito también les celebrábamos los cumpleaños ahí… es nostalgia. Es fácil llegar, es barato y es cómodo. (Avda. Francisco Bilbao 8105).

Persa Biobío. Hace 16 o 17 años tenía un taller de restauración de muebles, entonces me la pasaba metida en el Persa Biobío porque allá compraba muebles viejos y tenía mis proveedores. Iba casi todos los fines de semana, bien temprano, porque es la hora que llegaban las cosas y podías lograr mejores precios. En esa época el Persa no era tan taquilla como ahora. Ya no es la picada para comprar cosas baratas. Cuando hago libros de cocina, antes de empezarlos estoy dos meses yendo al Persa a buscar platitos antiguos, cositas para tener [y presentar la comida en platos diversos]. Me fascinan las antigüedades, entonces el Persa es como el paraíso. Trato de ir menos, porque ya no me caben más cosas. Si voy es una tentación.

Santuario de la Naturaleza El Arrayán. Toda mi adolescencia la viví en El Arrayán. Muy arriba, cuando aún no estaba tan construido. Entonces llegar a mi casa era una cosa bien compleja. El Santuario de la Naturaleza era como parte del ecosistema del lugar donde vivíamos. Íbamos harto en esa época de paseo con mi mamá, con mis amigos de universidad. Todo el mundo hablaba del santuario y yo les decía “pero si es al lado de mi casa, yo lo conozco”, me sentía como dueña de casa. Después cuando mis hijas eran chicas también fuimos muy fanáticos de ir, para hacer picnic y para que los cabros chicos metieran las patas al río. (Camino el Cajón 21000).

La Finestra. La plaza Ñuñoa ha sido centro neurálgico de mi vida. La Finestra antes era un restaurante que se llamaba La Isla, que era uno de los primeros restaurantes vegetarianos. Un par de veces yo fui y entré a ese jardín y me decía “qué lindo este patio”. Y después ese restaurante cerró y se instaló ahí La Finestra que es una pizzería. Yo no soy fanática de la pizza, pero esas de ahí me gustan. El dueño es un italiano y con su mujer hacen pizzas italianas-italianas-italianas y tienen mucho antipasto, pero todo muy sencillo, con una cocina exquisita. Pero el lugar… tú te dices “no puedo creer que estoy en Santiago, en pleno Irarrázabal”. Atrás tiene mesas y unos pilares antiguos. En un momento tenían una huerta y con parrones. Es como si te metieras en otra era. Es como un oasis y lo han mantenido así. (Irarrázaval 3465).

Copper Café. Está en la Casa Central de la Universidad Católica. Soy fanática del café y de los cafés. Siempre ando mirando, buscando recorriendo y metiéndome a cafés distintos. Hay algunos que los tengo vetados (ríe). Pero cuando entré a ese café en la Casa Central de la Católica, te juro que no podría creer la preciosura, lo lindo, lo bien tenido. Qué pena que esté tan metido, porque me imagino que va menos gente de la que podría ir. Para mí es lejos uno de los cafés más preciosos que hay en Santiago, con baldosas antiguas blanco y negro, y con un estilo parecido al Campus Oriente, con ladrillo. (Av. Lib. Bernardo O’Higgins 390).

Cerro San Cristóbal. Tengo como un amor con el cerro y no es que sea una persona amante de los deportes o de subir los cerros, pero me trae millones de recuerdos, de chica, de ir a hacer picnic, de ir al zoológico, el funicular. Era lo máximo. Y ahora que está en esta etapa 2.0, digo “qué lujo tener este cerro en la mitad de la ciudad”. Me fascina la entrada por Pedro de Valdivia. Me trae muchos recuerdos de paseos de fin de semana con mi papá, de subir al cerro y hasta la Virgen. Y me encanta como lo tienen y lo bien cuidado que está y cómo todo el mundo lo cuida y lo quiere.

Cine El Biógrafo. Tengo full nostalgia de los cines antiguos. Odio con toda mi alma los cines en los malls. El Normadie y El Biógrafo siempre han sido mis cines favoritos. El Biógrafo me encanta. Que tengan los papelitos enrollados, que sea un cine chiquitito. En una época iba al Lastarria, veía y organizaba mi día en relación a la película que íbamos a ver. Me gusta eso de que no haya variedad de películas, sino que hay estas cuatro en cartelera y esos son los horarios, que hay que bajar el moño y decir “ya, voy a ver esa”. (José Victorino Lastarria 181).

Palacio Hindustán. Este es un descubrimiento nuevo. Me invitaron a un evento de mujeres emprendedoras en diciembre y la invitación decía “Palacio Hindustán”. A ese sector donde está, en Avenida España, yo voy harto porque, con dos hijas adolescentes y entre el Movistar para los conciertos y Fantasilandia, me toca ene ir para allá. Siempre pasaba por ahí y decía “¿qué será eso tan bonito?” Y cuando me llega la invitación, cacho que es ese lugar. Es un centro de reunión para la comunidad india y además lo arriendan para eventos. Por dentro lo tienen como chiche [muy bien cuidado]. Es una preciosura con las baldositas por todas partes, con todo dorado y absolutamente maximalista. Yo no he ido a la India, pero es como que estuvieras en otro país. Todo gigantesco, lleno de dorado, lleno de espejos, escaleras de caoba. Hacen tour, visitas guiadas. Le sacan harto el jugo a ese espacio. (Av. España 701).

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